En 1968 mi madre llegó de Japón, y descubrí que había vuelto con un halo especial, distinto y provocador. Estar cerca de ella me permitía recuperarla tras la ausencia y, además, sentirla envuelta en una nueva fragancia. Con los días se perdió el efecto, se acabó la magia, efímera pretensión de un Marco Polo de cinco años.
Poco tiempo después me convertí en el contrarrevolucionario de los olores, aunque preferí no contarlo: me asustaba que me descubrieran adicto a los aromas extranjeros, tal vez la peor variante de ‘diversionismo’ ideológico que podía padecer.
Metía la cara en una bolsa de regalo o en una caja de zapatos e inhalaba hasta apropiarme de cada molécula de aquel trozo de oxígeno de “afuera” (no importaba el lugar) con que cada paquete trastocaba los principios aprendidos en la escuela.
Luego descubrí que no era el único: todos mis amigos disfrutaban por la nariz de aquello que estaba prohibido a los ojos. Husmeábamos con placer ese mundo prohibido y peligroso. Los zapatos de Nemesia, los pantalones de la libreta y el uniforme escolar podrían ser lo más justo del mundo, pero estaban vacíos de olor. La revolución era inodora —o maloliente. Al parecer, “el enemigo” se había robado todas las esencias y ahora, muchos años después, cual personaje de Suskind, nos hacía llegar esos efluvios en dosis suficientes para alterar nuestro rumbo ideológico.
La revolución intentó suplir la ausencia y aportó sus propios vapores extranjeros, pero la operación fue un desastre: no hay peor hedor que el de una bota rusa, o un tubo de pasta socialista, o las latas de conservas, o el asesor que nos arenga en la tarde tropical con su camisa blanca empapada en sudor y su mal español con peste a grajo.
Finalmente fueron derrotados con las irradiaciones de “la comunidad’, esos familiares que regresaron a la isla luego de 20 años de destierro con unos gusanos por maletas en los que traían todas las esencias del universo.
Ahora, desde el exilio, ya nada me huele igual; no consigo recuperar aquellos efluvios que alimentaron sueños prohibidos. Hemos perdido la facultad de alucinar por la nariz, se nos desinflaron los jabones, los fijadores de lo perfumes no eran tan violentos como creía. Resulta que “el enemigo” a veces, también apesta.
Pero me consuela comprobar que no era sólo la gente de mi tiempo, que el cubano siempre practicó ese deporte íntimo contra la carestía impuesta; que todos, alguna vez, dentro de la miseria oficial, vendimos el alma dentro de una caja de “pacotilla” recién llegada o prestada. El perfume de lo “nuevo” llegó a ser la esperanza de un futuro mejor, algo intangible, lejos de la oferta oficial pero tan real como aquella.
Repasen sus memorias afectivas y verán que Proust les alcanzó el forro de un regalo o el envase de un juguete para que pudieran escapar, por un momento, de las consignas y el trabajo voluntario.
Ahora me dedico a cazar otros olores perdidos: alucino con recuperar por un instante el bálsamo del mar revuelto en la costa norte, o el aroma que deja la posguerra de un soberbio aguacero en el césped recién cortado del jardín de mi infancia, el galán de noche de mi abuela, el humo del tabaco de mi padre o la colonia de violetas después del baño.
También, sin éxito, intento capturar olores menos agradables, como los vahos de la bahía habanera, o el “luz brillante” de las cocinas que te golpeaba la cara al entrar en los edificios de la Habana vieja.
Todos arruinados, solo existen en un recuerdo débil, disipado, tan efímero como el humo que nos regalaba la panadería de 44 y 29 en Marianao, cuando por unos instantes abrían la portezuela de los hornos e inundaban la calle. Nos dejaban satisfechos, saciados por la nariz, sin necesidad de tocar el pan y mucho menos masticarlo. No hay panadería en el mundo que consiga devolverme esa sensación.
La guerra de los olores no era contra la Revolución. Era una batalla contra el tiempo, y la acabamos perdiendo.