La Habana está de fiesta. En estos días recibió a los delegados de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). Toda una celebración de la decadencia. Mucho ruido y pocas nueces. Renegados abrazados a la izquierda fracasada que todavía andan por el mundo soñando con destruirlo como han hecho con sus respectivos países.
Ahora comienza la parte tragicómica: tres días conmemorando el centenario de Fidel Castro. Los visitantes llegarán a reuniones en centros y hoteles con aire acondicionado, agua, electricidad, suculentos platos y bebidas de sobra. Mientras tanto, a pocas cuadras, millones de cubanos enfrentan apagones prolongados, alimentos que se pudren en refrigeradores inútiles y la ausencia cotidiana de agua potable. La contradicción no es accidental: es el retrato más claro del sistema que el propio Fidel Castro construyó y que sus herederos continúan imponiéndole a los residentes de Apagonia.
La celebración del centenario se presenta como un homenaje a la “dignidad” y la “soberanía”. Los discursos recordarán la lucha contra el imperialismo. Pero el escenario donde se pronuncian esas palabras revela otra realidad. Los delegados de países aliados se alojarán en instalaciones reservadas para el turismo selecto y la diplomacia oficial. Habrá generadores de respaldo, luz y aire acondicionado, elaborados menús, mojitos para saborear y servicio de habitación. El agua no faltará y en sus lujosos hoteles no habrá apagones que los hagan dormir con calor. Para ellos, Cuba funcionará a la perfección.
Para el cubano común, la isla seguirá siendo un infierno. Los apagones se han convertido en la norma, no en la excepción. Pasan días tras días sin electricidad. Los alimentos comprados con esfuerzo —cuando aparecen— se echan a perder. Los niños duermen en los portales. Los enfermos en hospitales donde el calor y la falta de agua complican los tratamientos. Mientras que a los cubanos el agua llega por horas, a veces después de varios días, y a veces no llega, la gente cargará cubos, hará filas y cuidará cada buchito como un preciado don, y los distinguidos invitados extranjeros debatirán sobre “integración solidaria”, repetirán frases huecas de Fidel Castro, ignorando que fueron sus ansias mesiánicas las que llevaron a Cuba a la ruina.
La ironía es histórica y deliberada. Fidel Castro construyó su farsa sobre la igualdad y el sacrificio compartido. Prometió que la Revolución terminaría con los privilegios de una minoría y elevaría al pueblo. Décadas después, la minoría privilegiada está viva y latente. Es una élite militar-familiar, una mafia que ostenta el poder absoluto. Los hoteles de lujo, las tiendas en divisas y los circuitos cerrados de abastecimiento no son secretos. Son parte del engranaje que opera como un cartel. Para el espectáculo dantesco del que viven, cuando llegan visitantes extranjeros de ideología afín, el sistema despliega su mejor cara: solo que la cara es ya un rostro deteriorado, decadente y vil.
Los tres días de la visita del ALBA y las actividades del centenario se convierten en la realidad de los cubanos. De un lado, banquetes, discursos sobre la “continuidad” y fotos oficiales frente a la imagen del comandante. Del otro, colas, calor sofocante, neveras apagadas y tanques de agua vacíos. Los mismos dirigentes que invocan el legado de Fidel viven como reyes. No sufren los apagones que imponen al resto. No cocinan con carbón cuando falta el gas. No cargan agua caminando cuadras de distancia bajo el calor. La distancia entre el discurso y la realidad se mide en hoteles iluminados y barrios apagados.
Esta no es una crisis pasajera. Es el resultado de décadas de mala administración, falta de incentivos, control político de la economía y rechazo a reformas profundas. Mientras se celebra el nacimiento de quien llevó el país al abismo, el pueblo sigue pagando el costo. Los apagones no son solo técnicos: son políticos. Reflejan prioridades. Mantener funcionando los hoteles para delegaciones extranjeras tiene prioridad sobre garantizar electricidad estable a los hospitales y hogares. Garantizar comida para los banquetes oficiales tiene prioridad sobre resolver la producción y la distribución interna.
La culpa no es de nadie más que de ellos mismos. El cubano sigue siendo la víctima que nunca ha tenido ni voz ni voto. Es el cuento de la Caperucita Roja contado por el lobo.
Los visitantes extranjeros, al aceptar la hospitalidad de lujo en medio de la penuria general, se convierten en cómplices silenciosos de la puesta en escena. Pueden hablar de solidaridad y antiimperialismo mientras duermen con aire acondicionado. Pueden firmar declaraciones sobre la justicia social mientras, fuera de los muros del hotel, la gente espera que regrese la luz para salvar lo poco que tiene en la nevera. La solidaridad es inexistente y parece reservada para los discursos y no para la realidad cotidiana de quienes viven bajo el sistema que los oprime.
El centenario de Fidel Castro es la celebración de la decadencia, de 67 años de crímenes, represión y separación familiar causados por un régimen que destruyó al país. Una continuidad que ha llevado al país un siglo atrás. Se invoca la figura del líder mientras se protege a los visitantes de las consecuencias de su modelo. Se habla de dignidad mientras se niega a la mayoría el derecho elemental a servicios básicos estables. Se celebra la soberanía mientras la infraestructura se desmorona y la emigración masiva vacía el país e impone el dolor de la separación familiar.
Si Fidel Castro estuviera vivo, reconocería el desastre que él mismo causó. Ahora sus sicarios creen que mostrando videos con la imagen del fatídico dictador o recurriendo a su incoherente verborrea pueden despertar el fervor necesario para mantenerse en el poder. El legado, lejos de aportar algún beneficio a la humanidad, ha sido de muerte y destrucción.
Ha sido la gran estafa a quienes les han arrebatado la vida, el futuro y la voluntad.
Cuba no es solo la capital del decadente comunismo del siglo 21; es la capital del fracaso y la fatalidad.