Hace ya más de dos décadas llegué de mi natal Colombia a radicarme con mi familia en los Estados Unidos. Dejé atrás familia, carrera, amigos y costumbres, en busca de paz, tranquilidad, prosperidad y oportunidades. Mi ejercicio profesional de periodista se había convertido en una apuesta diaria por la supervivencia. Centenares de colegas fueron cobardemente asesinados por grupos violentos al margen de la ley. De hecho, la sensación más grata que encontré, cuando llegué a trabajar a Washington en 1999, era salir de casa en la mañana, dándole un beso a mi hija, sabiendo que regresaría en la tarde a darle otro.

Encontré que el famoso sueño americano era perfectamente alcanzable y mi esposa y yo nos propusimos lograrlo. Sabíamos que era cuestión de identificar las oportunidades y esforzarnos, trabajando lo que fuera necesario, para que nuestras hijas, la segunda nació en suelo estadounidense, tuvieran más opciones para realizarse que las que nosotros tuvimos. Y, aunque no ha sido un mar de rosas, nosotros, como muchos de nuestros compatriotas y amigos de otras nacionalidades, que llegamos en condiciones similares y con metas parecidas, hemos superado todas las expectativas.

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Nada de lo que hemos conseguido hubiera sido posible sin la estabilidad política y económica que han sido base fundamental del éxito de esta nación, de su aparato productivo y de muchísimos de sus ciudadanos. No es el país perfecto, ninguno lo es, pero en lo que a mí concierne éste es el mejor país sobre la Tierra. Conmigo traía unas ideas un tanto confusas de lo que representaban los partidos políticos en los Estados Unidos, pero de inmediato me identifiqué plenamente con las ideas conservadoras que representaba el Partido Republicano.

Concluí, al poco tiempo, que la gran diferencia entre ambas colectividades consiste en que mientras los demócratas trabajan en función de lo que más les conviene a ellos como partido y a sus líderes como candidatos, los republicanos se esfuerzan por lograr lo que más le conviene al país, respetando la Constitución y las leyes, fortaleciendo las libertades individuales, fomentando la libre iniciativa, que genera riqueza, más empleos y desarrollo para el país, y permitiendo que los ciudadanos se queden con más dinero del que ganan con su trabajo.

Por eso, no me sorprende que cada vez más hispanos, como yo, se identifiquen con los ideales republicanos y se sumen al partido, porque entienden que han sido esos ideales los que históricamente han construido la grandeza de la nación que con tanto desprendimiento nos ha abierto sus puertas y nos ha permitido prosperar. Es inconcebible entonces, que permitamos que ideas radicales de izquierda, que evidentemente fracasaron en varios países, de donde han tenido que huir amigos y hoy vecinos nuestros, en busca de libertad y estándares mínimos de vida, vengan a instaurarse en el altar máximo de la democracia que han sido y son los Estados Unidos de América.

Ha sido apenas un adelanto, pero ya hemos visto aquí mismo, en la tierra de Washington, Jefferson y Lincoln, el desastre que resulta de pagarle a la gente para que no trabaje, de invertir a manos llenas recursos que no son inagotables, en darle a las personas bienes y servicios de manera gratuita, de implementar agendas oscuras de fronteras abiertas, que nos hacen más débiles y contribuyen a que nuestra nación sea cada día menos segura.

Agradecido como el que más con esta nación maravillosa y con su gente, celebro otro mes de la herencia hispana invitando a los nuestros a seguir honrándola, salvaguardando sus tradiciones y valores, que han sido la causa fundamental que nos ha traído hasta aquí, en lo que para muchos de nosotros ha sido la decisión más sabía que hemos tomado en nuestras vidas.

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