Arrellanado como un viejo poltrón, repantigado como un mamífero perezoso, Mr. Barclays extiende sus dominios adiposos en el asiento de British Airways, primera clase, que lo lleva a Londres, al tiempo que su esposa y su hija duermen. ¿Está cómodo Mr. Barclays en su asiento cama? No, no lo está. Tiene un problema urgente: le pica la espalda. Normalmente, es su esposa, abnegada, quien le rasca la espalda con las uñas, aliviándolo de la comezón. Pero ahora ella duerme y Mr. Barclays no quiere despertarla por culpa de un capricho que parecería baladí.

Entonces Mr. Barclays presiona un botón y llama a la señorita británica, o con acento británico, rubia y esbelta ella, uniformada de azul, que está a cargo de atenderlo, de complacer sus caprichos y antojos.

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-Querida Emma, quisiera pedirle un favor -le dice Mr. Barclays-. ¿Sería tan amable de rascarme la espalda un momento?

La azafata hace un gesto de estupor o consternación, mira a Mr. Barclays como si este fuese un sátiro, carraspea levemente, se ruboriza y responde, perpleja:

-¿Perdón, Mr. Barclays?

-Me pica mucho la espalda -insiste Mr. Barclays-. Necesito que alguien me la rasque. ¿Usted sería tan amable de ayudarme?

Espantada, Emma responde:

-Le ruego que me disculpe, pero no podemos tocar a los pasajeros.

-No sin su consentimiento, claro -insiste Mr. Barclays, necio, majadero-. Pero yo se lo estoy pidiendo. Es una crisis de salud. Tengo urticaria. Le ruego que me pase las uñas por la espalda.

-Lo siento, pero no puedo ayudarle -se disculpa Emma, aún sonrojada.

-¿Tendrá algo que me permita rascármela? ¿Un cepillo largo? ¿Un cuchillo largo? ¿Un paraguas?

-No, señor -dice Emma-. Lo siento, pero no puedo ayudarlo.

Luego huye, aterrada, quizá reprimiendo una risa burlona, y comparte el chisme con sus colegas uniformadas, quienes miran a Mr. Barclays como si fuese una foca traviesa y bigotuda que ha escapado de su estanque y se cree humana.

Decepcionado, Mr. Barclays se resigna a rascarse la espalda con el menú del vuelo. No consigue aliviarse. Está inquieto, nervioso, desesperado. No hay nadie en la cabina dispuesto a ponerle las manos en la espalda.

-No estoy pidiendo un masaje -piensa Mr. Barclays-. Solo pido una mínima fricción en la espalda. Y no en la baja espalda. No sé por qué se horrorizan tanto. La espalda no es una parte privada.

No le queda más remedio que aguantarse la picazón y moverse en el asiento como si estuviese sufriendo una crisis de epilepsia.

Llegando a Londres, hace calor, mucho calor, más calor del que los Barclays se imaginaban. Parece como si siguieran en Miami, la ciudad donde el viaje se ha originado. Antes de viajar, Mr. Barclays ha pedido a las recepcionistas del hotel Berkeley que apaguen el aire acondicionado de la suite:

-Soy alérgico.

Sin embargo, al llegar, el aire está encendido. Los Barclays lo apagan, sin quejarse. No tardan en quedarse dormidos. Pero luego Mr. Barclays despierta y el aire está prendido. Lo apaga nuevamente. Y media hora después, despierta y de nuevo está encendido. Llama a recepción y se queja.

-El aire se prende automáticamente, Mr. Barclays -le informan-. Cuando la temperatura sube de quince grados Celsius, el aire se enciende solo.

-Pero yo no quiero que se encienda -dice Mr. Barclays.

-¿Nunca?

-Nunca.

-¿No tiene calor?

-No, estoy muerto de frío.

-Lo sentimos, Mr. Barclays, pero el aire está programado automáticamente.

-Entonces desprográmelo.

-No es posible, Mr. Barclays.

-Estoy jodido -piensa Mr. Barclays-. Voy a resfriarme. Voy a tener fiebre, tos, congestión. Voy a morir en Londres. He venido a morir a Londres.

A la noche, van a cenar al hotel Ritz. Una señora de ojos rasgados y aplomo oriental les dice, tan pronto como se anuncian, al llegar:

-No pueden pasar.

-Pero tenemos una reserva a las ocho de la noche -se sorprende Mr. Barclays.

-Sí, pero usted no lleva corbata -dice la señora de ojos rasgados-. Y la señora lleva zapatillas.

-Oh Dios -dice Mr. Barclays.

-¿No puedo entrar en zapatillas? -pregunta Mrs. Barclays.

-No, señora -dice la anfitriona.

-¿Y ahora qué hacemos? -pregunta Mr. Barclays.

-Podemos prestarles zapatos a la señora y una corbata a usted -sugiere la señora de aspecto oriental.

-Estupendo -dice Mr. Barclays.

Los conducen entonces a un pequeño cuarto donde otra señora de ojos rasgados le ofrece a Mrs. Barclays varios zapatos usados, todos negros, todos más o menos olorosos, todos calzados que acaso huelen a gente muerta. Luego le ofrece a Mr. Barclays una variedad de corbatas.

-¿Hay que pagar? -pregunta Mr. Barclays.

-No -dice la empleada del hotel-. Pero deben devolver la corbata y los zapatos.

La niña Miss Barclays ríe a pierna suelta, contemplando la improbable escena londinense. Mrs. Barclays calza unos zapatos negros, reprimiendo el gesto de incomodidad. Mr. Barclays se anuda una corbata azul. Pasan al salón de la cena.

-Son unos ridículos -se queja Mrs. Barclays-. Mis zapatillas son mucho más finas que estos zapatos con olor a pezuña del siglo pasado.

-Mil disculpas -dice Mr. Barclays, y recuerda que cuando era niño asistía con corbata y chaqueta marrones al colegio inglés: sin corbata, no lo dejaban entrar.

De regreso en el hotel, Mr. Barclays se coloca unos audífonos y se echa en el sillón más amplio de la suite. Es una suite muy espaciosa, con sala y comedor, con dos habitaciones y dos baños. Mr. Barclays no quiere perderse un partido de fútbol que está jugándose en Doha, Qatar, por una plaza al mundial de fútbol. De hecho, estando en Miami, le sugirió a su esposa viajar a Doha y no a Londres, pero Mrs. Barclays le dijo:

-Si quieres ir a ver el partido a Qatar, viajas solo. Nosotras preferimos ir a Londres.

Mientras Mr. Barclays, con mala espina, mal presentimiento, mira en su tableta el partido, su hija, en la habitación contigua, tendida en la cama, mira videos humorísticos o videos musicales y ríe a mandíbula batiente.

De pronto Mrs. Barclays se golpea el codo tan fuertemente que da un alarido de dolor, se echa en la alfombra, se retuerce y grita, pidiendo ayuda. No es una mujer débil, de quejarse con frecuencia. Pero se ha dado un golpe fortísimo. No puede respirar. Se encoge de dolor, se ovilla en la alfombra, pide ayuda a gritos. Nadie en la suite la escucha. Su esposo, el flácido Mr. Barclays, mira y escucha el partido de fútbol, sus oídos cubiertos por los auriculares, y su hija, Miss Barclays, mira videos humorísticos, riéndose a carcajadas.

-Par de inútiles -piensa Mrs. Barclays-. Necesito que me traigan hielo y estos tarados no me escuchan cuando grito.

Y sigue echada en la alfombra, gimiendo de dolor.

Al día siguiente, entran en los clásicos almacenes Harrods porque Mrs. Barclays y su hija desean comprar cremas, lociones, tonificantes, aguas purificadoras. A la hora de pagar, Mr. Barclays entrega su tarjeta de crédito y lee el monto que debe costear: mil doscientas libras esterlinas. Da un respingo, suda frío en la espalda, llama a la dependienta y le dice:

-Debe ser un error. Deben ser ciento veinte libras.

La empleada sonríe amablemente y dice:

-No, señor. Son mil doscientas libras.

-¡No puede ser! -se pone de pie Mr. Barclays-. ¡Me están cobrando quinientas libras por una crema facial! ¡Y cuatrocientas libras por otra! ¡Yo, con esa plata, vivo tres meses en Miami!

La señora sonríe con aire paciente, comprensivo. Mr. Barclays paga, derrotado, qué más le queda. Luego le dice a su esposa:

-¿Estas cremas te aseguran vivir hasta los cien años o qué carajos?

-No seas tercermundista -le dice Mrs. Barclays, sonriendo.

La niña Miss Barclays se dobla de risa, al ver a su padre refunfuñando.

-La Bolsa se ha desplomado y nosotros comprando cremas de mil libras -se queja Mr. Barclays, resoplando como un toro cansado.

Esa noche, cuando su esposa y su hija duermen en la habitación que ellas han elegido, Mr. Barclays sale de su cama, entra al cuarto de su mujer y de la niña, hurta una de las cremas caras y entra a su baño con aires de ladronzuelo. Luego procede a abrir la crema y untarse la cara con esa sustancia llamada “serum”. Para su terrible infortunio, el frasco resbala de sus manos, cae al piso blanco del baño y estalla en pedazos de vidrio. Ahora la crema de quinientas libras esterlinas se ha reducido a un número de astillas de vidrio impregnadas de “serum”. Mr. Barclays se arrodilla y llora de dolor. Ha perdido la crema más cara. Y ahora, ¿qué le dirá a su esposa? Sollozando, recoge la crema del piso con sus manos trémulas y se la aplica en las mejillas, en la nariz, en la frente, en las orejas. Pero hay tanta crema derramada que luego se la aplica en los brazos, en el pecho, en las piernas y hasta en sus partes privadas.

-Tengo que aprovecharla toda -piensa.

Y queda blancuzco y brilloso, todo untado de crema, resbaloso, rejuvenecido de tanto “serum”. Se mira en el espejo:

-Parezco una de las momias egipcias que vimos por la mañana en el Museo Británico -piensa.

Al día siguiente, Mr. Barclays, aún momificado, le confiesa a Mrs. Barclays que echó a perder la crema más extravagante de Harrods, rompiéndola accidentalmente en el baño.

-Tu crema La Mer se fue a la merde -le dice, en su patético francés.

Por suerte, Mrs. Barclays y su hija ríen a carcajadas, al ver el piso vidrioso del baño lleno de astillas y residuos de “serum”.

El domingo salen del hotel a media tarde y se dirigen a un concierto de Billie Eilish en la arena O2. Mr. Barclays insiste en que sabe conducir perfectamente con el timón a mano cambiada, a la derecha. Renuente, temeroso, el conductor se resigna a dejarle el timón y se sienta a su lado, a la izquierda de Mr. Barclays.

-Yo manejo perfectamente en Londres -dice Mr. Barclays, muy ufano, mientras su esposa y su hija se acomodan en el asiento trasero de la camioneta Range Rover-. Mi tío Bobby vivía en Londres, tenía un Jaguar blanco, yo aprendí a manejar acá, con el tío Bobby -agrega, dándose aires de británico.

Tres cuadras más allá, bordeando un parque en el barrio de Belgravia, zona de embajadas, Mr. Barclays calcula mal la distancia, gira una curva muy angosta y choca con una barrera naranja de obras en construcción, raspando y abollando la camioneta blanca.

-Eres un huevón -le dice Mrs. Barclays-. Ya sabía que chocarías.

Mudo, pálido, abochornado, Mr. Barclays entrega el timón al conductor y se arrellana como un viejo poltrón en el asiento del copiloto.

-Problemas de gente rica -piensa-. De nuevo me pica la espalda.

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