Producir alimentos en Venezuela e intentar distribuirlos es un acto de heroísmo. El que posee una finca agrícola o ganadera, permanentemente está expuesto a las bandas armadas que acosan a los productores y les roban sus animales y bienes con impunidad. Si ello se quiere evitar deben pagar la extorsión permanente a esas bandas para no ser molestados.

Pero a ello suele agregarse la constante “visita” de los cuerpos militares y policiales que igualmente van a buscar su “tajada” en el reparto de sus bienes. Así es la vida en el campo y es en ese infierno que se ha convertido la vida de las familias que se dedican a producir alimentos.

Pero el drama no termina allí. Para llevar su producción a los mercados urbanos, sea de ganado, agrícola, avícola o cualquier rubro, el primer obstáculo que debe saltar es obtener la “guía de movilización” sin la cual no se puede desplazar por las carreteras del país, y ese permiso suele estar acompañado de su respectiva extorsión, de acuerdo al funcionario que le corresponda.

Ah, pero este paso tampoco es garantía de supervivencia, pues una vez en camino en cualquier alcabala el transporte de carga puede ser asaltado por bandas de carretera o retenido en alguna alcabala militar por varias horas hasta que el conductor acceda a “ofrecerle” algo al funcionario”.

El pasado martes, un grupo de 71 transportistas de queso que salía desde San Fernando de Apure, al sur de Venezuela, fueron detenidos a la salida por la Guardia Nacional y les exigieron que entregaran 10% de la carga. El cuerpo militar junto a la policía estadal, habían colocado barricadas para detener la caravana de transportistas. Debido a que los transportistas se negaron a entregar la carga fueron atacados con disparos de perdigones y gas lacrimógeno.

Luego de la represión todos los vehículos fueron confiscados y los transportistas, algunos de ellos heridos, fueron detenidos y sometidos a procesos judiciales en tribunales.

Este tipo de episodios son frecuentes en la Venezuela socialista. La arbitrariedad de las autoridades; el robo de bienes por parte de uniformados, la extorsión y detener y procesar a personas que tratan de vivir de su producción con el esfuerzo del trabajo.

La escasez de alimentos y medicinas y el alto costo de los productos tienen parte de su origen allí, en este tipo de episodios, que más que sucesos, son parte de un sistema delincuencial impuesto desde el Gobierno y que se ha establecido con sus propias reglas arbitrarias y ante la cual, sobrevivir de manera honesta, es sin duda un acto de heroísmo de los ciudadanos.

Para el resto del continente y del mundo, Venezuela tiene que ser una gran lección para comprender que aquellos países que disfrutan de democracias y de instituciones, no deben permitir su destrucción. El populismo, el comunismo o el socialismo del siglo XXI traen insertado ese germen destructivo que ataca y destruye el trabajo, la propiedad, que impone la anarquía, divide a la sociedad, empobrece a la población y la somete a cambio de pequeñas dádivas que solo les permite sobrevivir.

En el continente el avance que hace unos años tuvo el llamado Foro de Sao Paulo y el socialismo del siglo XXI, liderado por Hugo Chávez, ha tenido un retroceso. Sin embargo esos ciclos populistas suelen aparecer en la voz de nuevos líderes que a veces resulta difícil de identificar, pero que convencen con sus discursos a las poblaciones pero terminan destruyendo las economías y la vida en libertad.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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