Para las generaciones nacidas en Cuba durante las últimas seis décadas, la multiplicidad de rostros que adquiere la realidad de la isla resulta proporcional al filtro con que se mire, la posición que se ocupe respecto a la estructura del poder en ese país o al matiz de la narrativa con que se describa esa realidad que a su vez depende en parte de experiencias personales.
Hay una Cuba añorada para los exiliados en los 1960, que dejaron atrás un país próspero, que conoció la democracia, que competía entre las naciones desarrolladas del hemisferio y avanzaba en la consolidación de la joven república instaurada en 1902. Otro diferente es el de los que crecieron adoctrinados, bajo el influjo de un laboratorio ideológico, con absoluto control gubernamental en los aspectos más individuales y en el entorno de una burbuja que antes de la apertura tecnológica carecieron de referentes exteriores.
También en medio de esa sociedad cerrada que fue Cuba desde 1959 y hasta finales de los 1980, cuando comenzó el desmonte del sistema socialista en Europa del este, siempre existió en paralelo el país de los privilegiados: el de los funcionarios, sus familias y allegados, el de los que no padecían carencias ni prohibiciones y en consecuencia defendieron siempre esa posición de ventaja.
Para quienes supieron de Cuba porque vivieron allí como técnicos extranjeros o estudiantes a los que se les otorgaban becas en “convenios solidarios” con otros países o integraron grupos de apoyo para respaldar al supuesto país “agredido por el imperio”, igualmente prevaleció durante años una opinión que se contrapone a la de los cubanos que han cumplido años de cárcel por su activismo contestario al poder, a la de los desterrados, a la de los que no les quedó otra alternativa que emigrar o a la de los que padecieron por un familiar injustamente marginado, enjuiciado o incluso fusilado.
En años más recientes, desde que en Cuba, más allá de la naturaleza represiva del régimen, sobrevive la voluntad ciudadana de una sociedad civil, el brazo propagandístico de los que gobiernan, de un lado diseña campañas de desmoralización contra los opositores y a la vez, alimenta la retórica de confrontación con EEUU y se sitúa como blanco de una política que presuntamente les obliga a mantener la postura de un estado de sitio.
Es en ese contexto que surgen figuras como las de Anna Sofía Benítez Silvente, Anna Benci, la joven de apenas 21 años que, por sus publicaciones en redes, desde la perspectiva de una persona de fe, postea realidades y no acepta asumir sin reaccionar ante las arbitrariedades de un sistema con el que no comulga.
Este jueves 1 de octubre, cientos de miles a través de plataformas digitales se mantuvieron al tanto de lo ocurrido con Benci y su madre, Caridad Silventequienes fueron convocadas a comparecer ante un tribunal en el poblado costero de Cojimar, ubicado en el este de La capital cubana.
La razón del proceso judicial, el haber grabado con un teléfono el momento en que un individuo identificado como Yoel Leodán, un agente de la Policía política cubana visitó la residencia de Benci y su madre en Alamar, para entregarles una citación que convocaba a Silvente, con carácter obligatorio, a comparecer para ser interrogada en una unidad de policía.Madre e hija han reiterado que grabaron el encuentro con el agente del cuerpo represivo que acudió a la vivienda de las dos mujeres acompañado de otro hombre que permaneció sin mostrar su rostro encámara, como una medida de protección.
Al salir de la sala procesal este 1ro de octubre, Benci informó a los medios independientes, a la prensa extranjera acreditada y a los líderes religiosos que acudieron a ofrecerles apoyo, que el tribunal al declararlas culpables de haber “vulnerado la intimidad del represor”, solicitaba para ambas dos años de limitación de sus libertades.
El propósito de este artículo donde intentamos describir los múltiples rostros de Cuba no se centra en calificar la naturaleza del proceso carente de garantías jurídicas del que están siendo objeto Benci y su madre porque existen elementos sobrados para que cada uno se forje su propia opinión al respecto.
Lo que sí pretende este análisis es un llamado de atención a quienes desde el gobierno de EEUU sostienen el argumento de la necesidad de un diálogo con quienes mantienen el control de Cuba, bajo el precepto de que esas conversaciones conducirían a iniciar un proceso de transformación en la sociedad cubana que debiera dar paso a la democratización del país y todo lo que ello conlleva para el bienestar de la población de la isla.
¿Qué tipo de diálogo puede sostenerse con un aparato de gobierno cuyos ciudadanos estén tan desprovistos de derechos que ni siquiera el intentar acogerse a los propios artículos de la suprema ley vigente les esté permitido? Porque supuestamente, el derecho a opinar y manifestar criterio propio está refrendado en el artículo 54, capítulo II de la Constitución vigente en la isla que reza: “el estado reconoce, respeta y garantiza a las personas la libertad de pensamiento, conciencia y expresión”, tal y como Benci lo enuncia en una de sus publicaciones en redes sociales.
¿Qué le hace pensar al gobierno de EEUU-que refrenda es estado de derecho- que una dictadura totalitaria, ignorante de las prerrogativas elementales de los ciudadanos del país donde rige, vaya a cumplir ningún acuerdo prometido a cambio de que les permitan mantenerse el control de la nación?
¿Es precisamente un diálogo con EEUUlo primero que debiera demandarse de ese régimen como antesala del inicio de una transformación política en Cuba, o en cambio lo que corresponde exigírsele es que los represores dejen de criminalizar a los ciudadanos porque intenten ejercer sus derechos?
¿Está el régimen de La Habana en condiciones de emitir discursos en tribunas internacionales en las que apela a que se respete su soberanía cuando las libertades individuales de los ciudadanos en la isla permanecen secuestradas?
¿Cómo puede pensarse que uno de los integrantes de la familia que detenta el poder real de la dictadura cubana (los Castro) sirva para fungir como interlocutor de un proceso de diálogo? ¿Es que acaso ese diálogo incluye la exigencia por parte de EEUU de que cese la represión a los cubanos?
La respuesta dada a cada una de estas interrogantes dependerá del filtro con el que estén siendo observados los actores que por la parte de Cuba se estén tomando en cuenta desde EEUU para sostener este supuesto diálogo, que del lado del régimen suele tener un doble discurso: el de barricada para la aparente intransigencia ideológica sostenida ante la población, y el convenientemente consensuado con el interlocutor (Washington) para obtener lo esperado.
Lo cierto es que, si Estados Unidos tiene clara la naturaleza mafiosa tras los uniformes verde olivo de los generales y asimismo ha sido capaz de identificar la vocación de villanos de quienes actúan como gobernantes en Cuba, entonces podríamos asumir que por intermedio de esas conversaciones entre Washington y La Habana se esté hallando la manera de llegar al punto desde donde verdaderamente se encuentre cómo romper el corojo. Mientras, seguirán existiendo procesos como el de Ana Benci y su madre a partir del cual nos preguntamos ¿qué hace EEUU queriendo dialogar con una mafia que aparenta ser gobierno?
@IlianaLavastida