En los últimos días, con profundo pesar, hemos tenido que asistir al espectáculo de una Unión Europea que ha decidido abandonar la posición de defensa de los derechos humanos en Cuba, para pasar a la Realpolitik que a Raúl Castro sólo le pide la posibilidad de realizar buenos negocios.

Semejante cambio –a todas luces lamentable– tiene un principal responsable. En términos generales, los distintos gobiernos españoles siempre vieron con agrado a Fidel Castro por eso de que era hijo de gallegos y además se las tenía tiesas con Estados Unidos. El mismo Franco no dejaba de contemplar con galaica simpatía al dictador caribeño, algo que Fidel captó hasta el punto de decretar tres días de luto nacional cuando falleció el general español.

Igualmente, Adolfo Suárez y, muy especialmente, Felipe González trataron con especial mimo a Castro. La situación cambió radicalmente con José María Aznar. No sólo es que el presidente español insistió en la necesidad de que Cuba se democratizara, sino que además brindó su apoyo a los disidentes invitándolos a la embajada española en La Habana. No sólo eso. Aznar incluso forjó una política común, en el seno de la Unión Europea, que sumó a su posición a las primeras potencias democráticas del otro lado del Atlántico. Ni los disidentes, ni los exiliados serían vendidos como moneda de cambio en los tratos con Fidel Castro.

Semejante política quebró –como la economía y las instituciones– con la llegada al poder del socialista José Luis Rodríguez Zapatero. El entonces nuevo presidente del gobierno español practicó el acercamiento especial a las dictaduras de izquierdas y Cuba no fue la excepción. De hecho, con él y su canciller Miguel Ángel Moratinos, España pasó de ser la punta de lanza de la defensa de la democracia en Cuba a convertirse en la abogada de la dictadura castrista en el seno de la Unión Europea. Por supuesto, los disidentes fueron abandonados a su suerte y no volvieron a ser invitados a los recintos diplomáticos españoles.

La llegada al poder de Mariano Rajoy, miembro del mismo partido que Aznar, abrió las lógicas esperanzas de que se abandonara la política de Zapatero y se renovara la de su compañero de filas. No ha sido así. Rajoy se ha caracterizado por traicionar continuamente a su electorado en todo tipo de materias y por seguir la política de Zapatero.

Subió así en el primer año de gobierno los impuestos más de cincuenta veces –volvió a hacerlo el viernes de la semana pasada– permitió que los miembros de la organización terrorista ETA se mantuvieran en las instituciones a costa de los presupuestos nacionales, aumentó la deuda pública hasta superar el cien por cien del producto interior bruto y, de manera bien reveladora, se hermanó con la dictadura castrista.

Su canciller Margallo no sólo soportó indignamente las humillaciones que le propinó Raúl Castro, sino que le comunicó el perdón de la deuda por parte de una España más que endeudada.

Para remate, se convirtió en el paladín del castrismo en la Unión Europea aún con mayor entusiasmo que el mostrado por Zapatero. El resultado no ha tardado en producirse. Si España, la nación más interesada en el bienestar de Cuba, decidía apoyar a la dictadura de los Castro, ¿por qué deberían actuar de otra manera Francia, Gran Bretaña o Alemania sin vínculo alguno con la isla? Al final, la Unión Europea ha decidido ser complaciente con los tiranos y olvidar a sus víctimas. Examinando todo con perspectiva, ¿quién tiene la culpa?

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