La obra de Humberto Eco se resume como un compendio de análisis de la cultura desde dimensiones estéticas y comunicológicas. Su muerte, el 19 de febrero de 2016, me sorprendió sumido en la lectura de su última novela, Número Cero, una crítica raigal al periodismo en pleno siglo XXI.

Es interesante cómo en ella establece una analogía entre los medios masivos y las pandemias que asolaron a la humanidad –a la usanza de los embates del SARS-CoV-2– al subrayar: “son un mal como en un tiempo eran las epidemias: la peste. Así como mucha gente logró sobrevivir a la peste, también podrán sobrevivir muchos a los medios de comunicación”. Hubiese sido un privilegio escuchar sus puntos de vista sobre la tragedia que ha asolado, no solo a su país natal, Italia, sino al mundo, pues su voz era meridiana al analizar los problemas de la contemporaneidad.

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Al morir, los principales titulares de los medios de prensa aseguraron: “Ahora somos más pobres” o “Ha muerto el hombre que lo sabía todo”. Juan Cruz, dijo: “Era un sabio que conocía todas las cosas simulando que las ignoraba para seguir aprendiendo”.

Si me pidieran definirlo, lo haría a la usanza del periodista Gianni Rotta en La Stampa de Turín: “Filósofo, padre de la semiótica, escritor, profesor universitario, periodista, experto en libros antiguos: en cada una de sus almas Umberto Eco era una estrella internacional, pero con sus estudiantes, lectores, colegas, jamás Eco exhibió la pose snob que tal vez otros escritores sí habrían adoptado de haber publicado best sellers como El nombre de la rosa o El péndulo de Foucault. Umberto Eco reía, se informaba de las novedades y –encendiendo un cigarro– contaba la última broma antes de presentar una nueva teoría lingüística”.

Los amantes del periodismo atesoramos ensayos como Apocalípticos e integrados y Hacia una guerrilla semiológica. Aún están vivas en mi memoria las encendidas polémicas en las aulas de la Universidad de las Artes de La Habana (ISA), guiadas con mesura y sapiencia raigal por la doctora Magaly Espinosa, donde nos sumergíamos en la historia de la estética y en los laberínticos recodos de las vanguardias artísticas pertrechados de las teorías de Marcel Duchamp, Stefan Morawski, Jan Mukarowski, Arthur Danto, y con obligada recurrencia a Humberto Eco.

Una y otra vez, leí La obra abierta. Un texto que fue génesis de toda su producción semiótica e indispensable para interpretar las dinámicas estéticas contemporáneas: fruto de un encargo de Italo Calvino. Su clave para diseccionar una problemática la resumía así: “Cada vez estoy más convencido de que, para comprender mejor muchos de los problemas que aún nos preocupan, es necesario volver a analizar los contextos en que determinadas categorías surgieron por primera vez”.

¿Quién no ha leído Cómo se hace una tesis?, un texto del que se mostraba orgulloso Humberto Eco, pues según él: “Millones de estudiantes la han usado en todo el mundo como guía. Sigue siendo útil en la era de internet aunque yo lo haya escrito a mano. Después de mi muerte, ese será el único libro que me sobrevivirá”.

Pero es imposible relegar El nombre de la Rosa, pues fue una novela que redimensionó las letras en la segunda mitad del siglo XX. En ella rinde homenaje a Conan Doyle y al filósofo escolástico Guillermo de Ockham, uno de los padres del pensamiento moderno, quien nos legó una idea que deviene paradigma: “La explicación más sencilla suele ser la verdadera”.

Ninguna de las obras de Eco, desde El péndulo de Foucault hasta Número Cero, pasando por La isla del día antes, Baudolino, La misteriosa llama de la reina Loana o El cementerio de Praga, se elevó a la altura de El nombre de la rosa. Al cuestionársele su grandeza, ripostó: “También es una ley de la sociología del gusto, o mejor dicho, de la sociología de la fama. Si uno se hace famoso por haber matado a Billy “El niño”, cualquier cosa que haga después –desde llegar a ser presidente de Estados Unidos, hasta descubrir la penicilina– a los ojos de la gente seguirá siendo siempre el que mató a Billy “El niño”.

Como narró al periodista español Xavi Ayén: “Era hijo de un tipógrafo, tuve 12 hermanos, no podía comprarme libros y me iba a los quioscos a leer los fascículos de las novelas por entregas, hasta que el quiosquero me echaba, me iba a otro quiosco y allí leía otro trozo. Colecciono aún libros impresos por mi abuelo. Yo leía en su casa, recuerdo Los tres mosqueteros de Dumas ilustrados por Maurice Leloir. Cuando murió, se le quedaron muchos manuscritos por editar en una caja, novelas populares a las que nadie hizo caso, y yo, a los 8 o 10 años, devoré esos manuscritos, eran aventuras fantásticas. La otra influencia fue mi abuela materna, una mujer que no tenía educación, tal vez la primaria, pero sí una pasión increíble por la lectura, se iba a las bibliotecas y siempre tenía un montón de novelas en casa. Leía Balzac o Stendhal como si fueran una novela rosa, sin sentido crítico, pero me prestaba esos libros y yo me sumergía en la gran novela francesa ya a los 12 años”.

Su novela póstuma Pape Satán Aleppe: Crónicas de una sociedad líquida incluye pasajes que son de una comicidad espléndida, y otros en los que Eco analiza la identidad del papa Francisco, al que tenía en gran estima. Su disección de la cultura de masas centró una parte fundamental de su obra, pues según Eco, “en la cultura cada entidad puede convertirse en fenómeno semiótico. Las leyes de la comunicación son las leyes de la cultura. La cultura puede ser enteramente estudiada bajo un punto de vista semiótico. La semiótica es una disciplina que puede y debe ocuparse de toda la cultura”.

Por ello, se regocijaba al dedicar una parte de su tiempo a leer comics, los que consideraba componentes fundamentales de la cultura de masas. Una muestra elocuente es su valoración de Mafalda: “Ya nadie niega hoy que el cómic (cuando alcanza niveles de calidad) es un testimonio sobre el momento social: y en Mafalda se reflejan las tendencias de una juventud inquieta, que asumen el aspecto paradójico de una oposición infantil, de una eccema psicológica de reacción a los medios de comunicación de masas, de una urticaria moral producida por la lógica de los bloques, de un asma intelectual originado por hongos atómicos. Puesto que nuestros hijos se preparan para ser –por elección nuestra– una multitud de Mafaldas, nos parece prudente tratar a Mafalda con el respeto que merece un personaje real”.

Cuando pienso en Humberto Eco rememoro a José Pablo Feinmann –a quien muchos legitiman como el Eco argentino, aún cuando se confiese discípulo de Sartre– de quien escuché que los inmortales no se despiden, siendo las despedidas asunto de mortales, pues la finitud de sus vidas no les ofrece la certeza de un nuevo encuentro. Aun cuando, parafraseando a Santo Tomás de Aquino, Humberto Eco es un patrimonio de la eternidad, cuánto añoraría escuchar los sabios y polémicos analisis del autor de El nombre de la rosa en tiempos de COVID-19.

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