Por Pedro José García Sánchez

Resistir no significa solamente oponerse a las maquinaciones que intentan obligarnos a hacer algo a cualquier precio. Sobre todo en la Venezuela del siglo XXI, en la que el chavismo gubernamental ha producido un catálogo extenso e intenso de “la sociedad indecente”: aquella en la que las instituciones humillan a la gente. Resistir en Venezuela supone también un aprendizaje inventivo y proteico acerca de cómo hacer de lo que Georges Orwell llamaba la decencia ordinaria, un patrimonio.

A Patricia Gutiérrez de Ceballos le ha tocado hacer dicho aprendizaje en el último quinquenio. Primero, vivir en carne propia el Leviatán chavista, que la criminalización de su esposo, Daniel Ceballos, ha recrudecido con ese más allá de la injusticia que la humillación carcelaria inflige, con sus consecuencias familiares, políticas y humanas. Luego, sobrepasar dignamente la ignominia, sin claudicaciones, aspavientos, ni ventas al por menor, mostrando un camino con la firmeza y la circunspección que la situación amerita para qué, en el país de la revolución bolivariana, la decencia no sea solo extraordinaria.

La alcalde de San Cristóbal (2014-2017), capital del principal estado fronterizo con Colombia, recibió junto al alcalde de Caracas en el exilio Antonio Ledezma, el presidente de la Asamblea Nacional Julio Borges y otros representantes de la oposición venezolana vejada y encarcelada el premio Sajarov 2017 del Parlamento Europeo. Dicho premio rinde homenaje a la libertad de conciencia y a la resistencia de aquellos a quienes un poder opresor intenta anihilar. Desde su condición de mujer libre, pensante y ciudadana, Patricia Gutiérrez de Ceballos encarna una renovación importante y consistente en el liderazgo de la oposición democrática venezolana en su lucha contra el cuenta-gotas totalitario que ejecutan Maduro, Cabello, Lucena, los Rodríguez y Cia para el castro-chavismo latinoamericano.

Resulta importante subrayar su denuncia en París, de la que se hace eco Le Monde, sobre la conchupancia entre los agentes de influencia de la izquierda (Jean-Luc Mélenchon) y de la derecha (Dominique de Villepin) francesas. Esta alianza inaudita en Francia (que siempre ha sido un centro neurálgico de la estrategia castro-chavista internacional), ha servido para propagar acusaciones falsas y propagandísticas contra su partido Voluntad Popular, promovidas por Temir Porras, agente de poder del gobierno bolivariano de triste recuerdo para la acción pública en Venezuela y para las arcas del Estado, desde sus múltiples y fracasados roles como alto funcionario. Escudado actualmente en parapetos académicos y asesorías doradas, este “galileo” (nombre del programa de becas al exterior para liceístas del que fue orondo beneficiario, gracias nada menos que a Leopoldo López padre, cuando presidió la Fundación Ayacucho), y cuyo apellido conocido en la gran burguesía guayanesa pre-chavista lo sigue siendo en la boliburguesía, continua sobre todo su trabajo de lapa a través de redes político-financieras oscuras que vinculan a Francia, Venezuela y a otros países “en desarrollo” caídos en su zona de influencia.

Resistir implica también esa disposición que los humanos pueden tener para actuar atinadamente más allá de los límites que los opresores imponen con un trabajo de descalificación deliberado y sistemático del otro. Las matrices de opinión sesgada que le permitieron al chavismo recoger frutos en los círculos mediáticos, académicos y políticos europeos y latinoamericanos, fueron decisivas respecto al despertar tardío de la comunidad internacional frente al cuenta-gotas totalitario tropical cuya semántica travestí es, sin embargo, de vieja data. Aunque casi veinte años de “gramática de la guerra” aplicada en Venezuela hagan que la pragmática sea conocida, las consecuencias no parecen haber sido suficiente entendidas: el castro-chavismo no deja escapar ningún leadership opositor activo o potencial importante. Por ello domestica y congracia a los dóciles y a los ni-ni, desacredita y criminaliza a los opositores insumisos (terminando estos encarcelados o en el exilio) y aterroriza a los miembros o aliados que se vuelven críticos, estigmatizándolos como “traidores” y condenándolos al mismo tratamiento criminalizante de los insumisos.

En virtud de su actuación democrática y humanitaria en Venezuela, Patricia Gutiérrez de Ceballos ha valorizado en Europa (Estrasburgo, Berlín, París) los activos de la oposición y muestra con entereza e inteligencia que esta resteada. Es responsabilidad de todos que no sufra un destino similar al de tantos otros: intimidación, acoso y criminalización de Estado. El caso de Freddy Guevara, su compañero del partido Voluntad Popular es, en este sentido, ilustrativo: Vicepresidente de la Asamblea Nacional recibido en septiembre por el presidente de Francia Emmanuel Macron, así como por el presidente del Senado y el presidente de la Asamblea Nacional francesa, siendo una de las figuras más atinadas de la oposición emergente, al volver a Venezuela fue privado de su inmunidad parlamentaria, perseguido judicialmente y obligado a buscar asilo en la embajada de Chile. Es una constante del chavismo gubernamental exterminar como un enemigo al adversario político cuyo accionar es consecuente, deslegitimándolo antes, para luego estar a sus anchas frente a una oposición periódicamente descabezada y, por ende, continuamente vulnerable.

Cualquier salida a la crisis venezolana pasa por el que las democracias occidentales obliguen al gobierno venezolano a cesar dichas prácticas (dado que el goteo totalitario ejercido por la ANC, el TSJ, el CNE y el Ejecutivo ha trancado el juego al interior). Solo entonces el diálogo, la negociación y la alternancia democrática serán posibles. De no ser así, constataremos el hundimiento absoluto en una tragedia que ya no es solo la de un país, sino también la de un continente y que afecta, en general, a todos aquellos que creen y cultivan “la democracia como modo de vida”.

El autor es Profesor-investigador en sociología en la Universidad París Nanterre.

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