No me equivoco, creo, si digo que el rey Juan Carlos I nos caía bien simpático a todos. Ello no quiere decir, empero, que su retiro a no se sabe dónde –no abdicación, que fue en el 2014– merezca todos los días las primeras planas.

Las perspectivas de la campaña electoral en los EEUU, con Trump por un lado y Kamala Harris (candidata a vicepresidenta demócrata) por el otro, hacen pensar que Joe Biden va a pasar un poco a segundo plano en la confrontación, y eso da mucha más carne para cortar.

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Pero lo de Juan Carlos no es mera anécdota, aunque las haya de sobra. Lo de él vuelve a tener una incidencia especial en estas épocas que se viven en el reino.

Como dije, Juan Carlos caía simpático. No así la reina Sofía: tenía sus simpatizantes pero también sus contras. Igual que la hoy reina Letizia. Son como el mondongo: te gusta o no te gusta, sin mucho término medio.

Los dos momentos estelares de Juan Carlos I fueron en febrero de 1981, cuando el comandante Antonio Tejero copó el Congreso y el rey optó por el buen camino, y el otro cuando, en noviembre del 2007, mando a callar al comandante Hugo Chávez. El famoso y aplaudido: “Por qué no te callas”.

En el interregno se le perdonaron o disimularon muchas cosas, por ejemplo, el ser preparado y designado por Franco, lo mal que se portó con su padre Juan, el hecho de que demoró un poquito –dudó, se dice– en qué hacer en febrero del ’81, y el papelón de que a modo de disculpas invitara a Palacio al reprendido Chávez. Negocios son negocios, se dirá. Y… primero está España.

No es esta la única ni la primera ocasión en que Juan Carlos desaparece: le pasaba una o dos veces por año, siendo rey, y la prensa española se hacía la distraída y hablaba de internaciones en clínicas suizas o safaris por África, preferentemente. También se sabía que el Rey era el lobista preferido de las empresas españolas y que no tenía mucho empacho en “presionar” gobiernos haciendo valer la condición de “madre patria”, para empezar. Lo hacía por España, preferentemente.

Pero anécdotas, papelones, contradicciones y algunas cositas no muy claras las hay en todas las monarquías. El Reino Unido es un ejemplo. Pero como que lo manejan mejor. Y mientras la gente está pendiente de toda esta gran burocracia real: se trata de los funcionarios públicos más caros del mundo, de los que no se sabe mucho lo que hacen, si están capacitados para la función y ni si marcan tarjeta o tienen horario (parecido a lo de la ONU y otros organismos internacionales como la OMS, UNESCO, FAO, FMI, Banco Mundial, etc.).

De todas formas, a Juan Carlos hay que agradecerle que fue quien en las últimas décadas, respetando los principios y las instituciones democráticas, mantuvo unida a una España secesionista. Esto es, posibilitó la convivencia de distintas comunidades que, y esto es a confesión de parte, nunca se sintieron españolas. Y eso no es poco. Y se le debe contabilizar a favor.

Desde hace ya mucho tiempo España vive una especie de nueva guerra civil; incruenta sí, pero como aquella con muchos frentes y no menos fanatismos y sinrazones.

Juan Carlos mantuvo la unidad y la paz. Es así. Cuando su imagen comenzó a debilitarse ya sea por el alcohol –de eso se hablaba– las desapariciones, las desavenencias familiares a distintos niveles, se dio el rebrote de las nacionalidades, el resucitar de los republicanos e, incluso, la aparición de una nueva especie de republicanos demócratas, progresistas, populistas, oportunistas y bolivarianos –todo a la vez– como es el caso de la gente de Podemos, hoy socios de Pedro Sánchez y otrora asesores de Chávez.

La guerra esta ahí, y lo que ha ocurrido con Juan Carlos es un retroceso fuerte para los pacifistas y los que pugnan por un marco de paz y convivencia.

No es fácil la tarea para el rey Felipe VI. Le han dejado una pista muy resbalosa. Además, con un gobierno que decididamente no está a la altura, ni de cerca, de las circunstancias que se viven en la península.

Como Vallejo, seguramente debe clamar: Ay, “España, aparta de mí este cáliz”.

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