Tras los resultados electorales colombianos, que de manera determinante muestran la voluntad casi unánime de los votantes neogranadinos para avanzar hacia cambios radicales en su sistema de vida y hasta para aplanar toda memoria – la vicepresidenta electa afirma que, tras dos centurias, por vez primera llega el pueblo llano al poder – la reflexión contextual se impone y es obligante. Urge comprender al ecosistema político global en emergencia, si se quiere trillar contra sus paradigmas o adherir a los mismos o acaso testearlos y, si cabe, entenderlos o no como desasidos de alguna perspectiva antropológica.

Entre la reacción anti-política que representara el candidato que perdió las elecciones, que suma a la otra mitad de los votantes y el vencedor, quien viene de cultivar a la violencia y es aliado abierto del Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla, todos o a uno de los colombianos, como lo diría el presidente electo Gustavo Petro, decidieron escribir “historia nueva”. Les incomoda el pasado como a las generaciones contemporáneas de internautas, que medran sin paternidad y les avergüenzan sus raíces.

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La referencia bicentenaria de Francia Márquez es reveladora, pues más allá de las traiciones políticas acusadas, de los desencantos ciudadanos, del reclamo de un «bienestar instantáneo» sin alteridades y ajeno al tiempo y al espacio, se da al traste en Colombia con el catecismo político amamantado por las grandes revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX y dominantes en el siglo XX. El paradigma ordenador y universal, que lo fue la inmanente dignidad de la persona humana, renovado sobre la experiencia trágica del Holocausto a partir de 1945, también lo entierran el mundo Occidental e igualmente el Oriente euroasiático.

Las Américas, al apenas iniciarse el siglo XXI, acaso preocupada por aquello que la literatura política opta por predicar tras el “gran desengaño” marxista, a saber, el llamado «desencanto democrático», intenta blindar sus activos culturales demandando fidelidad a la democracia como experiencia de vida, como «derecho de los pueblos» que han de garantizar los gobiernos, según los términos de la Carta Democrática Interamericana.

Mas en la desangelada Cumbre de Los Ángeles, en medio de esa deconstrucción de historias y de sólidos culturales, el intento de remendar al camisón de la democracia quedó como eco en el vacío. Tanto que el presidente estadounidense, Joe Biden, después de afirmar solemnemente que “la democracia no solo es el rasgo definitorio de la historia de América, sino un ingrediente esencial del futuro de América”, de seguidas se contradice: “está bajo asalto en todo el mundo”. Colombia es la escala más reciente.

“El mundo está pasando por cambios trascendentales, y la humanidad está entrando en una era de rápido desarrollo y profunda transformación”, explica la Declaración Conjunta suscrita el pasado mes de febrero por Xi Jinping y Vladimir Putin a nombre de China y de Rusia y como proemio de la guerra que esta inicia contra Ucrania.

La alerta que hacen desde Oriente y dirigen estos a las Américas y a Europa occidental – “actores que representan la minoría a escala internacional [según ellos y que] siguen abogando por enfoques unilaterales”– es que “la situación de seguridad internacional y regional se complica y el número de desafíos y amenazas mundiales crece día a día”. Y la espoleta disparada, según el criterio chino-ruso, es el querer imponer ahora “«normas democráticas» a otros países”, en intentos que “socavan la estabilidad del orden mundial”. La universalidad de la democracia, así, amenazaría a la paz en el planeta.

De modo que, a manera de inevitable soliloquio pienso que destruir al Sistema Interamericano y los estándares que sobre la democracia constan en la Carta Democrática de 2001, construidos y decantados en el curso de casi 200 años si los tomamos desde la reunión del Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, es hoy, en el aquí y en el ahora, la constante de la política exterior que, en adhesión a lo postulado por China y Rusia, han asumido los gobiernos de México, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Cuba, Venezuela, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, y pronto el de Colombia.

“Soy parte de un proceso, de una historia de lucha y resistencia que empezó con mis ancestros traídos en condición de esclavitud”, observa, con propósito revisionista e históricamente regresivo, la compañera de fórmula de Petro.

Entretanto, mientras en Occidente se desmonta a la democracia y se la parcela, para que se adapte a cada realidad o localidad o a la versión discursiva del mandamás correspondiente – ayer socialista, hoy progresista – y al detal, o a la par de que se ocupan los gobiernos señalados de resolver sus enconos bicentenarios y hasta los de más atrás, desde Oriente se estimula y exacerba la tesis. Debilitar aún más a los occidentales es el cometido. Ya que, mediando la deconstrucción cultural de estos, los integrantes de la alianza oriental emergen como “repartidores supremos” del orden nuevo, apalancados sobre sus estabilidades y «constructivismos» culturales: “Rusia y China, como potencias mundiales con un rico patrimonio cultural e histórico, afirman tener tradiciones de democracia de larga data, que se basan en miles de años de experiencia en desarrollo, amplio apoyo popular y consideración de las necesidades e intereses de los ciudadanos”.

El eje sino-ruso, mediando el galimatías para instalar esa narrativa de conveniencia y conjurar críticas, admitiendo que “la democracia es un valor universal” a la vez precisa o aclara que es “un medio”; por lo que declara oponerse “al abuso de los valores democráticos y a la injerencia en los asuntos internos”. Hace “un llamamiento a la comunidad internacional para que respete la diversidad cultural y civilizatoria… para promover una democracia genuina”. Y lo genuino es, para el primero, que “los derechos humanos deben protegerse de acuerdo con la situación específica de cada país y las necesidades de su población”. Eso lo anuncia desde Pekín y como regla para la Era Nueva.

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