Acaban de darle, en Londres, los toques finales al programa “Autobús sin autobuseros”. Según informa la BBC, la nueva modalidad en materia de transporte colectivo incorpora un vehículo que no tiene volante, pedales, mucho menos, el tradicional chofer de carne y hueso, tal como usted y yo, lo conocemos. El hasta ayer prototipo prestará servicio a la comedida velocidad de 16 kilómetros por hora, auxiliado por cinco videocámaras, tres equipos de rayos láser y un piloto-robot con capacidad de avistar, hasta a 100 metros a la redonda, cualquier potencial demandante de transporte colectivo, en cuyo caso se detendrá, flemático, puntual, caballeroso, como buen londinense y tras una reverencia con su "pumpá" lo invitará a subir a bordo.

Queda por ver, no obstante, si tal tecnología resulta exportable a otros países. A cierta republiqueta, forajida y desvergonzada con el remoquete de “bolivariana”, por ejemplo. Decir en esta última “autobusero” es sinónimo de estulticia, desvergüenza, violación de los derechos humanos de los usuarios del transporte público, fruición por despachar y darse el vuelto con los importes de los boletos, por no mencionar cierto tráfico, no precisamente de tránsito terrestre. Como se ve, en el absoluto desprestigio de tal oficio pagan, como suele ocurrir, justos por pecadores.

Un conductor de Metrobús, por ejemplo, es considerado a escala nacional, un perpetrador lombrosiano. Por consiguiente, de incorporarse como servicio suplementario al transporte subterráneo -de Caracas, para seguir con la hipotética situación- un vehículo con tecnología de punta similar a la que hemos mencionado tendría que tropicalizarse. O peor, bolivarianolizarse:

Si el semáforo está en rojo, nuestro piloto-robot aceleraría al máximo. Pero si la luz cambia a verde, aplica a fondo los frenos para que los pasajeros rueden por el piso y dejen de protestar el pésimo servicio. Confianzudo con las pasajeras las trata a todas de “mamita”, “mi reina” o simplemente las tutea. Jóvenes y ancianos, tampoco escaparían de sus desmanes. A los primeros, los embestiría con su unidad para escamotearles el pasaje estudiantil y a los segundos, los obligaría a subirse o bajarse en plena marcha del colectivo: “porque yo soy como soy, un desenfrenado, sin freno en el autobús y sin stop en la desvergüenza”.

Con todo, en casos como el comentado en la presente crónica, peor que autobús sin autobusero, es autobusero sin autobús.

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