Las primaveras árabes constituyen uno de los peores ejemplos de subversión padecidos por la Humanidad en décadas. Diseñadas al estilo de las revoluciones de colores con las que se intentó cercar a Rusia apelando a la supuesta sed de democracia, las primaveras árabes tan sólo pretendían sustituir poderes relativamente independientes por otros, presuntamente, más sumisos a agendas internacionales concretas.

Como no se trataba sólo de quitar sino también de poner, algunos ya señalamos entonces que las “primaveras árabes” acabarían en “inviernos islámicos”.

No nos equivocamos. Con el concurso, más o menos explícito, de algunas potencias occidentales, las dictaduras de Libia y Egipto saltaron por los aires. Sin embargo, lo que vino después resultó muchísimo peor que Qadafi o Mubarak. No podía ser de otra manera porque los integristas islámicos se hicieron con el poder. En medio de ese encadenamiento de disparates, Siria se convirtió en otro objetivo.

De manera apenas oculta, una primavera árabe en Siria contaba con el premio añadido de expulsar a Rusia de su única base en el exterior, asomada, por añadidura, al Mediterráneo. La metodología utilizada fue la de siempre: provocar desde el exterior manifestaciones contrarias al régimen, esperar a que el dictador desencadenara la represión y proceder entonces a la intervención, supuestamente legítima, para derribarlo.

Sin embargo, en Siria, a diferencia de lo sucedido en Egipto, la inmensa mayoría de la población rechazó a los supuestos libertadores procedentes del exterior y cuando ISIS y otros grupos islamistas cercaron Alepo y comenzaron a asesinar a la población civil - de manera privilegiada a cristianos – la oposición a los denominados eufemísticamente “rebeldes” aumentó.

A los sirios podía gustarles más o menos Assad, pero lo que odiaban de todo corazón era a los islamistas bendecidos, entre otros, por John McCain.

Mientras tanto Occidente seguía insistiendo en la maldad de Assad – un dictador, sin duda, pero que estaba defendiendo a su población, incluidos los cristianos, de una intervención islámica – en la rebelión popular – terroristas islámicos venidos del exterior – y en la maldad de ISIS, al que, desde luego, no combatía con efectividad. Y entonces llegó Putin.

De manera acelerada, Putin puso de manifiesto que se podía acabar con ISIS - ¿por qué no lo ha hecho Occidente durante estos años siendo tan fácil? – que se podía defender a la población civil y que se podía dar resguardo a esos cristianos de los que poco o nada dicen los medios quizá porque su visión no encaja con la de los defensores de las primaveras árabes.

Mientras determinadas instancias occidentales acusaban a Putin de criminal de guerra, Alepo – la Alepo cercada sobre la que Occidente no dijo nada durante años – fue liberada e ISIS expulsado de Siria.

Al final, no ha sido la NATO la que ha derrotado a los terroristas islámicos. Ha sido Rusia y así lo dicen, de manera especial, las monjas católicas, los misioneros protestantes y los clérigos ortodoxos que han sufrido, ante la mirada de Occidente, la persecución de los islamistas en Siria.

Sería de desear que alguien nos explique por qué los “buenos” han ayudado, por activa o por pasiva, a los terroristas islámicos a llegar al poder o, al menos, a intentarlo y, por el contrario, los “malos” los combaten hasta derrotarlos.

Alguien, sin duda, nos oculta información. Dios quiera, al menos, que, tras la destrucción generalizada de una nación, tras las matanzas de cristianos y tras medio millón de muertos debidos a maquiavelos de tercera, Siria haya sufrido la última primavera árabe.

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