Esta semana cambio de tema. Mi tradición de analista político sobre la actualidad nacional e internacional me ha inclinado hacia aquellos tópicos que tengan vínculo con la grave crisis humanitaria que sufren mis hermanos compatriotas del glorioso y vilipendiado pueblo venezolano.

La política, bien ejercida, además de ser una ciencia exacta, representa para quienes tienen profundos respeto por los valores religiosos, sociales, familiares y solidarios, el equivalente a un apostolado de servicio social hacia todos sus semejantes, sin importales su razón social, racial, religiosa y económica.

Cuando ambos factores son integrados a una sólida formación ética, moral, ideológica y de compromiso social, los resultados serán en ese liderazgo político, una garantía férrea de ser incorruptible, profundamente humano, tolerante, respetuoso y diligente en las soluciones de los problemas que afectan a las mayorías, en especial a quienes sufren en la pobreza y marginalidad social.

En este momento propicio, cuando se entretejen los valores religiosos con el compromiso político, pasa a ser un importante factor de atención, unidad, convergencia. y alianza colectiva en la dirección correcta de los temas obligantes para cualquier luchador social contra la injusticia, la maldad, la tiranía y el despotismo injusto y recalcitrante en el seno de una sociedad con profundas diferencias, divisiones y desigualdades de todo tipo.

Soy Emaús, y eso significa reiterar mi compromiso con mi fe católica, con la esperanza de que nuestros conocimientos, talentos y habilidades humanas puedan ser un instrumento útil para alcanzar la victoria espiritual y material, expresando la valentía necesaria para derrotar el pesimismo, la frustración y la desesperanza, que muchas veces influencian negativamente nuestros espíritus, almas y decisiones fundamentales en la vida diaria.

¿Pero algunos me preguntarán sorprendidos qué significa el compromiso con Emaús?

Interrogante válida para quienes no tienen una fuente de información apropiada, más aún cuando, siendo católicos, están fuera de la práctica diaria de nuestra doctrina social de la iglesia, integrados a ese 75% de cristianos en el mundo que no van a misa y mucho menos reciben las orientaciones teológicas de nuestros pastores en el ejercicio sagrado del sacerdocio. Por supuesto, muy lejanos de recibir la sagrada comunión, el cuerpo y la sangre de nuestro señor Jesucristo.

Ser integrante de la hermandad de Emaús significa mucho más que un mero compromiso formal con nuestra Iglesia católica, para convertirse en la fuente primaria de nuestra lecciones, aprendizajes y enseñanzas religiosas; denota tener una gran fe en Dios, para revertirse de los desafueros, errores humanos y pecados cometidos por omisión, conciencia y responsabilidad de tus actos personales, los cuales, ya redimidos, te colocan una postura destellantes de dulzura, solidaridad, misericordia, afectos y amor real por tus hermanos. Allí culmina una parte enterrada de una desajustada vida anterior, para ahora afrontar, por obra y gracia del Espíritu Santo, mayores compromisos, ya deslastrados de las viejas pasiones, envidias y pequeñeces subalternas, para contribuir a fomentar la unidad frente a la desunión, el amor real frente al odio salvaje, la confraternidad de acción frente a la división, y la paz y la convergencia social entre hermanos, frente a las predicas de la guerra, la muerte y la destrucción.

Construir un mundo y un futuro mejor es posible para quienes practicamos la política como una fuente de redención social e integración para el bien y la felicidad de nuestros hermanos, combatiendo las desviaciones protagónicas, llenas de falsedades y manipulaciones etéreas. Derrotar a la ignominia, la mentira, las agendas personales y grupales ocultas, para construir un nuevo país, sin odios ni mezquindades, y finalmente fortalecer la fe carbonera y definitiva en Dios y en nuestro Santos y Mártires de la historia católica universal.

Emaús se desprende, según Lucas 24: 13-35, de una narración de un hecho acontecido luego de la muerte y aparición de Jesucristo. Emaús es un poblado que quedaba a unos once kilómetros de Jerusalén, en el cual dos discípulos de los Apóstoles iban conversando mientras caminaban, agregándose de repente al dúo el propio Jesús de Nazareth. A pesar de que ellos lo veían, algo les impedía darse cuenta de quién era esa compañía y de quién esa voz. Jesús les preguntó: ¿De qué van hablando por el camino? Se detuvieron tristes y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, contento, respondió: “Eres tú el único que ha estado alojado en Jerusalén y que no sabe lo que ha pasado allí en estos días?". ¿Qué ha pasado?, pregunta Jesús, ellos les contaron lo de Jesús de Nazareth, que era un profeta poderoso en hechos y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Que lo habían entregado los sacerdotes y que las autoridades lo habían condenado a muerte, que fue crucificado, y, después de varios comentarios, le afirmaron: “Algunos de nuestros compañeros fueron después al sepulcro y lo encontraron tal y como las mujeres habían dicho, pero a Jesús no lo vieron”. Luego Jesús les dijo: "!Qué faltos de comprensión son ustedes y qué lentos para creer todo lo que dijeron los profetas. ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?". Luego siguió explicándoles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él, comenzado por los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros de los Profetas. Por invitación de los dos caminantes de Emaús, Jesús acepta quedarse con ellos. Cuando ya estaba sentados frente a la mesa, Jesús tomó en sus manos el pan y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se los dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús, pero él desapareció. Ellos se dijeron uno al otro: "¿No es verdad que el corazón nos ardía en el pecho cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba Las Escrituras”?.

Con esta reflexión le pedimos a nuestro Dios y a Jesús, que nuevamente haga el milagro, junto al Espíritu Santo, de caminar a nuestro lado por toda la eternidad, para que nuevamente nuestros corazones ardientes en nuestros pechos, nos motiven al sagrado compromiso de luchar en la tierra por rescatar la libertad y la democracia de nuestros pueblos en paz, armonía y confraternidad humana.

¡Jesús ha Resucitado! ¡En Verdad Resucitó!

(Dedicado a todos mis hermanos de Emaús de la iglesia Saint Edward, Pemproke Pines, Florida)

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

Aparecen en esta nota:

 

Deja tu comentario

Se está leyendo

Lo último

Encuesta

¿Está usted de acuerdo con un "alcalde fuerte" para la ciudad de Miami?

SI
NO
NO SÉ
ver resultados

Las Más Leídas