Una maquilladora me salvó la vida.

Eran los años peores. Yo vivía solo en una casa en esta isla donde todo aparentemente es feliz. Mis hijas vivían en Lima con su madre. Yo hacía un programa de televisión todas las noches. Viajaba a Lima los fines de semana para ver a mis hijas. De paso presentaba un programa los domingos en esa ciudad. Vivía resfriado, tosiendo. Dormía mal. Tomaba muchas pastillas para dormir. Me había hecho adicto a ellas. Tomaba tantas que a veces me quedaba dormido manejando rumbo al canal. No sé cómo no me maté. Las plegarias de mi madre seguramente me protegían.

La mujer que me maquillaba en el canal se llamaba Odalys. Era cubana. Hacía su trabajo con esmero y delicadeza. Era paciente, risueña, bondadosa. Yo cerraba los ojos y ella me maquillaba tan cuidadosamente que era como si me estuviera acariciando con amor. A veces me relajaba tanto que me quedaba dormido mientras ella me aplicaba base y polvos. En el cuarto de maquillaje adyacente, su madre, Migdalia, se ocupaba de los comediantes y los invitados del programa de las nueve de la noche. Las dos eran grandes profesionales. Todos las queríamos en el canal.

Yo tenía éxito en la televisión. Para celebrarlo me había comprado un Jaguar azul. Todo el día estaba fatigado, exhausto. No tenía ganas de seguir viviendo. No tenía ganas de seguir escribiendo. Ya había escrito suficientes libros, ya lo había contado todo. Me sentía solo, derrotado, harto de mí mismo. Por eso tomaba tantas pastillas para dormir.

-Estás amarillo –me dijo Odalys una noche, maquillándome antes del programa.

Me miré en el espejo y me encontré igual que siempre.

-Mírate los ojos, las manos, el rostro –prosiguió ella-. Estás enfermo. Estás todo amarillo.

-Yo me siento bien –le dije.

Me miró a los ojos, preocupada, y dijo:

-Tienes que ir al médico. Estás mal. Hazme caso, yo sé lo que te digo. Si estás tan amarillo, es porque tienes algo malo.

Al día siguiente me olvidé de ir al médico y de nuevo ella se alarmó:

-Estás peor. Te llevaré al médico yo misma después del programa.

-No te preocupes –le dije-. Te prometo que iré mañana.

Cumplí la promesa. Fui a un médico de la isla que me remitió donde otro médico fuera de la isla. Me hicieron exámenes, me sacaron placas. Descubrieron que tenía una bola amarilla solidificada, hecha de residuos de barbitúricos mal procesados por el hígado, obstruyendo el conducto biliar. Tenían que operarme inmediatamente.

-Si no lo operamos, va a morirse por el derrame del conducto biliar obstruido –me explicó el doctor.

Me operó él mismo unas horas después. Fui solo, dejé mi Jaguar en el parqueo, pagué por adelantado, firmé todos los papeles inevitables, me durmieron y me operaron.

Me habían dicho que al día siguiente estaría bien. No fue así. La operación fue más delicada de lo que el médico había previsto, y además me hizo una incisión en el páncreas por error. Pude enjuiciarlo. No lo hice. Tuve que quedarme una semana en el hospital. Nadie de mi familia vino a visitarme. Me sentí realmente solo, apestado, indeseable. Por las tardes venían una señoras cubanas de un club de oración, me acomodaban un crucifijo en el pecho y rezaban por mí. Yo sentía que estaba muriéndome. Me aplicaban morfina a la vena. Los dolores eran mortales.

En el canal el gerente y mandamás se enojó conmigo porque pensó que yo le había mentido y no era cierto que me habían operado. Me buscaron en varios hospitales pero no me encontraron porque me había registrado con un nombre falso (Joaquín Camino, mi alter ego en “No se lo digas a nadie”) para despistar a los fisgones, chismosos y entrometidos. Pedí que repitieran varios capítulos. No me hicieron caso. Sentaron en mi lugar a unos periodistas jóvenes y ambiciosos a quienes tenía como amigos. Los veía desde mi cama del hospital y sentía que ellos en el fondo no querían que me recuperarse del todo para así darme un golpe sibilino y quedarse con mi programa.

Finalmente me recuperé y pude salir del hospital y manejar de regreso a la isla. Entrando en mi casa, me quedé dormido y soñé con un coro de ángeles que cantaban y bailaban. Eran los efectos de la morfina.

El médico que me operó mal vino a visitarme. Le pregunté por qué me había cortado el páncreas por error.

-Me puse nervioso –dijo-. Yo veo su programa todas las noches. Por eso me puse tan nervioso.

No me pareció conveniente enjuiciarlo ni tomar represalias. No había tenido malas intenciones. El daño ya estaba hecho.

Unos días después pude volver al canal. Después de editar los videos del monólogo, me dirigí al cuarto de maquillaje. Odalys no estaba allí. Pregunté por ella. Su reemplazante no pudo decirme nada, se cortó, hizo un gesto de dolor. Entré al cuarto de Migdalia y le pregunté por su hija.

-¿No sabes lo que le pasó? –me preguntó ella.

-No –le dije-. ¿Qué le pasó?

-La mataron –dijo-. Mataron a Odalys –añadió, y se echó a llorar.

La abracé y no me atreví a preguntarle quién y cómo la había matado. Me lo contaron luego los técnicos del canal. Odalys estaba casada con un hombre bastante mayor que ella. Tenían una niña. El hombre era violento. La trataba mal. Era celoso, paranoico, delirante. Era un miserable. No la dejaba en paz. A veces la seguía para ver adónde iba. Creía que ella estaba viviendo una historia escondida con otro hombre. En un ataque de celos, sacó una pistola, la mató a tiros y luego se suicidó, todo en presencia de la niña.

Todo ocurrió el día mismo en que me operaron. Y me operaron gracias a que Odalys me dijo que estaba enfermo, todo amarillo, y que tenía que hacerme ver sin demora por un doctor. De no haber sido por ella, no hubiese ido al médico y hubiera muerto envenenado por un derrame de bilis. Ella fue el ángel que me salvó la vida. Y yo no pude hacer nada para salvarla de la emboscada que le tendieron. Murió joven, llena de sueños. Murió violentamente, ella que era tan delicada.

Tantos años después, me encuentro con Migdalia todas las noches en el canal y le doy un beso en la mejilla y admiro su fortaleza y tesón para no dejarse doblegar. Tantos años después, ahora me maquilla ciertas noches la hija de Odalys. Se llama Lola. Es simpática, coqueta, risueña, afectuosa. Me recuerda tanto a su madre. Es una jovencita sin malicia, sin envidia, con un gran corazón. Todos la queremos en el canal. Le gusta ir al cine. Tiene novio. Ama la moda y la belleza. Sueña con tener su propio salón. Por delicadeza, no le hablo de su madre, de cómo me salvó la vida, pero a veces siento que sus manos en mi rostro son las de su madre ausente maquillándome unas noches antes de que me tocase morir, una muerte que ella me evitó, conminándome a preguntar por qué estaba así de amarillo.

La otra noche que Lola me maquillaba recordé toda esta historia y se me anegaron los ojos.

-¿Está llorando, señor Baylys? –me preguntó.

-No –le mentí-. Es solo una alergia.

Pero me sentía infinitamente triste porque Odalys me salvó la vida y yo no me recuperé a tiempo para salvar la suya.

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