Después de nueve semanas en el cargo, no es difícil darse cuenta de que el presidente Donald Trump depende tanto de la asesoría de sus parientes inmediatos, como de sus funcionarios designados.

Bajo estas circunstancias, ¿sería propio considerar a La Casa Blanca como una extensión del negocio familiar de Trump?

No hay que ser un observador político agudo para constatar cuán común son las presencias de Ivanka Trump y Jared Kushner, hija y yerno del Presidente respectivamente, en las reuniones de alto nivel del Gobierno.

Como parte importante del clan Trump, hija y yerno parecen fungir como asesores especiales, tanto es así que muchos los cuentan entre las personalidades más influyentes de Washington.

Por ejemplo, la semana pasada Ivanka se sentó a la derecha de la canciller alemana Angela Merkel, durante una reunión sobre capacitación laboral, donde utilizó la oportunidad para elogiar a su padre por “su compromiso para crear millones de empleos" y puso el acento en cómo “el ingenio y la creatividad a menudo provienen de la determinación del sector privado".

En febrero pasado, la primera hija de la nación estuvo junto al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, durante su visita a Washington, donde coincidieron en una reunión sobre el desarrollo económico de las mujeres. Y un mes antes, luego de que Trump tomara posesión como presidente, compartió con Shinzo Abe, el primer ministro japonés.

Ivanka, a quien se le conoce como una exitosa mujer de negocios, no es oficialmente parte del tren de asesores de su padre, el Presidente, pero en la práctica eso es lo que es, pues tiene su propia oficina en la Casa Blanca y acceso a los reportes de inteligencia.

Las funciones de la hija del mandatario estadounidense y su esposo podrían ser vistas como una infracción a la ley antinepotismo, que fue aprobada en 1967 por el Congreso para que impedir que funcionarios públicos nombren parientes en posiciones gubernamentales. No obstante, el Departamento de Justicia ha determinado que la ley sólo apunta a personas que dirigen departamentos y agencias, y la Casa Blanca no entra en esta categoría, por lo que igualmente concluyeron que el Presidente posee prerrogativas a la hora de dotarse de consejeros, en aras del mejor desempeño de sus funciones.

Jared Kushner es otro miembro de la comunidad de negocios familiar, que ejerce mucha influencia en el Presidente, dando su punto de vista sobre problemas internacionales, organizando reuniones con líderes extranjeros e incluso actuando como enviado especial de la Oficina Oval.

Trump incluso ha llegado a sugerir que su yerno podría tratar de negociar un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos.

Sin embargo, la semana pasada se conoció que una empresa de la familia Kushner podría recibir 400 millones de dólares si se sella el acuerdo con un consorcio chino muy cercano al Gobierno de Pekín, para invertir en la compra de unas oficinas en la torre Kushner, en Nueva York.

Para evitar suspicacias sobre un conflicto de intereses, ahora que es asesor especial de su suegro, Kushner vendió su participación en la propiedad en Manhattan a otros miembros de la familia, pero es inevitable que el nombre Kushner esté vinculado al acuerdo si se completa.

En todo caso, es innegable que la familia presidencial desempeñará un papel importante durante los próximos cuatro años de Gobierno. Aquí lo importante es que no se cruce la fina línea entre los privilegios que da el poder y lo que es éticamente cuestionable.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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