La palabra transición proviene del latín transire: “pasar al otro lado”.
Venezuela pide cooperación respetuosa, entendida en el sentido más noble de nuestra tradición continental: pueblos libres que ayudan a otros pueblos sometidos a recuperar su dignidad, su estabilidad y su capacidad de decidir su propio destino
La palabra transición proviene del latín transire: “pasar al otro lado”.
No es una aventura, ni un salto abrupto, tampoco un simple cambio de nombres; es un proceso político, institucional, cultural y moral que redefine las bases de la convivencia.
Ciudadanos, hoy no nos convoca la simple política; nos convoca la historia porque estamos en transición; un territorio teórico, frágil, delicado y trascendente, cargado de incertidumbres y dudas, pero también lleno de posibilidades inéditas que solo los pueblos valientes se atreven a conquistar.
En tal sentido, cabe destacar que una transición auténtica no solo implica desmontar estructuras de abuso institucional y oprobio, sino restaurar la legitimidad, la institucionalidad, y abrir un horizonte donde la esperanza y la acción se vuelvan, por fin, una realidad palpable.
Esta Declaración de Miami, presentada por VENAMERICA como Manifiesto de su VII Asamblea, busca ofrecer una reflexión integral sobre este desafío. No vinimos a diagnosticar con nostalgia el pasado, “eso es periódico de ayer"; estamos aquí para hablar del porvenir con la frente en alto, amparados en nuestra fe y en el orgullo de ser venezolanos, convencidos de que una nación soberana es posible y que el derecho a vivir en paz en la propia tierra es un precepto divino que nadie nos puede arrebatar.
Es propicia la ocasión para sumarnos al pueblo norteamericano en la celebración de los 250 años de su independencia. No como un gesto protocolar, sino un acto de admiración y gratitud hacia el legado de sus Padres Fundadores, cuyo faro iluminó a precursores como Miranda y Bolívar.
Aquel experimento audaz de 1776 demostró que la libertad podía organizarse y prosperar, encendiendo en América Latina una llama que, pese a las tormentas marcadas por ambiciones, jamás se ha extinguido en el corazón de los justos.
En este contexto histórico, es imperativo recordar que la defensa de la soberanía americana tiene raíces profundas, como en 1823, cuando el presidente James Monroe proclamó su célebre doctrina “América para los americanos”, ratificando que el destino de este hemisferio debe ser decidido por sus propios pueblos, en ella se marca un rumbo claro:
Ninguna potencia externa tiene derecho a decidir el destino de nuestras naciones.
El hemisferio no admite tutelas ni colonizaciones disfrazadas.
La soberanía no se negocia ni se delega; pertenece al pueblo.
América es tierra de libertad, no el patio trasero de imperios que buscan extender su sombra.
Estos principios están íntimamente conectados con nuestra concepción de una nación libre y soberana. Entendemos la naturaleza de los tiempos actuales que han obligado a una transición tutelada por los Estados Unidos, pero nuestro propósito y fin último es que esa transición conduzca a una verdadera democracia sin tutela internacional.
Mucho antes de Monroe, nuestro liderazgo formulaba pilares equivalentes. Francisco de Miranda vislumbró que la libertad solo sería duradera si se fundaba en la virtud cívica. Simón Bolívar advirtió que la independencia no es un estado pasivo, sino una condición que debe protegerse con instituciones fuertes. Otros precursores, como Sucre y Roscio, insistieron en que la paz depende de la fortaleza moral y espiritual de los Estados. Esa es nuestra herencia: una libertad que se piensa, pero que también se defiende con coraje y y educación ciudadana.
Ya en el siglo XX, esta visión evolucionó hacia la doctrina de la seguridad impulsada por. Harry S. Truman, quien adivinó que la paz solo se preserva si los Estados tienen la capacidad de disuadir la agresión. Décadas después, Ronald Reagan lo convirtió en un lema movilizador: “La paz a través de la fuerza”. Su visión nos enseñó que la debilidad invita al conflicto, mientras que la fortaleza responsable garantiza la estabilidad.
En fecha reciente, Donald Trump ha retomado este principio para subrayar que la moderación no debe ser interpretada como fragilidad. “La paz no se sostiene sobre el vacío, sino sobre la determinación inquebrantable de no permitir que otros impongan su voluntad sobre nuestra tierra”.
Por eso esta declaración se dirige a los pueblos de América no como un reclamo ni como una exigencia, sino como un acto de confianza y hermandad. Venezuela pide cooperación respetuosa, entendida en el sentido más noble de nuestra tradición continental: pueblos libres que ayudan a otros pueblos sometidos a recuperar su dignidad, su estabilidad y su capacidad de decidir su propio destino.
Esa solidaridad hemisférica debe ser un acto de humanidad, de responsabilidad compartida y de respeto mutuo. En este marco, la cooperación de los países hermanos debe entenderse como un acompañamiento fraterno.
Venezuela asume su responsabilidad histórica, aunque reconoce que la reconstrucción de un país también puede fortalecerse con la solidaridad de quienes comparten con nosotros la historia, la geografía y el destino del continente. La ayuda que solicitamos no sustituye la voluntad del pueblo venezolano, la fortalece.
La reconstrucción venezolana exige una voluntad de cambio que coloque a la persona en el centro de la vida nacional, donde reside su verdadera y legítima soberanía.
Requiere un liderazgo ético capaz de unir, escuchar y sanar; partidos políticos comprometidos con la formación ciudadana y la transparencia; instituciones fuertes que garanticen justicia, derechos y convivencia; con libertad de expresión sin condiciones ni cesuras y elecciones libres, transparentes y verificables que permitan que la voluntad popular se exprese sin miedo y sin coacción, exaltando que la democracia no es solo un sistema político, es un acto de afirmación de la dignidad humana.
Así, la Venezuela que se levanta no es la caricatura de un país reducido a sus recursos naturales, sino una nación de ciudadanos que han resistido, que han trabajado, que han migrado con dolor y que están dispuestos a regresar con esperanza a reconstruir su patria.
Una nación que pide cooperación, no tutela; solidaridad, no imposición; acompañamiento, no dirección. Una nación que, como enseñaron Miranda y Bolívar, solo será plenamente libre cuando la fuerza moral, institucional y ciudadana sea suficiente para sostener su soberanía. Y esa fuerza nace de su gente.
Hoy, pensando en el escenario de la transición, Venezuela sostiene la carga de una doble memoria: cuarenta años de democracia civilista que construyeron progreso, y veintiséis años de un autoritarismo que desmanteló y destruyó la República.
Esta amarga experiencia nos revela una verdad ineludible: la libertad se pierde cuando una nación abandona la vigilancia y la virtud pública, un drama al que debemos añadir la amenaza del crimen organizado y el narcotráfico como herramientas de dominación.
Por ello, la reconstrucción de Venezuela es el eslabón vital para la libertad de toda América. Nuestro continente debe ser para sus pueblos, no para carteles ni tiranías.
Una transición auténtica requiere desmantelar el aparato represivo y sanar las heridas mediante una reconciliación sin impunidad. La justicia es necesaria para la dignidad, y la verdad es indispensable para la paz; por consiguiente, la transición debe verse como el camino legítimo para reinventar nuestra democracia.
Una transición auténtica no se limita a sustituir un gobierno; implica transformar la gobernanza, liberar a los presos políticos y devolverle el poder al ciudadano. La historia nos enseña, a través de ejemplos como los de Adolfo Suárez en España o Patricio Aylwin en Chile, que el cambio exige estrategia y unidad, o inspirarnos en la autoridad moral de Juan Pablo II, quien nos recordó que el miedo desaparece cuando un pueblo recupera su dignidad.
Venezuela tiene los recursos, tiene una diáspora talentosa y, sobre todo, tiene una voluntad de hierro. Debemos desechar la era de los caudillos mesiánicos, degradar el liderazgo individualista por un liderazgo colectivo, comprometido con el país; dando la razón al enunciado de que el poder es un servicio y los líderes de este proceso serán los primeros servidores de la nación. Nuestra ruta debe ser “a campo travieso”: con transparencia total, sin acuerdos bajo la mesa. Avanzar paso a paso, con la seguridad de que cada avance es irreversible porque cuenta con el respaldo de la verdad.
Ciudadanos, la hora de las vacilaciones ha terminado. Venezuela no está cambiando de nombres; está recuperando su alma. No estamos aquí para ver si podemos, sino porque podemos, estamos aquí.
Hoy, ante la mirada de la historia y el compromiso con nuestros hijos, soltamos las amarras del miedo. Que la verdad sea nuestro mapa y la Justicia nuestro puerto definitivo. No aceptaremos más sombras ni más cadenas. Esta transición es nuestra tarea sagrada, es nuestra responsabilidad ante los libertadores y es, por encima de todo, la promesa de un amanecer luminoso que ya empieza a despuntar en el horizonte.
Que el mundo lo sepa y que los tiranos lo entiendan: Venezuela se levanta, Venezuela vuelve a creer, y la libertad, por fin, ha encontrado su camino de regreso a casa. ¡Y en ese camino hacia la victoria por la libertad! ¡VENAMERICA siempre estará allí! www.venamerica.org.
Este documento fue aprobado en la VII Asamblea General de VenAmérica del 26, 27 y 28 de marzo de 2026
