El programa de televisión que dirige y presenta Barclays se llama precisamente “Barclays”. Parece una señal de egocentrismo, de narcicismo, de culto a la personalidad, como si fuera el dictador norcoreano, rechoncho y envanecido. ¿No podría llamarse “Las noches de Barclays” o “Las noticias con Barclays” o “El mundo de Barclays”? No: Barclays se ha adueñado de su apellido sin pedir permiso, un apellido al que sus antepasados dieron prestigio y que él ha deslucido, desdorado. Por eso sus hermanos piensan: ¿Con qué derecho el patán de Jimmy se apropia de nuestro apellido y lo convierte en una marca de televisión, un producto de dudosa reputación, una cosa bastarda, farandulera? Porque los hermanos de Barclays, que se apellidan igualmente, no ven el programa llamado “Barclays”, huelga decirlo, pues lo consideran un aburrimiento supremo.

No sólo sus hermanos y su familia extendida, toda ella en Lima, Perú, evitan ver su programa como si evitasen contagiarse de la ominosa variante “ómicrom”: en general, cada vez menos gente ve ese programa, salvo aquellos que lo ven como un inductor al sueño, como un sedante o ansiolítico, como una formula natural, no química, para quedarse dormido en quince o veinte minutos, pues la cháchara de Barclays opera un efecto pasmoso en sus espectadores y oyentes, los sume en un creciente estupor, los deja roncando.

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A pesar de que el programa lleva más de quince años en antena, emitiéndose desde Miami para los Estados Unidos y Puerto Rico y para los países más confundidos de América Latina, hay sobradas evidencias de que sólo lo ven un puñado de suicidas, de noctámbulos, de insomnes, de gentes deprimidas y autodestructivas, de individuos desnortados, sin futuro, sin autoestima. Por eso el pesado de Barclays ha recibido recientemente varios golpes en su ego papal, en su vanidad cardenalicia, unas afrentas o humillaciones que le recuerdan que sus mejores tiempos en la televisión son una cosa del pasado y que lo peor está por venir y que por consiguiente bien haría en considerar el retiro, antes de que lo expectoren de la televisión como quien escupe un salivazo, una flema viscosa, un gargajo pedregoso.

Los dueños del canal de Miami le han comunicado estos días que le extenderán su programa el próximo año, sí, pero le reducirán el salario un diez por ciento. Escaldado, Barclays se ha quejado, ha protestado. Ha dicho que el próximo año su hija menor dejará de asistir a un colegio público y pasará a una escuela privada y que dicha escuela cuesta la absurda friolera de tres mil dólares al mes, tanto o más que una universidad de prestigio. Ha dicho que debe continuar sufragando la carrera de leyes de una universidad de excelencia que sigue su hija mayor. Ha dicho que su programa es muy a menudo el que marca los mejores índices de audiencia de la televisora y por eso no merece tamaño castigo. Pero los dueños no se han apiadado de él y le han respondido que le reducirán el salario sí o sí y que, si no está de acuerdo, bien puede irse a otro canal o a otro camal o matadero. Pero Barclays sabe que ningún canal ni camal o matadero desea contratarlo, así que, mal que le pese, encaja el golpe y asume que ganará menos el próximo año.

Es sólo el primer golpe en su orgullo desmesurado: casi al mismo tiempo, los dueños del canal peruano que emiten su programa, y que llevan emitiéndolo dos años, y que le pagaban bastante bien, tan bien que hasta le pidieron que hiciera un programa especial todos los domingos, a lo que Barclays se avino por la pura codicia de ganar más dinero y la pura vanidad exhibicionista de salir también los domingos pontificando en ridículo tono profesoral, tomaron la decisión, en vista de los pésimos ratings, de desplazar el programa a las once de la noche, luego a las once y media, después a la medianoche y finalmente a la una de la mañana. Es decir que el programa fue agonizando, con respirador artificial, en peores horarios, con peores índices de audiencia, en coma. Así las cosas, convertido ya en una conspiración clandestina, en un conciliábulo furtivo de cuatro gatos, el programa saldrá del aire en las próximas semanas, así se lo han comunicado a Barclays los dueños del canal, y el periodista se ha sentido como una alimaña que está siendo fumigada.

Por si todo ello fuera poco, el programa “Barclays”, que por lo visto sólo funciona tibiamente en los Estados Unidos, ha sufrido otras afrentas, otras represalias: el dueño del canal chileno le ha informado a Barclays de que está dispuesto a seguir propalando el programa, pero sin pagarle nada, como si la exhibición misma del programa fuese ya un favor excesivo; la gerente del canal panameño le ha comunicado a Barclays que su programa ya no saldrá más a las once de la noche, sino en el horario estelar de las cinco de la mañana; la nueva administración del canal estatal ecuatoriano, que difundía el programa pasada la medianoche, lo ha retirado de antena, sin decirle nada a Barclays, y a pesar de que este apoyó públicamente al actual presidente de ese país; y el rating que marca la tribuna deslenguada de Barclays en la Argentina, país que la emite los fines de semana, no es tan ínfimo como de un punto tan siquiera, sino aún más microscópico: una décima de un punto, lo que probablemente equivale a diez personas, ocho de ellas durmiendo.

Barclays está entonces bastante descorazonado y piensa que quizás debería retirarse de la televisión en un par de años, cuando cumpla cuarenta años fatigando ese oficio. Sin embargo, cada noche, cuando se maquilla a solas, pues debido a la pandemia ya no confía en la maquilladora del canal, y cuando conduce a toda prisa al estudio, y cuando se dispone a decir “Buenas noches, yo soy Jimmy Barclays, bienvenidos al programa”, él cree, como sin duda le conviene creer, que hay muchísima gente esperando a que comience el programa, millones de personas aguardando ansiosamente a verlo de principio a fin, sin pararse tan siquiera para ir al baño.

Se trata entonces de un equívoco narcisista, un malentendido conveniente para el ego robusto del presentador: cuando habla, cuando levanta la voz, cuando pontifica o predica, cuando se hace el gracioso, está seguro de que todo el mundo, literalmente todo el mundo está viéndolo. Pero en ese mismo instante, si él pudiera ver a sus espectadores imaginarios, podría atestiguar algo terrible, doloroso: casi nadie está viéndolo, la gente ve cosas mejores, sólo un puñado de suicidas, de lunáticos, de chiflados autodestructivos, se empeñan en ver las noticias avinagradas que vierte la espumosa boca de Jimmy Barclays. Es, pues, un hombre que habla sin advertir que, al otro extremo de la comunicación, de la línea, no hay nadie, hay una ausencia que se multiplica. Es entonces un hombre que habla a solas para oír el eco de su voz. Es, aunque no se resigne a aceptarlo, un orate hablando solo frente a una cámara vieja de televisión, pensando que su verbo es electrizante y persuasivo, cuando a nadie electriza, a nadie persuade, a nadie convence tan siquiera de encender la televisión para verlo a las nueve de la noche.

Desde luego, Barclays ganará menos dinero el próximo año, qué más le queda, nadie le hará una oferta mejor. Deberá resignarse a no salir más en las pantallas peruanas y ecuatorianas, a no cobrarle nada al canal chileno, a predicar en las madrugadas panameñas, a registrar la décima de un punto de rating en las televisiones argentinas: como un futbolista veterano, ventrudo, lento, que ya no mete goles ni da pie con bola, Barclays deberá comprender, mal que le pese, que ahora no juega más en primera, que juega en segunda división y el entrenador está pensando en pedirle que se quede sentado en la banca de suplentes o, casi mejor, que se retire en un partido de despedida que, es de suponer, será tristísimo, pues las tribunas estarán despobladas y sólo lo aplaudirá su madre, que considera que Barclays es el mejor periodista del mundo, un clásico en vida, un ser superior.

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