martes 12  de  mayo 2026
OPINIÓN

Una carta para mí... desde otros tiempos

Y tú, con tu primera hija en brazos, comprendiste que la historia no es un relato distante: es una fuerza que irrumpe en la intimidad de la vida. Vendrían decisiones difíciles. Te marchaste por un tiempo...

Diario las Américas | ORLANDO VIERA-BLANCO
Por ORLANDO VIERA-BLANCO

Si alguna vez me escribiera una carta a mis 17 años, ¿qué le diría a ese otro yo —hecho mayor y en el exilio— sobre lo vivido, lo que vivirá o lo que vive, sin pretender alterar el curso de mi propia vida?

No hay mejor manera de reflexionar sobre el ser, la cultura y el país que te vio nacer, que hablando contigo mismo sobre lo que [te/nos] ocurrió en las últimas cuatro décadas. En esa carta de tu propio destino —al decir de Benedetti— encontrarás todas las respuestas a todas las preguntas. Os invito a leer un poco de nuestra vida, que es la vuestra, desde otros tiempos…

Creciste en una Venezuela generosa pero desigual.

Te escribo desde un tiempo y un espacio que aún no conoces, pero que deseo compartir. Tengo las manos llenas de recuerdos y la mirada serena de quien —que eres tú— ha caminado largo.

Te escribo para contarte quién fuiste, quién has sido y quién serás. Quienes han sido tu inspiración, te formaron y te dieron guía. Por ellos has vivido y darías la vida. Dónde naciste, de dónde vienes y adónde irás y, en fin, quiénes te han acompañado en ese largo peregrinar. Sin ellos —sin tus errores y tus aciertos hechos tu verdad— nada pasa, nada motiva, no hay distancia ni razón de ser.

No te escribo para cambiarte el rumbo —porque el destino no se corrige, se revela— sino para abrazarte desde el tiempo, como quien tiende un puente entre lo vivido y por vivir. Te escribo para que no pierdas la fe, para que no negocies tu esencia, para que no abandones jamás esa ternura silenciosa que te ha definido incluso en los momentos más ásperos. Te escribo para que sigas siendo tú, en cualquier circunstancia, a favor o en contra.

Fuiste un adolescente en la Venezuela de los años 80. Todo transcurría melodiosamente, apasionada y contradictoriamente, entre montañas, campos de béisbol, tu querido Instituto Escuela, tu alma mater [la UCAB], estudios y festejos entre Desorden Público, Ligia Elena, “Solo pienso en ti” o “Por estas calles”… Y aunque entonces no lo supiste, habitaste una de las formas más puras de felicidad.

Culminando tu bachillerato en el Instituto [Escuela] conocerás a tu futura esposa y compañera de vida. Sin ella, tu existencia no hubiese sido a plenitud ni tu vida habría tenido gozo. Cualquier sombra sería fugitiva. De ese amor nacerá el fruto de tus cuatro hijos, que han sido tus cuatro primaveras. Por ellos y para ellos lo darás todo. ¡Y cómo ha valido la pena! Sin esa hermosa familia que habéis fundado, la vida sería una cruz sobre tus hombros, olas largas y muertas en tu navegar. Sol fulgurante que ha disipado todas tus penas, amor vibrante —llorando y riendo mil deseos de esplendor— con hambre y sed de libertad infinita, que quemará tus labios y tu voz.

Tu padre, médico, te enseñó con su ejemplo que la vida se honra sirviendo, que aliviar el dolor ajeno es una forma de trascendencia. Tu madre convirtió el hogar en un santuario donde la honestidad no se predicaba, se respiraba. En ese espacio íntimo —entre libros, sobremesas, pacientes, vecinos, amigos de la infancia, música y silencios cálidos—aprendiste que la dignidad no admite concesiones y la felicidad se sueña y se suda como fantasía loca e indómita.

Creciste en una Venezuela luminosa, contradictoria, generosa. Un país que parecía eterno en su verano, donde el porvenir se presentaba como una promesa abierta. Tierra pujante, sí, pero también atravesada por desigualdades y heridas que aún no sabías nombrar… La viviste con plenitud. Jugaste pelota con la entrega de quién entiende que el juego es también una escuela de carácter. Allí sembraste amistades hermosas y duraderas. Las que resistieron el paso del tiempo, aprendieron que son vínculos nacidos del polvo del diamante, de la risa compartida, de las cervecitas después de la zafra (aunque no bebes) o de derrotas que enseñaban más que las victorias.

Por cierto, con tus amigos magallaneros o de los Tiburones—sic— terminarás siendo paciente y considerado, porque verás que la redención y la tolerancia fortalecen la amistad. Esa camaradería, que es alegría en medio de la rivalidad, será añorada como un café en cada mañana. Y la fractura entre tus compatriotas será tu más elevada motivación para regresar a casa y hacer las paces.

Tu colegio y tu universidad serán tu huella perenne. Impronta que el destino comenzó a dibujar en su trazo más íntimo. Tanto conociste a quien por más de cuatro décadas sigue siendo tu esposa, como a tus otros hermanos de vida. Porque hay encuentros que no comienzan, sino continúan, donde lo antiguo se reconoce y no se olvida.

Has sido consecuente y fiel con tus amores y con tus amistades. Como lo fue un noviazgo largo, paciente, sostenido en la convicción más que en la urgencia. Ocho años… Ocho años en los que aprendiste que amar es también resistir, esperar, construir. Amores como flores viejas, quiero decir, un florido pasado que se detiene sobre ti, sobre mí, sobre todos, y te deja siempre esa imagen de ojos morosos y delicados —de Urupagua— que hablan de emociones mimosas que jamás cederán en los tiempos.

Amigos cuyas sonrisas jamás te abandonarán, porque son como un jardín que alguna vez la luna besó, y cuyo brillo siempre te hizo y te hará feliz, aun en medio de cualquier día de vuelo alto y tormentoso. En esa Venezuela pasaste de adolescente a hombre de leyes. Y como ella —generosa pero desigual— seguirás cabalgando como quijote, para que no se marchite esa vieja flor, para hacerla un poco más libre e igual.

Y te hiciste hombre de leyes y de libertades.

Te hiciste abogado muy joven. Y a pesar de tu pubertad y de un carrito que rodaba más de lado que derecho—sic—con una claridad y una perseverancia propias de un prematuro, fuiste en búsqueda de lo que no siempre se aprende en las aulas: un sueño, un norte, una misión.

Entraste al mundo profesional con una mezcla de audacia y respeto. Elegiste la propiedad intelectual como tu camino, sin saber que en ese territorio encontrarías no sólo un oficio, sino una causa. Defendiste marcas, ideas, creaciones; protegiste lo intangible con la firmeza de quien comprende que allí también habita la identidad de los pueblos y el ciclo de la vida: nacer, crear, vivir y morir. Casi sin darte cuenta fundaste tu firma [1989]. Lo hiciste temprano, con más sentimiento y pasión que certezas, pero con una ética heredada que fue siempre tu mayor patrimonio.

Hubo quienes confiaron en ti cuando aún eras apenas un aprendiz. Amigos cuyo gesto de confianza te enseñará que la gratitud eterna es una virtud edificante. Amistades que quedaron grabados no por su influencia, sino por su espaldarazo. De ese acto sencillo se abrieron puertas que ni siquiera imaginarás. Desde allí comenzaste a proyectarte más allá de las fronteras. Aprendiste que la integridad abre caminos y que el talento por sí solo no alcanza a recorrer. Pero también que la intemperancia cierra puertas, por lo que sabrás que apartarla de ti traerá el cáliz de la ventura y de los idilios inmortales.

Y entonces llegó 1992…

Tenías en brazos a una niña de meses. Y el país comenzó a estremecerse. Escuchaste los ecos de un intento de golpe de Estado. No comprendiste del todo lo que ocurría, pero sentiste —como se sienten las tormentas antes de la lluvia— que algo profundo se había quebrado. Venezuela dejó de ser solo promesa y comenzó a ser también incertidumbre. Se tensaron las miradas, se endurecieron los discursos, se fracturaron las certezas.

Y tú, con tu primera hija en brazos, comprendiste que la historia no es un relato distante: es una fuerza que irrumpe en la intimidad de la vida. Vendrían decisiones difíciles. Te marchaste por un tiempo… Tu tío Tito—prematuramente fallecido—ya te lo decía: aprende a ver más allá del EL Avila.

Nueva York te recibió con su dureza y su grandeza. Fue una ciudad de hierro, de velocidad, de silencios llenos de gente. Allí estudiaste, te especializaste, abrazaste tu querida propiedad intelectual. Harás una pasantía en una de las firmas más prestigiosas del área. Pero el aprendizaje no fue sólo académico.

Aprendiste a resistir la soledad, a caminar entre multitudes sintiéndote invisible, a sostener la disciplina cuando el afecto estaba lejos. Vivirás en una hermosa “pensión”. La casa del corazón, la casa hogar, La Casa OM, como la llamó Elba Damast, su creadora, artista venezolana dueña del loft [bed and breakfast] donde habitará tu espiritualidad, donde tu soledad se convertirá en sonido primordial del universo: pasado, presente y futuro. A partir de allí se juntaron todas las energías, y tu destino alzará vuelo.

Gabi no estaba porque el presupuesto no daba. Tus hijas y ella te esperaban. Y sin embargo, en esa distancia, el amor no se debilitó: se templó…Y cuando el reencuentro ocurrió, tuvo la intensidad de lo que ha sido esperado con paciencia. Volvieron a encontrarse, a reconstruirse. Y la vida, generosa en sus tiempos, les concedió una nueva alegría: llegaron los gemelos. Y entendiste que el amor no se divide: se multiplica.

Regresaste a Venezuela. Y el país siguió transformándose. Fuiste testigo de la caída de un presidente, Carlos Andrés Pérez, envuelto en un proceso que sacudió las instituciones. La política dejó de ser diálogo y se convirtió en confrontación y polarización. La esperanza convivía con la incertidumbre.

Decidiste no callar.

En 1994 comenzaste a escribir. Nace “Juicio Público” en la revista Bohemia. Poco después llegas a El Universal, gracias al voto de confianza del otrora editor de Opinión, Miguel Maita [QEPD]. Allí emergió otra dimensión de ti: el ciudadano que analiza, el hombre que opina, el intelectual que se compromete. Y con esa voz también llegaron los riesgos. Porque decir lo que se piensa, en tiempos convulsos, nunca ha sido un acto inocuo. Pero no te detuviste.

Antes de tu matrimonio [1990], la vida te había probado con una sensible pérdida material en Panamá, tras la invasión. Y fue entonces cuando nuestro padre te dio un consejo que se convertiría en piedra angular de tu destino: “Da la cara siempre, hijo, incluso si lo has perdido todo […] Cuando uno pierde un paciente en pabellón, lo primero es salir a darle la cara a sus deudos, porque nada hay que temer frente a la voluntad de Dios […] Regresa a ese sitio, honra tus deberes y demuestra tu integridad”.

Y obedeciste. Aquel acto que pudo haber pasado desapercibido, fue observado por sus receptores, una buena familia de Panamá. Y por ese gesto vieron algo más profundo que cualquier contrato: vieron honor. Y ese honor te abrió las puertas para convertirte en un abogado internacional de visión universal, que te permitirá entrar a otros mundos, donde el destino no será únicamente comercial, sino también inmensamente humanitario.

Ese instante será una de las inflexiones más decisivas de tu vida. Los años avanzarán. Tus hijos crecerán en medio de un país que se hizo cada vez más complejo. La polarización y la violencia se intensificó. Tú asumiste posiciones fieles a tu conciencia. Eso te dio proyección, pero también te expuso. Nunca fue un camino cómodo, pero sí coherente.

Hasta que un día tu eterna compañera de vida te habló con claridad: era momento de andar otros caminos, no por ti ni por ella, sino por los niños. La decisión no fue fácil.

Fuiste a la embajada de Canadá en Caracas con sentimientos encontrados. Había orgullo, dudas, temores. Pero también había una intuición profunda. Y te dijiste a ti mismo: mantén la calma. No respondas con displicencia. Acepta. Recuerda que la intemperancia no es buena, cierra puertas. Y aceptaste…

¡Oh, Canadá!

Canadá se convirtió en un nuevo comienzo. Los gemelos terminaron de crecer allí, se adaptaron, enfrentaron el reto de ser extranjeros en una tierra nueva con otro idioma. Estudiaron, trabajaron, compitieron. No fue sencillo. Pero lo lograron. Porque llevaban consigo una raíz firme y una formación sólida. Las niñas decidieron otro destino, porque en Canadá “hacía mucho frío” [sic].

Un episodio marcará tu vida. Pocas veces verás a tu flor llorar. Un día, ante el riesgo de deportación de tus hijas mayores [no habiendo estado los días que correspondía en Montreal] su corazón se hizo lágrimas. Algo conmovedor pasó en la Corte. La jueza decidió que [Canadá] tenía razón. Que tus hijas no merecían mantener la residencia. Pero de pronto —mientras te pedía silencio— dirá: “He revisado detenidamente vuestro perfil. No es seguro que tus hijas se marchen de Canadá y, anteponiendo el principio de reunificación familiar, les concedo acogida y les devuelvo su residencia. Pero atención: cómprenles buenos abrigos para que regresen…”.

Gabi llorará desconsoladamente: “¿Por qué tenemos que poner a nuestros hijos a vivir estas cosas? Escucha siempre esas palabras en medio del llanto del alma, porque serán tu guía de lucha e inspiración genuina. Es el llanto de todas las madres de un país.

De marcas y patentes a embajador…

Te formaste en ciencias jurídicas, pero también políticas, en libertad de prensa, cultura comparada y francófona en Montreal. Te convertirás en un activista comprometido con la justicia, la reparación y la dignidad de las víctimas. Y el destino, en uno de sus giros inesperados, te llevará a ser embajador en Canadá.

Recordarás entonces a aquel gurú—en una visita de trabajo a la India—que te dirá después de verte jugar y cargar unos niños frente a su templo: “Ud. es un hombre de buen corazón, será embajador del dolor y del sufrimiento de su pueblo. Su espíritu es su mayor fortuna y su ejemplo de vida, una epopeya viva”.

Comprenderás que hay intuiciones que preceden a los hechos. Que la Casa OM habita en ti. Que escuchar las voces mansas son un nido de afecto que nutre tus ideales y alimenta tus sueños. Voces como la de niños ingenuos que esbozan nubes y tardes perfumadas; que son vientos y tempestades que preceden la libertad. Regresarás a la India a agradecer aquella premonición. Y esa búsqueda del camino de regreso a casa la harás acuñando el verso ideal de prosas mudas.

Mamá y papá, digna representación de esa prosapia buena y mestiza, siempre estarán contigo. La nobleza de nuestro padre, la bondad infinita de nuestra madre, la rectitud de tu suegro y otro padre, Leopoldo, la alegría luminosa de Mencha; la solidaridad de tus hermanos y cuñados, de tus amigos y vecinos, serán tu raíz, tu norte, tu sostén, tu compromiso. Y encontrarás el camino.

Ahora, desde esta edad en la que la vida se contempla más de lo que se persigue, te digo: has sido feliz, por lo que tratarás de seguir siéndolo. Incluso cuando no lo sabías. Incluso cuando dolía. Porque la vida, aun en la adversidad, te concedió belleza. Hubo noches sin luna, sí. Pero también habrá jardines inesperados y dulces desenlaces a amargas dificultades. De las rosas con espinas brotarán aromas de vainilla y almizcle. Naranjales escondidos detrás de los abedules.

*Nunca dejarás de compartir esos aromas, esas sombras, esos pétalos. Porque detrás de todo eso, Nano… siempre estará ese perfume limpio, dulce y envolvente llamado Venezuela. Ese país que te formó, que te dolió, que te expulsó y que te sigue llamando. Ese país por el que sigues luchando, desde donde estés, con la convicción intacta de que la libertad siempre encuentra su camino.

Por eso te escribo. Para que, cuando mires hacia adelante, sepas que cada paso, incluso el más incierto, tendrá sentido. No retrocedas, no mires atrás. Las horas de trasnocho, los grandes desalientos, incluso las decepciones, serán compensadas y, como te gustará decir, redimidas. Será tan profundo el sello de tu pensar, que aun siendo la memoria esclava de tu peregrinar, formarás olas de ilusión que disiparán tu soledad y te llevarán a castillos que no serán de hielo ni de arena, sino de un templo de amor, justicia y libertad. Y resurgirá la hermandad en tierra de gracia…

Pronto nos encontraremos tú y yo. Tu pasado, tu presente y tu futuro. Y cuando ese instante llegue, sabrás —sin dudas— que fuiste fiel a ti mismo. Con memoria, con gratitud y con esperanza. Y serás bienvenido a la tierra generosa pero herida a la vez, que te abrirá los brazos como tú a ella, para reír y llorar en medio de rayos amarillos de sol y luna, en un regio atardecer o en un amanecer, en las cumbres del Ávila.

El regreso a casa llegará. Y verás a tus nietos crecer en tierra de gracia, la tierra amante que te vio nacer.

Y ahora, querido yo, me despido. Es hora de ir a dormir…

Como de costumbre, sabes que soñamos despiertos, que la espalda te pide reposo y que intuimos lo que viene porque nos llega con facilidad el aroma de la flor vieja, la lavanda del alhelí que fluye dentro de mí, dentro de ti, como laberinto, como astro loco, con un ansia tan feroz, que impide [e impedirá] que se te escape la vida, que se nos escape la alegría, que se te escape Venezuela…

Seguirás con dolores de espalda, pero no de quietud. Y a la par de lanzar sueños—os recomiendo—ve de cuando en vez al diamante de arena y cal, y lanza unas pelotas. Te avivará el brazo pero también el alma, al hacerlo libremente sabre la misma tierra que te vio nacer.

Te veo pronto en casa.

Con sentido y eterno afecto: tú.

@ovierablanco

[email protected]

Abogado. Ex embajador de Venezuela en Canadá.

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar