El inefable Barclays era famoso por sus entrevistas a grandes artistas, emitidas por la televisión. Con apenas diecinueve años, entrevistó a Borges en una confitería del centro de Buenos Aires, a Sábato en su casa de Santos Lugares, a Vargas Llosa subyugado por el poder en Lima, a Bryce Echenique ebrio, risueño y chispeante, y a Cela cascarrabias, gruñón.

En aquel momento, Barclays no sabía que estaba condenado a ser un escritor y que el arte de la entrevista o la conversación era una manera de asistir a clases con los grandes maestros.

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García Márquez no quiso darle una entrevista (“la cámara te roba el alma, te deja desalmado”), pero sí le concedió dos horas de su tiempo y lo recibió para charlar sin cámaras en la mansión de un colombiano muy rico, en las afueras de Washington DC.

Bolaño, su amigo, no le concedió una entrevista, aunque Barclays tampoco se la pidió, le pareció grosero o indelicado pedírsela. Hicieron dos presentaciones de libros en Barcelona que, en cierto modo, fueron como entrevistas, Bolaño preguntando, Barclays respondiendo.

Por el programa de Barclays pasaron escritores de la talla de Jorge Edwards, fantástico conversador; Tomás Eloy Martínez, dos años antes de que su esposa Susana fuese atropellada (“estaba con Gabo en una librería en París y compramos tu novela No se lo digas a nadie y Gabo quedó fascinado con tus diálogos”); Álvaro Mutis, íntimo amigo de Gabo, alto y noble como un árbol; Antonio Muñoz Molina, que no quitaba el cuerpo a los asuntos espinosos de la política; Sergio Pitol, que hablaba tan bajito que no se le escuchaba y parecía que estuviese confesándose ante un cura improbable, el concupiscente Barclays; y Alberto Fuguet, que había visto todas las películas, absolutamente todas, y las recordaba con una memoria elefantiásica, como Cabrera Infante, y le preguntó a Barclays fuera de cámaras, durante una pausa comercial: “¿tus dos hijas fueron planeadas o accidentales?”.

Cuando Barclays ya era famoso, una fama que había buscado con sospechoso denuedo, con descarada porfía, como si estuviese convencido de que había nacido para ser famoso, como si la vida fuese necesariamente mejor siendo famoso, pudo entrevistar, entre otros, a tres artistas que recién comenzaban sus carreras y acaso eran menos famosos que él: Shakira, la colombiana, el pelo negro, los ojos vivaces, que había contratado un profesor de inglés y soñaba conquistar el mundo cantando en inglés, de quien Barclays se enamoró perdidamente, hasta el fin de los tiempos, y a la que acabó besando en un avión decrépito sobre las Bahamas; Enrique Iglesias, el español, el hijo del mito, que lanzaba su primer disco y había firmado un contrato con una disquera mexicana ocultando su identidad, para no sacar ventaja del apellido, quien demostró ser un lince para la conversación, rapidísimo y astuto en las respuestas (“cuando yo hablo, ¿tú me estás escuchando o estás pensando en tu próxima pregunta?”), guapo y seductor aunque con aire distraído, como si lo supiera y no quisiera poner demasiado énfasis en ello, tal vez para diferenciarse de su padre, tan obsesionado con salir guapo siempre, en cada pose o postura; y Ricky Martin, el boricua, todavía en el armario, todavía muy replegado y desconfiado y midiendo cada palabra como si caminase sobre un campo minado, el pelo muy largo que le era reacomodado por un peluquero solícito en cada pausa publicitaria, una cierta renuencia a hablar de la vida privada, del amor, de los sentimientos, del deseo, que Barclays supo comprender.

En sus años de esplendor, Barclays entrevistó a Raphael, que le pareció inteligentísimo, un mago de la conversación, y que, además de amarse a sí mismo con desmesura, tuvo ojos para amar secundariamente la hospitalidad de su interlocutor, que lo miraba con sus ojos levemente achinados, protegidos por un flequillo que parecía una palmera; a Luis Miguel, que no condescendió a visitar el plató y lo recibió en su suite principesca, todos los ambientes oliendo fuertemente a perfumes, el divo respondiendo como un robot o un autómata, de memoria, del disco duro que tenía en la cabeza, pero al mismo tiempo ausente, o distante, o ensimismado; a Silvio Rodríguez, quien, pese a ser comunista o simularlo, no obstante ser un declarado admirador de la dictadura de La Habana, consiguió hilvanar una charla sosegada y artística con Barclays, eludiendo ambos deliberadamente los odiosos asuntos políticos, perdonándose el hecho no menor de ser adversarios políticos enconados e irreconciliables; a Camilo Sesto, cuyas canciones desgarradas Barclays había oído de niño, entrando en los cuartos de los empleados del servicio doméstico de la casa de sus padres, la cocinera, el jardinero, el ama de llaves, quienes adoraban a Camilo y tenían afiches de Camilo vestido de rojo en sus cuartos; y al Puma José Luis Rodríguez, que tenía un pelo esponjoso e inflado como un suflé de calabazas y se ponía serio cuando hablaba de política y bromista cuando hablaba de todo lo demás, y no ocultaba una cierta inquietante tentación por ser presidente de su país.

Barclays había aprendido de su amigo Bolaño que convenía desconfiar de los artistas que se dejaban seducir e hipnotizar por el poder, de los escritores que soñaban con ser ministros, senadores o presidentes, de los cantantes que se alistaban para presentarse en las próximas elecciones presidenciales y arrasar en ellas con un aluvión de votos. Bolaño creía que el artista debía desconfiar del poder, alejarse del poder, repudiar toda forma de poder: aquella distancia profiláctica del poder lo salvaría de envenenarse de codicia, ambición y vanidad. Bolaño deploraba sabiamente el modelo García Márquez, amigo y servidor del dictador cubano, defensor de una satrapía tan cruel como la cubana, lo mismo que condenaba el modelo Vargas Llosa, tan encandilado por el poder que terminaba siendo candidato a primer ministro o presidente de la nación. No había que cultivar la amistad de reyes, dictadores ni presidentes; no había que mendigar un ministerio de cultura ni una embajada ni un cargo como agregado cultural (“el agregado cultural tiene más de agregado que de cultural”, decía Octavio Paz). Al contrario, el artista, el escritor, debía practicar una cierta austeridad, un cierto ascetismo, una consistente renuencia a trepar por la escalera del poder.

Todas esas entrevistas a artistas famosos fueron tan solo un entrenamiento o un ensayo para lo que vino después: entrevistar al músico argentino Charly García, tanto en Miami como en Buenos Aires; al incombustible artista argentino-español Andrés Calamaro; y al pirata de mares procelosos y seductor serial, Joaquín Sabina, quienes se rebajaron o se arriesgaron a visitar el plató de Barclays y conversar una hora en vivo, sin afeites ni trucos de edición, en toda su espléndida y miserable humanidad.

Barclays había crecido escuchando las canciones contestatarias de Charly García. Se había hecho adicto a la marihuana y la cocaína escuchando a Charly García. Se había enamorado de Daniela y de la prima de Daniela, Adriana, y las había amado a ambas al mismo tiempo, escuchando los tres a Charly García, volados los tres con Charly García. Ahora tenía enfrente a Charly, quien, antes de comenzar la entrevista, le dijo que veía siempre su programa, que no se lo perdía: podía ser verdad, podía no serlo, podía ser tan solo una exquisita muestra de cortesía del músico, pero a no dudarlo Barclays se emocionó cuando uno de los héroes de su juventud le dijo que no se perdía el programa. Luego se habló de todo lo que tenía que hablarse y Barclays se llevó la impresión de que Charly era un aristócrata de la cultura: aunque lucía desastrado y desastroso, era increíblemente exquisito y refinado, un príncipe que vestía andrajos. Sin embargo, ocurrió un incidente memorable, que Barclays no olvidaría: de pronto, en medio de la entrevista, hablando sin atropellarse, Charly reacomodó sus magros huesos y sus nervios estragados, cruzó las piernas esmirriadas y soltó una ráfaga estrepitosa de ventosidades, una larga flatulencia que estalló como seis u ocho granadas y se oyó como el fragor metálico de una guerra de guerrillas. Barclays no supo qué hacer, cómo diablos reaccionar. ¿Había escuchado el televidente, el espectador promedio, lo que él acababa de escuchar? ¿Debía hacer una alusión a los vientos innobles que Charly había expelido? ¿Debía simular que nada había pasado? En efecto, Charly siguió hablando como si nada hubiese pasado, pero nunca en la carrera como entrevistador de Barclays alguien lo había emboscado con gases hediondos, inopinados, sibilinos. Barclays sonrió como un gato y pensó: los argentinos suelen decir “lo que me cante el orto”: pues el orto bendito de Charly acaba de cantar su versión pedregosa y desafinada de Demoliendo hoteles.

Calamaro llegó tarde al estudio, pero no llevaba prisa. El vuelo desde Madrid hasta Miami había aterrizado pocas horas antes. Previsiblemente, estaba entonado, o elevado, o mejorado: “yo solo vuelo en Iberia porque me dejan fumar en el baño”. En la sala del directorio del canal, solos Calamaro y Barclays, el músico sacó un porro, lo encendió sin pedir permiso ni disculpas y tuvo a bien compartirlo con el periodista. Minutos después, Barclays maquillado, Calamaro sin polvos ni cremas, salían en vivo para toda América. Barclays se sentía tan gozosamente relajado y despistado que se preguntaba: ¿qué carajos hemos fumado? Calamaro respondía con monosílabos, o con tres o cuatro palabras como mucho, y en las pausas comerciales pedía un whisky, no se contentaba con el agua mineral. Hubo que asaltar el bar del jefe del canal para sacar una botella de whisky y complacer a Calamaro, quien respondía desganada y perezosamente a las preguntas más o menos babosas de Barclays. No debimos fumar, pensaba Barclays. Luego le preguntaba a Calamaro: ¿en qué estás pensando ahora mismo, cuando te hago esta pregunta? Calamaro respondía con honestidad brutal: “en comer una pizza, unas empanadas, o tal vez mejor un sushi”. En las pausas comerciales, Calamaro se dirigía al baño sin quitarse el micrófono, hacía algo placentero e indebido que quizás se escuchaba en el control maestro y volvía a sentarse oliendo a cosas raras que lo hacían volar por encima o por debajo de la entrevista, en una frecuencia que Barclays no conseguía sintonizar. Terminada la entrevista, ya fuera de cámaras, Calamaro dijo que había leído la novela La noche es virgen y le había gustado mucho. Lástima que no lo dijo al aire, pensó Barclays. Tiempo después, se encontraron en el restaurante Nueve Reinas de Barcelona y Calamaro se robó a la chica que estaba con Barclays, una diseñadora de modas argentina-austríaca, muy talentosa, llamada María Schwalb, quien comprensiblemente renunció a la modorra de Barclays para abrazar el riesgo de Calamaro. No por eso Barclays le guardó rencor ni dejó de amarla hasta el fin de los tiempos.

Joaquín Sabina fue probablemente el mejor de todos los artistas que Barclays tuvo la fortuna de entrevistar. Como Dylan, como Springsteen, como Cohen, como Serrat, el corsario Sabina era mucho más que un cantante: era principalmente un escritor, un poeta, un cazador de palabras inasibles como mariposas, un contador de historias de bares, cantinas, meretricios y otros antros de lupanar. Sabina dominaba a la perfección el arte de la conversación: lejos de pontificar, se replegaba en la humildad; no perseguía la verdad, sino una buena historia; no le interesaba el mundo envarado del poder, sino el submundo vicioso de la noche más canalla; no era amigo de reyes, dictadores ni presidentes, sino de putas, borrachos, mendigos y adictos; no trepaba por la escalera del poder, sino descendía por las alcantarillas de la miseria humana; sabía, como sabía Bolaño, que el artista debía ser austero, franciscano, y que el lujo y la opulencia lo lastraban, no lo enriquecían. Por eso, cuando Barclays le dijo “qué reloj tan bonito tienes”, Sabina se quitó el reloj y se lo regaló sin dudarlo. En su testamento, Barclays dejó escrito que deberá ser sepultado con ese reloj. Al día siguiente de la entrevista, masivamente alcoholizados, Sabina y Barclays, sujetados por dos instructores separadamente, se echaron a volar en parapente sobre las playas de la Costa Verde, los acantilados de Miraflores y el mar Pacífico, y entonces, volando al lado del pirata Sabina, oyendo el eco formidable de sus risas que se oían en todas las playas y las casas de Miraflores, Barclays comprendió que ser gaseado por Charly García, fumar a hurtadillas con Calamaro y volar en parapente con Sabina podían constituir toda una educación sentimental, una educación superior a la que, cínico, holgazán, no quiso recibir de ninguna universidad.

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