domingo 15  de  enero 2023
OPINIÓN

Vargas Llosa y sus dos mujeres

Bocanadas de realismo y ficción que toman forma gracias al arte de la escritura y la imaginación

Diario las Américas | JAIME BAYLY
Por JAIME BAYLY

El escritor Barclays y el conspirador político Álvaro Vargas Llosa se encuentran en un restaurante. Se ven a la distancia con frialdad o con desdén o con rencor. No se saludan. ¿Por qué no se saludan, si fueron grandes amigos? Porque hace quince años dejaron de ser amigos. ¿Por qué dejaron de ser amigos? Como ya no tiene amigos, Barclays piensa:

-Seguramente yo tuve la culpa, yo me porté mal, yo lo decepcioné.

Pero han pasado muchos años y ya no recuerda bien qué circunstancias ínfimas, miserables, desgraciadas, corrompieron aquella amistad. Ahora son enemigos. Se han encontrado en un restaurante y no han sido capaces de darse la mano, de sepultar las rencillas o los enconos que los enemistaron, de restaurar una amistad que las deslealtades, los celos, los malentendidos y los egos han destruido. Últimamente, sido Álvaro, el hijo mayor del ilustre escritor, quien ha atacado a Barclays. En declaraciones a la prensa, ha dicho:

-Yo a Barclays le he perdido el respeto.

¿Por qué le ha perdido el respeto? Barclays supone que Álvaro le ha perdido el respeto por las peores razones, es decir por razones políticas. No es que ambos piensen políticamente cosas opuestas, reñidas, incompatibles. De hecho, ambos se han declarado liberales hace muchos años, antes de que estuviera de moda hacerlo. Entonces, si piensan políticamente de un modo tan parecido, ¿por qué se han peleado por razones políticas? Porque Álvaro Vargas Llosa ha apoyado a ciertas candidaturas políticas que Barclays ha atacado y porque Barclays ha apoyado a ciertas candidaturas políticas que Álvaro Vargas Llosa ha atacado. ¿De qué candidaturas estamos hablando? ¿De líderes españoles, argentinos, mexicanos, chilenos? No. ¿De cierto caudillo populista norteamericano? Tampoco. Se han peleado por tales o cuales candidatos peruanos, unos de izquierdas, otros de derechas, todos deplorables, impresentables, todos sospechosos de bribones, facinerosos, ladronzuelos. Barclays piensa entonces:

-Es una pena cuando dos amigos se pelean por razones políticas.

Barclays y Álvaro Vargas Llosa se hicieron amigos hace cuarenta años: entonces Barclays era periodista precoz de un diario de derechas conservadoras, La Prensa de Lima, donde publicaba una columna cáustica y pendenciera, Banderillas, y Vargas Llosa había abandonado sus estudios en la universidad de Princeton, se había mudado a Lima y había sido fichado como editorialista de ese diario.

-Álvaro está en la mesa redonda con dos mujeres -le dice Barclays a su esposa, en el restaurante, después de cruzar miradas con su examigo-. Mejor cambiamos de sitio, porque no quiero verlo.

Mientras Álvaro Vargas Llosa habla a gritos, apasionadamente, una voz algo chillona y autoritaria que se distingue sobre los murmullos comedidos de los comensales, Barclays se pone de pie, cambia de sitio y se sienta de espaldas a quien fue su amigo. ¿Qué ha hecho Barclays para que Vargas Llosa no lo respete más y hasta lo desprecie? ¿Y Barclays respeta todavía a Vargas Llosa? Sí, lo respeta. No es su amigo, no quiere hablar con él, pero lo respeta. ¿Por qué lo respeta? Porque se ha enamorado de una mujer muy guapa, libanesa, que lo acompaña aquella noche en el restaurante. Porque habla un inglés perfecto, sin acento: ya quisiera Barclays hablar tan buen inglés. Porque no se sabe bien en qué trabaja, pero se da la gran vida. Porque es inteligente y combativo y por lo general defiende ideas inteligentes con espíritu combativo.

-Qué pesado, Álvaro -le dice Barclays a su esposa, en voz bajita, conspirativa-. Qué manera de hablar a gritos.

Fueron grandes amigos cuando el padre de Álvaro fue candidato presidencial. Siguieron siendo grandes amigos después de que el padre de Álvaro perdiera las elecciones. Fueron amigos y vecinos durante años en Miami cuando Álvaro estaba casado con Susana y Barclays con Casandra. Fueron tan amigos que Barclays le cedió un programa de televisión a Álvaro cuando este se quedó sin trabajo. Tan amigos que Álvaro le presentó a Barclays una novela, La noche es virgen, en Barcelona, ocasión en la que dijo:

-Barclays es un impostor, un simulador: nadie sabe bien quién es y él tampoco lo sabe.

Aquella amistad que parecía incorruptible se robusteció cuando Álvaro, fiel a su vocación política, se volcó a apoyar a cierto candidato presidencial al que Barclays, desde la televisión, también respaldaba. Ese candidato, ahora perseguido por la justicia, acusado de ser un gran ladrón, le había prometido a Álvaro Vargas Llosa nombrarlo canciller, ministro de exteriores. Cuando Barclays denunció en la televisión que ese candidato con aires de rufián se negaba a reconocer a su hija biológica de catorce años, y entrevistó a la niña y a su madre, y anunció que dejaba de apoyar a ese candidato acanallado, Álvaro Vargas Llosa, desafiando a su padre, Mario, el ilustre escritor, hizo algo notable, que muy pocos conspiradores políticos harían: en vísperas de ganar las elecciones, de llegar al poder, de ser ministro de exteriores o de lo que le viniera en gana, mandó al carajo a su líder, denunció en el programa de Barclays las trapacerías, los embustes y las corruptelas de su líder y le retiró su apoyo. Debido a ello, Álvaro se peleó con su padre, Mario: dejaron de verse y hablarse dos años, Álvaro se refugió en Oakland, California, y los adulones y escuderos del presidente rufián, al que Mario seguía apoyando, lo enjuiciaron y trataron de meterlo en un calabozo. No era la primera vez que padre e hijo peleaban: se habían enfrentado cuando Álvaro abandonó sus estudios en Princeton y Mario lo echó de la casa familiar en Lima.

-¿Te parece que debería acercarme a su mesa y saludarlo? -le pregunta Barclays a su esposa.

-No -responde ella-. Te arriesgas a que no te salude, a que te haga un desaire.

Triste y pensativo, Barclays dice:

-Los amigos, si de verdad son amigos, no están para respetarse por razones éticas, sino para quererse aun si uno de ellos deja de ser respetable. A los amigos uno los quiere no por sus virtudes, sino sobre todo por sus defectos.

Pero de inmediato piensa:

-Si yo fuera un buen amigo, tendría amigos. Si he perdido a todos mis amigos, es porque soy un mal amigo, un pésimo amigo.

No sólo se parecen Barclays y Vargas Llosa en sus ideas liberales: también porque ambos son individualistas en grado sumo, egoístas sin culpa. Como son tan egoístas y están embriagados de ser ellos mismos, ninguno parece dispuesto a dejar el ego de lado, tener un momento de humildad y saludar al otro. No: es el ego el que prevalece, los distancia y dicta el rencor.

Barclays cree, sin estar seguro, que se pelearon al año siguiente de que fueron vecinos en Georgetown, Washington. Entonces Álvaro Vargas Llosa había comprado una casa en ese barrio, vivía con Susana y sus dos hijos, era corresponsal de un diario chileno y viajaba dando conferencias y presentando libros. Barclays era profesor de literatura de la universidad de Georgetown. Salían a cenar juntos, iban al cine los fines de semana, Álvaro le decía a menudo:

-Me gustaría ir a una de tus clases y sentarme atrás como un alumno, sin molestar a nadie.

Pero Barclays temía defraudarlo y por eso no lo invitó a presenciar una de sus clases.

Al año siguiente, se encontraron en Guadalajara, México, con ocasión de una feria del libro: aquella fue la última vez que se saludaron. Salieron a cenar, asistieron a una obra teatral que protagonizó el padre de Álvaro. Pero, unos meses después, Barclays firmó un contrato de televisión con el dueño de un canal que era enemigo de Álvaro Vargas Llosa: no lo hizo para fastidiar o mortificar a su amigo, lo hizo porque las circunstancias eran propicias. El programa tuvo éxito, duró cinco años. ¿Esa fue la razón por la que dejaron de hablarse? ¿Álvaro no le perdonó que trabajara para uno de sus peores enemigos, lo consideró una deslealtad o una traición? ¿Por eso se negó a asistir a dicho programa cuando Barclays lo invitó? ¿No podía ser enemigo del dueño del canal, pero amigo de Barclays?

-Es increíble -le dice Barclays a su esposa-. Fuimos tan amigos: yo dormí muchas veces en su apartamento en Madrid, él vino a dormir a mi hotel en Lima cuando se peleó con su padre, y ahora somos enemigos.

Como Álvaro Vargas Llosa no condescendía a visitar el programa de Barclays, y como ya no le respondía los correos ni las llamadas, entonces Barclays, una noche en Bogotá, intoxicado, anonadado de sicotrópicos, escribió una columna contra él, llamándolo “cabrón de mala entraña”, “mal bicho”, “culebra escamosa” y, por si fuera poco, diciendo:

-Con su cara de intelectual sabihondo y estreñido, se ha nombrado presidente moral del mundo y dalái lama del liberalismo global.

Podría decirse entonces, con la prolija minuciosidad del arqueólogo que desentierra unos huesos y calcula su antigüedad, que la amistad quedó sepultada cuando Álvaro cortó todo diálogo con su amigo debido a que este trabajaba para uno de sus enemigos y, acto seguido, Barclays lo insultó por periódico.

¿Debió Vargas Llosa dejarse entrevistar por su amigo en el canal de su enemigo? Hubiera sido un gesto noble, pero prevaleció su egoísmo. ¿Debió responder los correos de su amigo? Acaso habría salvo la relación fraterna. ¿Debió Barclays encajar el golpe en su orgullo sin pasar a insultarlo por periódico? Hubiera sido lo ideal, pero se dejó intoxicar por la vanidad y el rencor.

-Ya se van -le dice a Barclays su esposa, y Álvaro Vargas Llosa con sus dos mujeres se retiran del restaurante, Barclays mirándolos por el rabillo del ojo, de soslayo.

Luego regresa a solas Vargas Llosa y Barclays piensa que viene a saludarlo o a darle una trompada, pero recoge un celular que había olvidado y se marcha, presuroso.

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