¡Eddyyy!...
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
¡Eddyyy!...
Gritaban cada una de las muchachas cuando terminaban con sus clientes
De inmediato, y respetando el orden de los cartoncitos enumerados que antes había repartido, Eddy autorizaba a las personas que esperan en las sillas del centro para que ocupen el puesto ante la mesita de la empleada que quedó vacante.
El lugar había sido una agencia bancaria, quizás el último banco de la calle ocho antes de llegar al casino de los Miccosukee, eso explica el enorme salón con que cuenta en su interior.
Pero no tiene cubículos: las mesas están organizadas en L, demasiado cerca una de las otras, bordeando las paredes del fondo.
En el centro hay cuatro hileras de sillas donde los clientes deben esperar su turno.
Eddy es una especie de organizador y jefe de seguridad: controla la entrada al lugar, impide que pasen con carritos de supermercado, obliga a las personas a dejar los paquetes al lado de la puerta antes de ocupar las sillas de espera. Luego vigila que se respeten los turnos y, finalmente, recoge los cartoncitos cuando las personas consiguen sentarse ante la trabajadora que procesará sus paquetes para el envío a Cuba.
“Entre tres y cinco días si es por avión y con destino a La Habana,” le dice la trabajadora a María Elena, “la entrega es de más de un mes si te decides mandarlo por barco, pero sale más barato”, aclara la empleada al mismo tiempo que mete hasta donde puede su mano derecha por la manga izquierda de su blusa y se rasca en profusión, “dos ochenta y cinco la libra de misceláneas, y te ponemos la caja”, explica mientras con el pulgar frota las yemas de los cuatro dedos que empleó en restregarse el sobaco, es la misma mano con que alcanza el lapicero a María Elena para que complete el formulario.
Todas las trabajadoras hablan en voz alta, así escuchas la discusión con el hombre de al lado que insiste en mandar una concretera desarmada en un enorme cajón, “déjame consultarlo con el centro de procesamiento mijo, que esto es algo nuevo”, dice a voz en cuello la mujer mientras el cliente repite, a gritos también, que el peso es noventa y cinco libras, no noventa y siete como reporta la pesa del lugar y que todas las piezas están desarmadas y aseguradas dentro del cajón, que no hay peligro de que se desparramen durante el traslado.
“¡Sí se puede!”, anuncia eufórica y teléfono en mano la mujer, “pero prepárate a pagar”, le advierte al contrariado dueño de la concretera, contagiando a varios de los clientes con su risa.
“Eddy, hazme el favor, pasa adelante al matrimonio con la niña autista”, el reclamo de la encargada del lugar parece más un intento por salir de los gritos descontrolados de la muchachita que acaba de llegar y que para ponerse a tono repite tan alto como puede “Eddy... Eddy... Eddy” sin parar.
El vigilante promete que verá lo que puede hacer porque ya los cartones fueron repartidos y tiene miedo de que se le arme un conato, “ellos siempre la traen, lo hacen a propósito, para evitar la fila, saben que los vamos a colar”, dice Eddy por lo bajo.
La mujer que atiende a María Elena le ha puesto cara de horror y muchos voltean la cabeza cuando le increpa, “¿solo esta bolsita?, ¿más nada?”. La miran como un rara avis, una especie de tacaña que no considera a los suyos allá en la isla, “mira que hay rebajas por el día de los padres” le insiste la mujer.
María Elena se deshace en explicaciones sobre envíos anteriores y que son las vitaminas que su tío necesita para ahora mismo, algo urgente. Ella misma se sorprende hablando en voz alta, para que todos le escuchen, como necesitada de dar justificaciones.
“Hay miedo”, le había confesado el hombre que se sentó a su lado en las sillas de espera, “por eso somos tantos hoy”, María Elena asiente, el salón está lleno y afuera hay toda una fila, al estilo cubano, esperando a que Eddy los deje pasar.
El hombre le aclara que está mandando una lavadora y que temía ser el paquete más grande, pero por suerte está el tipo de la concretera portátil que le supera en peso y tamaño, “¿para qué querrán eso en Cuba?, le comenta, “¿espero que no sea para Pinar del Rio?” dice y se sonríe de su broma.
María Elena deja de prestarle atención mientras el tipo le cuenta de una hija recién parida y de la rebaja que va a reclamar por una secadora que antes envío y que llegó abollada.
“Trump no va a cerrar nada”, le explica Eddy a una jovencita de enormes espejuelos, “aquí todo está en orden, con permisos y licencias de gobierno, a los que cierran son ilegales”.
La muchacha insiste en que se vienen tiempos difíciles y que ya sabe de otros negocios que desistieron de seguir en el mercado, que por eso se apuran en venir.
Eddy niega con la cabeza, a María Elena se le antoja que el tipo tuvo que ser militar en Cuba, se comporta con la prepotencia típica de quienes alguna vez llevaron uniforme.
Le recuerda a cierto parqueador en una paladar de La Habana que presumía de haber sido teniente coronel de los radares antes de jubilarse y vigilar el estacionamiento.
“Luis no vengas, que esto es chiquito” dice la empleada frenando en seco al trabajador de la carretilla, responsable de llevar los paquetes desde el salón a la que fuera la bóveda del banco y hoy transformado en el almacén de tránsito.
En su retirada Luis se detiene frente las cajas de la concretera y la lavadora, se voltea y le advierte a Eddy que le tiene que ayudar, pero Eddy se escabulle por el momento, “esto está de locos hoy, tengo mucho personal esperando allá afuera, no puedo dejar solo el salón”.
Por fin María Elena termina, llegó a la una y se va pasada las cuatro de la tarde, va haciendo cuentas de cómo dividir entre hermanas y primos el costo del envío de las vitaminas y además se jura que es la última vez, que en lo adelante le toca a otro miembro de la familia dispararse el trámite.
Eddy se pone socarrón y la despide en la puerta, “vuelva pronto, aquí la esperamos y la próxima vez a ver si la invito a un café”.
Ella misma se asombra cuando le contesta: “no jodas, te aseguro que más nunca me ves la cara”.
Dice que solo le faltó meterse la mano por la manga contraria y rascarse, hasta saciarse. Mientras el supuesto militar retirado se quedaba boquiabierto, mirándola como se alejaba por el estacionamiento.
