Las habilidades boxísticas de Yordenis Ugás son admirables. Evidenciando una preclara maestría deportiva, derrotó, sin visos de duda, a Manny Pacquiao: el mito del pugilismo, el fantasma al que todos desean enfrentar, aunque sobrepase los 40 años.
Las habilidades boxísticas de Yordenis Ugás son admirables. Evidenciando una preclara maestría deportiva, derrotó, sin visos de duda, a Manny Pacquiao: el mito del pugilismo, el fantasma al que todos desean enfrentar, aunque sobrepase los 40 años.
Inigualable fue la demostración de Ugás. Inscribiéndose en la historia como campeón mundial peso welter de la Asociación Mundial de Boxeo, AMB, medio siglo después de otro cubano, José Mantequilla Nápoles (1975). Este sábado, 21 de agosto, salió del camerino acompañado por los acordes de “Patria y Vida”, una rítmica que impuso a jab de derecha y ganchos al estómago del filipino, en la que fue considerada una “pelea del adiós”, aseveración ripostada por Pacquiao: "¿Mi último baile? Nunca se sabe…”.
Cuando escucho esta simbiosis baile – boxeo, y rememoro los movimientos de Ugás sobre el ring, pienso en los aportes de los esclavos azucareros a la excelencia de ese deporte en Cuba, derivados de una de las danzas simbólicas de la religión Bantú: el “maní”, que, adscribiéndonos a los tipificados como ciclos folklóricos de los bantúes o congos, sobresale con el palo, la makuta y el garabato.
En “Los Bailes y el teatro de los negros en el folklor de Cuba” (1951), Fernando Ortiz, subraya: “El juego del maní consiste fundamentalmente en un pugilato, durante el cual un jugador que está bailando trata de abatir con un fuerte golpe a puño cerrado a uno o varios practicantes que están a la defensiva, formando un corro -círculo, la acotación es mía - a su alrededor. Un viejo moreno nos informó que algunos maniseros se ataban la mano izquierda a la espalda para luchar con su diestra, pero no parece que esto sea lo usual. El baile y juego del maní era de hombres solos; pero se cuentan algunos casos de mujeres marimachos que gustaban de participar en el juego y daban buenos trompones. Los maniseros iban descalzos, desnudos de la cintura para arriba y con calzones cortos o subidos a la rodilla; sin armas, insignias ni otro adorno que algún pañuelo de colores colgando de un ancho cinturón de cuero que les protegía el vientre”.
El auge del maní fue tal que, aun en los años treinta del pasado siglo, las comunidades negras de los Pocitos, en Marianao, la Habana, continuaron su práctica. Al diseccionar el ritual, descubrimos que muchas de sus reglas son cercanas al boxeo moderno. En el maní se prohibían los golpes en zonas vulnerables, desde la cintura hacia abajo, o el uso de los codos y las piernas. Estos golpes eran definidos como fulastrerías y los infractores eran sometidos a severas sanciones.
Las competiciones a mano limpia, con muñequeras, o hasta untados de grasa -amortiguaba los golpes - presupone que las heridas podían ser mortales. Llegándose a utilizar mezclas de orine con aguardiente, a lo que se sumaba el escupitajo de una mascada de tabaco, como ungüento para paliar el dolor o detener las hemorragias. Cuando uno de los maniseros era fuertemente golpeado, se introducía en una especie de batea diseñada para la ocasión, o cuando moría, no se suspendía la puja, sólo se separaba su cuerpo del grupo, movidos por la idea de que la muerte entre los bantúes se interpreta como un apagón, ku-fwa, por lo tanto, no se asume como una privación de la vida, sino como su continuidad espacio-temporal.
Las diferencias existentes entre miembros de un mismo grupo o de diversos, en ocasiones de dimensiones conflictuales, puede haber reforzado el carácter encarnizado de aquel baile - práctica, donde los enfrentamientos se organizaban por equipos e incluían diversos maniseros. Las apuestas iban a manos del jefe del cabildo o alguno de los viejos que ejercía liderazgo en el grupo reunido. Los campeones entonaban sus cantos antes de iniciar el pugilato y, en ellos, narraban sus historias épicas, acompañados por el ritmo de los tambores yuca y del agogó o guataca percutida.
La rítmica del baile y los golpes eran apoyados por los percutores. A través del toque les imprimían firmeza o testimoniaban su fortaleza. Quienes erraban siguiendo el ritmo, abandonaban la posición de tocadores para sumarse al pugilato. Eran usuales los enfrentamientos entre diversos ingenios. Pujas promovidas por los propios dueños, quienes elevaban las apuestas a niveles jugosos. No faltaron esclavos que, a través del maní, compraron su propia libertad.
En la práctica del maní los trinitarios eran temidos. La figura de la negra Martina fue famosa como líder de un reconocido grupo de maniseros. En zonas cubanas como Aguacate, Canasí y Caraballo, se asegura que los pugilistas eran muy diestros. Uno de ellos, Indalecio Esponda, era considerado como uno de los más avezados practicantes. Si la fama del negro Indalecio lo convertía en una de la figuras más seguidas y admiradas, la baja reputación de José Sarría lo obligó a abandonar para siempre la práctica de esta especie de pugilato, al ser derribado por una mujer. El maní era cruel. Llegando los practicantes a sufrir tales magulladuras que se les imposibilitaba en muchas ocasiones asistir a los cortes de caña.
Aprender a danzar iba aparejado a luchar en muchas culturas africanas, sobre todo la bantú. Al analizar las manifestaciones de sus cantos y bailes, las expresiones conflictuales son recurrentes. Basta mencionar las fiestas, llamadas conguerías, donde se cantaban las puyas, plagadas de arrogancia, y que desencadenaban frecuentes disputas. Una de las más arraigadas en el acervo cultural cubano reza:
Gallo: Con qué gallina va a chapiar cantero.
Gallo: Con qué gallo no pone huevo.
Coro: Con qué gallina va a chapiar cantero con qué.
Coro: Con qué gallina va a chapiar cantero con qué.
La pelea de Yordenis Ugás, como en la práctica del maní, devino punto de concurrencia de una parte importante del pueblo cubano. Quienes no pudieron presenciarla, fueron partícipes de los comentarios en redes sociales, y no dudaron en premiar, al menos con un like y un comentario, a un hombre que defendió su legado boxístico, demostrando los visos artísticos de ese deporte, al derivar de una cultura donde surgieron figuras destacadas del pugilismo como Esteban Gallard, Evelio Celestino Mustelier, Diosdano Scull, Juan Carlos Gómez, José Gómez y Teófilo Stevenson, elevando la nación cubana a la gloria deportiva.

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