Esta vez me detengo en los horribles atentados terroristas del pasado 13 de noviembre en París para recordar lo ligado que ha estado el terrorismo al deporte, aun sin quererlo, sin buscarlo, sin ni siquiera tener una relación lejana.
El deporte también está en el centro de los ataques terroristas que afectaron París
Esta vez me detengo en los horribles atentados terroristas del pasado 13 de noviembre en París para recordar lo ligado que ha estado el terrorismo al deporte, aun sin quererlo, sin buscarlo, sin ni siquiera tener una relación lejana.
Según reportes de agencias policiales francesas, uno de los terroristas intentó entrar al partido que se estaba efectuando en la capital francesa entre Alemania y Francia para detonar los explosivos que llevaba pegados a su cuerpo, lo que hubiese sido una tragedia de proporciones mucho mayor que la ya conocemos.
El deporte no ha estado exento de eventos donde el terror lo ha tocado y, aunque ahora no ocurrió nada dentro del Estadio de Francia, el objetivo era golpear donde doliera más, ahí donde había miles de fans disfrutando de un partido amistoso entre dos de las mejores selecciones del mundo.
Recordamos las bombas caseras del maratón de Boston en el 2013 en el que murieron varias personas, muchas heridas y el trauma en la mente de los que estaban corriendo, mirando y hasta disfrutando de la carrera en el momento en que se detonaron los explosivos.
Más atrás, en los Juegos Olímpicos de 1996 de Atlanta, una bomba en una de las fiestas del evento dejó a una persona muerta y más de 100 heridas, provocando un impacto negativo en esos juegos que siempre son sinónimo de hermandad, competencia, amor y amistad entre los atletas y seguidores de muchos países.
En 1972, en las Olimpiadas de Múnich, un grupo terrorista palestino secuestró a unos atletas israelíes y la acción, combinada con un rescate fallido, le provocó la muerte a once atletas israelitas y a cinco miembros del comando terrorista.
Es cierto que ese espíritu olímpico siempre se ha pensado que es uno de hermandad entre tantos atletas de tan diferentes lugares y que cada cuatro años se encuentran para competir, pero también para compartir sus orígenes, cultura, costumbres y más. Sin embargo, el terrorismo ha decidido desde hace varias décadas golpear en la esencia del deporte, que como esfera pública tan destacada siempre está en la mira de millones de personas.
La tragedia de París nos recordó que ninguna esfera de la vida de Occidente está fuera de peligro y, es casi seguro, que de ahora en adelante los eventos deportivos tengan lugar bajo fuertes medidas de seguridad, como si estuviésemos en guerra en París, Madrid, Roma o Nueva York.
Esa es la nueva realidad que tenemos en estos días y a las que creo hay que acostumbrarse mientras siga habiendo deseos de hacer daño al corazón de Occidente, sus costumbres, modo de vida y todo lo que encierra la civilización occidental moderna.
El contexto deportivo es uno que ha cambiado mucho en los últimos años y no me queda ninguna duda que pronto para entrar a los estadios casi nos vamos a tener que desnudar para que la seguridad sea la mejor posible dentro del marco de la inseguridad creciente que vivimos día a día.
No creo que podamos evitarlo, ni incluso cuando lo queramos porque este nuevo escenario es el que se ha impuesto con los recientes acontecimientos que han colocado al deporte en la mira del terror.
Hay que acostumbrarse a llegar más temprano, no llevar nada al estadio, colas en lo que entramos y otro tipo de medidas que ayudan a las autoridades a evitar actos terroristas como los anteriormente nombrados y que se han instalado en nuestra vida diaria como una tableta o un teléfono inteligente.
La vida ha bajado de precio, no solo en el Medio Oriente o en los lugares donde hay conflictos armados, sino también en Europa y Estados Unidos, lugares que hasta hace poco tiempo los teníamos como seguros.
Desgraciadamente, hoy, la vida no vale nada, ni siquiera la que está ligada a los deportes.
