De las muchas cosas asombrosas de la actual temporada de las Grandes Ligas, el desempeño de los Cachorros de Chicago está de primero en la lista. Para este sábado 14 de mayo eran los únicos que no habían llegado a dos dígitos en la casilla de derrotas y fue apenas esta semana cuando sufrieron la primera derrota en una serie, ante los Padres de San Diego. De resto todo ha sido dominio. Eso ha incluido a equipos de la Liga Americana y a sus rivales de división, los Cardenales de San Luis y los Piratas de Pittsburgh, conjuntos que juegan a la pelota a las mil maravillas.
El ritmo de los Cachorros les hace llevarse el 80 por ciento de los partidos que juegan. De seguir haciendo esto, terminarían con 132 triunfos, lo que les permitía fijar una marca de victorias en un certamen con tres semanas de delantera antes de que comiencen los partidos de postemporada. Llevan el impulso, porque no han tenido un comienzo tan vertiginoso en toda su larga historia como franquicia. Ni siquiera cuando ganaron su última Serie Mundial, allá por el comienzo del siglo XX, ejercían tal dominio. Para quienes miran esto desde un costado resulta increíble y no falta quien piense que en el camino pueden descalabrarse, pero este equipo comienza a ser objeto de una curiosidad particular.
Personalmente pienso que este equipo está hecho para imponerse. Es parte de un proyecto que inició en 2011, cuando los actuales propietarios, la familia Ricketts, tomó control de la organización y puso a la cabeza de las operaciones de béisbol a Theo Epstein, quien tiene en su hoja de vida haber acabado con una carga parecida, como fue la sequía de triunfos de los Medias Rojas de Boston. Limpiaron la mesa al concluir una serie de contratos onerosos y salieron de peloteros tóxicos para la cueva. Paralelamente construyeron un sistema de sucursales que ha dado frutos. La mayoría está usando el uniforme del equipo grande, complementados por varios agentes libres y otros peloteros que llegaron en cambios.
Los ingredientes están allí, así que el resto del caldo está en manos de Joe Maddon, el dirigente a quien se le ha dado la combinación. Pero la historia de los Cachorros también está llena de episodios en los cuales sus aficionados terminan con el sabor amargo. Y aunque el Wrigley Field se llena todos los días y la televisión siente el magnetismo que allá se vive con muchas transmisiones nacionales, persiste la duda y cierto ambiente de pesimismo que, para ser honestos, ya parece algo histórico en la franquicia.
Pero este año hay diferencias. Hay detalles que ponen aparte a la edición del 2016. El promedio de edad de este club es de 28,8 años, donde el más bajo de las Grandes Ligas es de 26,9 de los Diamiondbacks de Arizona. Hay solidez en el pitcheo abridor como nunca antes, con cuatro de sus abridores en condición de ser los número uno de otras rotaciones. Y la profundidad de su nómina es tal que aun con las lesiones de comienzo de campaña, donde se perdió definitivamente a Kyle Schwarber y por buena parte al receptor Miguel Montero, ha habido formas de reemplazar esas bajas y mantener el paso triunfal.
En el béisbol, los ritmos y las proyecciones jamás se cumplen. Nadie considera los imponderables al momento de analizar y muchos menos de planificar, así que cuesta creerse del todo que estos Cachorros arrasarán a sus adversarios, y tal vez lo mejor para ellos sería bajarse de ese vértigo, pero si ha habido una grupo de peloteros con la posibilidad de hacer historia es este, que reúne las características de un ganador. Disfrutemos ser testigos.