MIAMI— Una mujer camina por la acera del malecón habanero con su hija en brazos. Se arregla el cabello mientras el viento le sacude la falda amarilla. Mira a ambos lados como si buscara algo. Son los años noventa y la joven se despide de un país donde no puede escribir con libertad. Más tarde aparece caminando por una calle francesa con su pequeña en un cochecito, y se detiene frente a una vitrina de librería donde hay fotos, manuscritos y libros suyos. Es Zoé Valdés, una reconocida escritora cubana en el exilio.

Estas imágenes son parte del documental Ceiba, memorias de una familia cubana (52', 2020), realizado por la hija de Zoé, la artista cubano-francesa Attys Luna Vega Valdés. El mismo se estrena este 15 de febrero a las 7 pm, hora de Francia, con entrada gratis previa reservación en la Maison De L’amérique Latine (217, BD SAINT-GERMAIN. 75007 PARIS).

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Como se lee en la página de la Maison De L’amérique Latine, “esta película recorre los recuerdos de la familia de la directora, de origen cubano, a lo largo de tres generaciones: sus abuelos, sus padres y la suya propia. Cuando tenía un año, casi dos, sus padres optaron por el exilio. No sólo porque se opusieron al régimen castrista, sino también porque su madre, escritora, tomó la decisión en ese preciso momento de contar en sus libros y a la prensa extranjera la realidad de su vida cotidiana”.

Vega Valdés ha cursado estudios de cine en la Universidad de París III y en la Universidad Católica de Valparaíso (Chile). Con su tema musical Perra obtuvo el premio Joven Talento, otorgado por Premios Latino en Marbella. Es la codirectora artística del Collectif La Houle. Actualmente estudia un máster en dirección y creación en la Universidad de París VIII, donde escribe el cortometraje de ficción Slam.

Escribir sobre una ceiba cortada

Con este material, Attys Luna indaga sobre la familia, el exilio y la identidad. Su interesante sello creativo demuestra a todas luces que es hija de su madre y de su padre. La joven tiene una sensibilidad especial para transmitir con imágenes una miríada de emociones y texturas culturales que rebasan el tiempo del documental. La joven cineasta y rapera presenta una visión poética de su infancia, de las bases que la conectan con Cuba y el destierro. Para eso se apoya en entrevistas con miembros de su familia y en locaciones en Francia, España y Estados Unidos, además de un rico material de archivo: videos tomados por su padre en Cuba, las imágenes del día a día en la casa, las necesidades, el pasado.

Al inicio, Attys Luna lee un mensaje de su madre, en una especie de declaración vital, de asunción de un legado poderoso que atraviesa todo el cuerpo audiovisual: “Cuánto desearía que vivieras más cercana de la poesía que de la guerra, que tus manos acaricien la tierra y pienses con sabiduría y sin rencores en el dolor del exilio”. La joven abre el álbum familiar, presenta un ensayo sobre sus raíces, que son fuertes y marcadas por dos padres con interesantes mundos creativos, pero a la vez rotos en un punto. Profundiza en la herida y obtiene descarnados relatos de una Zoé que tenía un policía censor detrás de cada página, de un padre “formateado” por el miedo, realidades que se repiten ahora mismo en la isla, donde la intimidad se interseca con la censura. Rescata los retazos de una comunicación fragmentada, de las cartas cruzadas en el exilio, la nostalgia de los cumpleaños, los que no se fueron y quienes no olvidaron.

zoe en documental de attys luna. Cortesía/Attys Luna
La escritora Zoé Valdés en una parte del documental de Attys Luna.

La escritora Zoé Valdés en una parte del documental de Attys Luna.

“Los recuerdos más tristes son decir adiós”, confiesa en un momento Yanet Vega, prima de Attys Luna. Su otro primo, Damián Vega, ofrece su testimonio también desde Barcelona, España. “Prefiero más vivir aquí que volver a decir ‘yo soy cubano, vuelvo a Cuba, vuelvo a mi sitio’. Mi sitio no lo tengo actualmente en ningún lado”, dice Damián. Del otro lado del Atlántico, en Miami, su abuelo paterno Justo Vega pinta la casa donde vivía su esposa en Cuba. Pregunta su nieta: “¿Y esta casa sigue existiendo?” Justo responde: “A la vez que tú sales de Cuba una casa la pierdes, se la dan a otra gente. Por eso la estoy pintando, para que mi señora por lo menos tenga un recuerdo”.

Attys Luna se apoya en diversos referentes como los materiales del documental Fiel Castro (2008), realizado por su padre, Ricardo Vega. Va más allá de la utilización de los testimonios de los balseros cubanos y logra un enlace entre una misa reciente en la Ermita de la Caridad en Miami y otra de los años 90. El engarce pone los pelos de punta, habla de un dolor de isla que se extiende a lo largo de los años en un mismo canto. Los planos borrosos de los años 90 en Cuba, la ligereza de una madre que sostiene a su niña en plena calle, y el "no somos escoria" de un hombre a punto de echarse al mar, se quedan flotando en la mente del espectador.

Otro de los momentos más contundentes a nivel visual es el juego de planos donde Ricardo mira un majestuoso árbol por el visor de su cámara, y luego aparece igualmente con su cámara sobre un enorme tronco cortado, como quien escribe una nueva historia sobre una piel mutilada e insiste en una especie de renacimiento. Aquí hay un bello paralelismo con la ceiba, sagrada en la religión yoruba, que se practica en Cuba. Como explica Lydia Cabrera en El monte, la ceiba es la “madre de los árboles y de los hombres”, donde “se obtienen las cosas más imposibles”. Este árbol es símbolo de identidad y esencia cubanas; la ceiba no se corta, no se debe cortar, tampoco la familia.

En los agradecimientos del filme destacan quienes dieron su apoyo desde el primer momento, como Tania Assaf, Lucrecia, Omer Pardillo, Armando Lucas Correa, Enaida y Ramón Unzueta, Leopoldo Fernández Pujals, Pepe Triana, Ángel de Fana, el equipo de la Ermita de la Caridad en Miami y los Plantados, entre otros.

Hay que destacar su canción Mémé, una especie de preludio de este documental. En el video, la joven rapea una declaración de amor a su abuela materna, Gloria Martínez, mientras lleva flores por el caminito de un cementerio hasta llegar a su tumba. Entre Yemayá y la Virgen de la Caridad, Attys Luna invoca a su estirpe femenina, mira al espejo de su pasado y lanza frases como máximas de vida.

“La muerte no se ve, pero la toco con mis palmas”, rapea en una parte de la canción. Hay mucho poder en este tema, pero también mucha ternura. El mensaje cala hondo por la belleza de su letra. En esta canción hay rincones donde muchos podemos identificarnos.

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