Son las tres de la mañana en Maracay, Venezuela.  Un grupo de jóvenes, chicos y chicas,  regresa a su casa en auto después de una noche de fiesta. En su recorrido se encuentran con unos seguidores del chavismo colgando carteles de sus candidatos a las elecciones legislativas.  

Una de las jóvenes baja la ventanilla del auto y con voz divertida les grita: “publicidad falsa y no van a ganar, no van a ganar”. Pero los chavistas, quizás por las malas expectativas de las encuestas, no están para bromas. Uno de los activistas, enfurecido, saca una pistola y responde a las muchachas mientras les apunta: “bajen el teléfono, bajen el teléfono”. El pistolero se refiere al celular con el que las jóvenes están grabando la lamentable secuencia. Coincidiendo con el disparo, el teléfono de registrar los sucedido y comienza un nuevo capítulo de esta novela siniestra que les cuento a continuación y que me ha llegado a través de un conocido de las agredidas. 

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Se inicia una persecución en la que el pistolero vacía su arma contra el vehículo de las víctimas que ven como su alegría, conseguida en una noche de tragos, se torna en pánico. Hasta 14 impactos de balas desconchan el carrito de los inocentes parranderos, que, de milagro, salieron ilesos. 

La persecución se interrumpe cuando un policía uniformado intercepta a los dos vehículos. El iracundo motorizado, arma en mano, dialoga con el agente, que de manera grosera se acerca a los tres jóvenes y les manda a casa a dormir.  El policía y el pistolero loco se fueron juntos charlando amigablemente. 

Esta increíble, pero real, historia de la campaña electoral venezolana resume muy bien lo que  se está viviendo en un país en el que el mismo presidente de la república llama a sus fieles a desconocer el resultado en caso de que no les sea favorable. En el país que ha construido Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro, el poder se consigue con la falsa sonrisa de pedir un voto pero si no funciona siempre queda la pistola. 

Disparos en un mitin de la oposición que costaron una vida. Disparos a una joven que bromea sobre un cartel. Amenazas de más disparos en caso de que no ganen los candidatos del oficialismo. ¿Y frente a los tiros que nos queda? El voto. 

Hermanos venezolanos llenen las urnas y las máquinas de votos. Hasta que revienten, hasta que echen humo. Con la voluntad de un pueblo decidido no hay matón ni pistola que pueda con ella. Y tampoco bajen el teléfono como gritaba el cowboy chavista. Graben con sus celulares, tuiteen lo que vean, escriban, hablen, griten.

 

Lo que está en juego este domingo no es una simple elección de diputados. Es una disputa entre dos maneras de afrontar el futuro de un país. Y esa es la gran decisión. Optamos por los tiros, los cojones y la revolución en vena por decreto o cambiamos al dialogo y al sentido común. Fíjense que no hablo de derechas ni de izquierdas. En este caso, eso es secundario. Se trata de tiros o votos. Yo apuesto por los votos.

 

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