sábado 21  de  febrero 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

In pace

Fue en febrero que desperté de un letargo del corazón, y fue también la nieve, de esos días en que creíamos que la primavera era una broma del verano, que es un juerguista, que se mueve siempre entre las dos grandes mareas; una que llora de risa, otra que llora de pena

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Longeva, la madrugada, no pierde ocasión de pintar de negro las rosas. Qué difícil entender nuestra levedad. Qué larga la batalla contra mi arrogancia. Qué propio febrero, mes que empieza terminándose. De frío y palidez. Anticipo de primaveras. Crisol de tiempo, entreveradas tardes con nombre de noche. Nos invade el recuerdo de un febrero sin rumbo, extasiado en el calendario, como un gato sorprendido por el fogonazo de una linterna. Y en la barra, una calma de ojos oscuros, apasionados, como esos amores de invierno que se abrazan al frío para ya nunca traicionarse. Febrero es mes de manos apretadas, de amistades talladas en hielo, de caricias de guantes que pican, de besos pospuestos. Y un poema. El del mar que baña al soñador, dormido en el espejismo de otro tiempo.

Fue en febrero que desperté de un letargo del corazón, y fue también la nieve, de esos días en que creíamos que la primavera era una broma del verano, que es un juerguista, que se mueve siempre entre las dos grandes mareas; una que llora de risa, otra que llora de pena. Fue y es. Que no pueden los ciclos de la vida ser más reincidentes en sus nubarrones y sus chubascos.

Si los ojos son verdes, agárrate fuerte al silencio. Alguien ha de pedirle a las alturas que truene y todo se vuelva nada, para no desentonar con estos cielos de nieve, heridos de oscuridad. Y siempre pretéritos; que llegan a las ciudades con la barriga llena de tristezas, siempre aupados sobre filos de navajas.

Febrero y una desilusión casi esporádica, casi cíclica, casi náutica. Un luto como de partida hacia la mar. Un beso breve. Un abrazo firme. Una canción lenta. Y José Alfredo, quizá, con tequila y sueño. Mes, éste, de enormes bufadas en las chicas, perfumadas con aromas del baile de ilusiones, y negros abrigos en los Paul Newman, que arrasan las calles con prisas impropias de la belleza de su instante.

Febrero, sí. Mes de prisión sin letras, de inalterable monotonía al otro lado de la ventana. Cae siempre la luz, y caen ellos también, aciagos puñales de juventud que nos romperán el alma, y llenarán de cenizas todas las postales viejas de los días de luz y sonrisas. Que eran tardes de cerveza brillante, fútbol, y de hacer pandilla alrededor de ceniceros repletos de sueños. Que todo estaba por hacer y hoy, para algunos, el tiempo ha caducado. Nos cierran las sonrisas, como nos cerraron los bares que iban a durar siempre. Y nos quedamos así, gélidos, viendo el incienso subir entre las paredes húmedas de la iglesia. Son imposibles de colorear estos días sin el aroma denso de un vino de invierno. Pero a veces ni así. Y entonces, solo una oración queda, suave, en un hilo de voz perdido entre el ruido animal de las calles.

Con un amor en la cesta, y una carta sin escribir, con un negocio en la mente, y un puñado de acordes brotando en cada madrugada. Mes insomne de contraste salvaje, entre el frío y el calor extremo al entrar y salir de casa, por la utopía de las calefacciones. Salones de hielo para sentarse a pensar. Y ambulancias llenas de preguntas, ecuación de vilos. Y una voz tenue, siempre ahí, con la inquietud de un pájaro joven, pidiéndote que en lugar de inviernos traigas muchos mayos, para cantar en las copas de los árboles y danzar en los jardines llenos de flores. Quién pudiera.

Suena otra de José Alfredo. Sus amarguras no son amargas, ni sus febreros fueron más allá de lo que puede ir un mexicano invadido de desamores, siempre atado a la mirada morena de esas niñas de cantina y tradición, de complicidad que brota de los ojos y se abraza al silencio de un corazón solitario. México, como metáfora universal, como ranchera planetaria, reposando en la mesa, con una pistola y un ramo de flores, y un montón de compases y violines, para bailar colgados de sus lunas. México en todo el mundo, en cada barrio, en cada olvido. Y una risa ruidosa y enferma que, al final de las cosas, a nadie le importa.

Febrero, qué mes para una guerra. Y para una promesa sincera de volver a verla mañana, aunque luego el reloj engulla sin avisar las emociones, y lleve de un soplo las vidas, almas fugaces, a los pies del buen Dios. Febrero como guadaña, recortando desapasionadamente cuentos de hadas, entre los temblores aún coloridos de nuestra juventud. Los recuerdos ya son para siempre una sonrisa viva, pero con una mueca de la más lenta de las tristezas

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