LA HABANA.- Las primeras voces que penetran por la ventana del desvencijado cuarto de paredones altos proceden de una casa contigua, en donde conviven cuatro familias en un hacinamiento tortuoso. Todos hablan al mismo tiempo, gritan, discuten y una niña llora sin parar.
Apenas el día comienza, son las 7 de la mañana. La noche anterior un hombre de rostro enjuto dijo a través de la televisión que hoy habría calor en La Habana. ¡Já! Si hubiera dicho que el día sería frío y que el castrismo pronto cederá el poder, nadie en esta comarca de absurdas realidades quisiera marcharse a Miami, para vivir con hermanos, primos o amigos en Hialeah, “La ciudad que progresa”.
Es hora de levantarme de la cama. Todavía en mi mente permanecen vívidas y casi reales las imágenes de un sueño que me hizo despertar atiborrado de unas esperanzas que, poco a poco, se fueron diluyendo con el llanto de la niña que pide leche a gritos, a quien su madre, a duras penas, solo puede ofrecerle una taza de café mezclado con chícharo y un pan de la bodega para romper el ayuno mañanero.
Un anhelo recóndito
Como en el mundo onírico cualquier cosa puede suceder, y todo es lícito, yo era un hombre delgado y fornido que, bandera en mano, aplaudía cada frase de una serie de discursos memorables que deben quedar plasmados, a perpetuidad, en la mente de los cubanos y el mundo entero.
El ambiente era festivo. Gente de todas las provincias llegaba a la Plaza del Reencuentro, por decisión propia, sin amenazas de perder el trabajo o de ser señalados como “opositores”, exhibiendo unos rostros rejuvenecidos y henchidos de una felicidad contagiosa. No había espacio para el maldito dolor.
Una octogenaria de Marianao (sector populoso de la capital cubana) me dijo que ya puede morir en paz. Creyó en Fidel Castro al principio de la revolución, pero más tarde entendió que la demagogia erige falsos líderes y que la mentira destruye sociedades prósperas.
El hombre de cabellos canos y espejuelos que le hacían ver los ojos como un monstruo prehistórico, lloraba de felicidad. Fue otro de los tantos miles que se dejó seducir por las supuestas bondades de un sistema de gobierno que llegaba a su final, cargando a cuestas una deuda inmensa con la historia.
Millares de seres estaban congregados en ese emblemático lugar como asistentes y testigos fieles de un momento que anhelaba todo un país para reivindicar la sangre derramada y el sufrimiento de otros miles que se lanzaron al mar, y que perecieron en busca de una libertad esquiva.
El rincón de los muertos
Un amplio espacio de la plaza estaba reservado para un sinnúmero de cubanos que, a pesar de continuar vivos en el corazón de sus seres queridos, habían muerto por las balas asesinas de un régimen cruel y torturador.
Era el sector más bullicioso. No había nadie que hiciera callar las voces de las víctimas del castrismo, hombres de pensamiento libertario, fuertes, de temple valiente, condenados a una muerte temprana frente a un pelotón de fusilamiento, por el único pecado de pensar distinto.
Pero también integraban ese grupo aquellos que pelearon junto a Fidel y que a la postre cayeron vencidos por el celo y la envidia de aquel que se apropió no solo de un país entero, sino de todos los aplausos y los honores, convertido casi en una deidad terrenal, sin más rival que su propio ego.
Más atrás, mostrando unos pies mojados en memoria de una fallida política gubernamental, se erguían los cubanos que en la víspera habían emergido de las profundidades de un mar bravío que ahogó sus deseos de libertad. Muchos otros, de pies secos, habían arribado la noche anterior y se ubicaban en otro espacio de la plaza.
Los que volvieron
Era evidente que los cubanos del exilio poco reconocían la ciudad pujante que dejaron atrás cuando el embeleco llamado “revolución” se instituyó en la isla. Andaban como perdidos, caminando de un lado hacia otro, reparando aquí o simplemente mirando allá; algunos buscando rostros que se les hicieran familiares entre la creciente muchedumbre.
La Habana era otra para ese grupo inmenso, y no hubo tiempo para pintar los edificios y limpiar las calles ante el inminente arribo de esas personas que habían jurado regresar cuando el castrismo cayera en Cuba y, en consecuencia, en las calles o espacios públicos se hablara de democracia sin temor a represalias oficiales.
En esa zona había una tarima gigantesca. De repente se escuchó una voz recia que parecía descender de un cielo límpido. La gente lanzaba vítores a una guarachera de piel oscura y alma transparente que no pudo acompañar a su madre en el camino hacia la última morada por disposición de un gobierno carente de humanismo.
Allí también estaban ellos y ellas: hombres y mujeres de un incalculable valor que desde las trincheras de la libertad, en Miami, o desde cualquier punto de la geografía universal, habían labrado con tesón el momento que le devolvía a la nación insular su primigenia imagen y autonomía.
Un nuevo comienzo
Decir que esos instantes eran de una felicidad rebosante parecería un pleonasmo inútil. Por los parlantes se escuchaba una babel de voces pletóricas de entusiasmo que anunciaban un remozado sistema de vida en la isla, al margen de la opresión y el silencio forzado que imperó por casi seis décadas.
Terminaba una etapa brutal en la historia de Cuba por cuenta de la mente retorcida de un hombre, y sus huestes de maldad, que supo mantener cautivo a un país, y de rodillas a un grupo de gobernantes que terminaron atraídos por los cantos de sirena que se producían desde La Habana.
De los descendientes de Fidel, y de todos aquellos que defendieron su maquiavélica doctrina, nunca se volvería a tener ningún conocimiento. Uno a uno fue resbalando en sus propias heces y cayendo en poder de las autoridades legítimamente establecidas que tomaron el control de la isla.
De un momento a otro comienzo a entender mejor las cosas. La niña de la casa vecina sigue llorando por una leche que no podrá tomarse. Son las 8 de la mañana. Ahora sí es tiempo de levantarme de la cama. Acabó el sueño.
Entonces surge una pregunta que me sigue dando vueltas en la cabeza: ¿Dejará finalmente el poder Raúl Castro el 24 de febrero de 2018 como primer paso para que se restablezca la democracia en Cuba? Soñar todavía es posible.