En noviembre del pasado 2016, la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) declaró a la rumba cubana “Patrimonio Inmaterial de La Humanidad” reconocimiento que equivale a la ascensión a la cima de una montaña, no exenta de piedras y espinas, que desde el Siglo XIX viene remontando la rumba, la cubanísima expresión musical, nacida entre descendientes de esclavos, despreciada, repudiada, incomprendida, para después ser aplaudida en los mejores escenarios del mundo.

La madre Rumba, orgullo del folclor urbano en Cuba, tiene tres hijos: el yambú, el guaguancó y la columbia, algunos nacieron en el solar, otros en la campiña, pero todos fueron creciendo y fortaleciéndose venciendo el cansancio del machete y la guataca o el agotador trabajo de cargar decenas de sacos en los muelles de La Habana y Matanzas. Cuando los trabajadores exhaustos llegaban al solar o al caserío y se encontraban con sus mujeres o parejas rumberas, también exhaustas de la batea o cocinar cantinas, hacer trabajos domésticos, lo que sea para llevar comida a la mesa, la magia de la rumba se hacía presente y al sonar una tumbadora, o un cajón de madera, se armaba la rumba y aún quedaba estamina para exhibir habilidades y bailar hasta que el estropeado cuerpo se aliviara en el baño con un cubo de agua fría para caer en la cama, a asimilar el trago de ron y dormir profundamente hasta que, aún a oscuras, tener que volver a la labor.

La rumba tradicional se toca con tres o cuatro tambores, llamados tumbadoras o congas:

“El salidor”, que es el más grave, el “tres – dos” que lleva lo que podríamos decir el centro de la polirritmia (hace rato se utilizan dos tumbadoras tocadas por el mismo percusionista o tumbador, a partir del maestro Cándido Camero, a quien se señala como el primero) y “el quinto” o “requinto”, que es el más agudo y tiene la misión de improvisar sus toques, exhibiendo buen gusto y habilidad. Hoy en día hay una variedad mayor en el instrumento, aunque básicamente en la rumba, se utilizan los mencionados. La escolta se compone de la clave cubana, dos trozos de madera que se vuelven instrumento de percusión que marca el tempo del grupo, el katá, compuesto por dos baquetas que golpean un trozo de bambú o una de las tumbadoras y puede agregarse un chekeré, que marca el tiempo y enriquece la variedad de timbres.

Lo más sorprendente de esta base rítmica, ha sido que aún sin tumbadoras, se tocaba con cajones de madera de diversos productos, como bacalao, velas o cualquier otro de donde sacar sonido, en la variante que se conoce como “rumba de cajón” con la adición de unos pulsos o brazaletes de cascabeles rústicos que algunos rumberos utilizan en sus manos. Esos cajones son hoy, instrumentos sublimes de marcas reconocidas, con capacidad de afinación, resonancia, etc. utilizados en varias regiones del mundo, incluida España, a donde “rebota” la variante de “rumba flamenca”.

En cuanto a las tumbadoras o congas, son instrumentos inspirados en los tambores africanos y fabricados de listones de madera curva de los barriles de vino u otro contenedor, de forma artesanal, actualmente con diversas variantes de fibra de vidrio, metal, y otros materiales; valiéndose de una improvisada fogata de papeles de periódicos, se afinaban dándole fuego al parche, para tensarlo, lo mismo en la rumba que en las congas de carnavales, (de ahí el nombre) hasta que Basilio Eliseo Pozo, “El Colorao”, primo del inmortal conguero Chano Pozo, que tocaba con la formidable orquesta de Antonio Arcaño, junto al también legendario timbalero Ulpiano Díaz, concibieron hacerle llaves de afinación, y Basilio pactó con un herrero la fabricación de un aro y los tensores y desde entonces se fabrican así. Habría que imaginar la montaña de dinero que hubiera ganado “El Colorao” si registra el invento, aunque hay quien responsabiliza a Carlos “Patato” Valdés.

Ahora les llega el turno a los cantantes. El coro canta a dos voces y hasta tres los estribillos y el solista precede su canto con la diana, una improvisación melódica, muchas veces con sello propio que identifica a rumberos consagrados como Alberto Zayas, Saldiguera, Virulilla, Carlos Embale, Inés María Carbonell y otras leyendas.

Por lo general hoy en día se usan cuartetas, aunque aún se sigue cantando en décimas espinelas, la forma rural por excelencia en los textos del punto guajiro, son montuno, etc. y cuando la rumba va acelerando, el solista improvisa y se establece la alternancia entre el solista y el coro, también utilizada en otros géneros, como el son.

El baile es otro atractivo; el guaguancó es el más popular y tiene una esencia marcadamente sensual, ya que el bailador asedia a la bailadora para sorprenderla con un gesto de caderas llamado “vacunao” que remeda la posesión sexual del hombre hacia la mujer y ella, coquetamente y con elegancia “se tapa” con las manos o hurta el cuerpo para frustrar su deseo.

El yambú, que es el más lento de las tres modalidades, se parece al guaguancó, pero “en el yambú no se vacuna”, por lo que se baila con elegancia y es el más popular entre los bailadores ya de edad avanzada, aunque lo bailan todos.

Por último, la columbia, que originalmente es para hombres solos, que salen a bailar para demostrar sus habilidades y fuerza; sobre todo en éste, el quinto interactúa con el bailador, remarcando sus pasos o incitándolo.

Claro, esta descripción responde a la rumba en sus orígenes, hoy existen rumbas llevadas al plano sinfónico, el jazz y otras modalidades musicales; su polirritmia, melodías y contratiempos han cautivado a músicos de alta escuela que le han rendido homenaje en sus composiciones. Hay una etapa en el cine que se le llama “Cine de Rumberas”, sobre todo en producciones mexicanas y argentinas de los años 40 y 50 con Ninón Sevilla, Blanquita Amaro, Rosita Fornés, María Antonieta Pons, Meche Barba y Rosa Carmina, entre otras, que han dejado su impronta bailando rumba estilizada, no la netamente folclórica.

Se han hecho coreografías sobre la rumba por grandes compañías de danza y existen prestigiosos grupos en Cuba de canto y baile rumberos como “Los Muñequitos de Matanzas”, “Yoruba Andabo”, “Los Papines”, “Coro de Clave y Guaguancó”, “Raíces Profundas”, “Afrocuba”, “Grupo de Columbia del Puerto de Cárdenas”, “Los Chinitos de La Corea”, “Los Aspirina”, e incluso en provincias que no son tradicionalmente rumberas como Santiago de Cuba con “Cutumba”, Camagüey con “Rumbatá” y Ciego de Ávila con “Rumbávila”, entre muchos otros, todos de gran calidad.

Por último, su influencia, que vale para múltiples expresiones del quehacer cubano, incluida la “timba”, la más actual de las modalidades bailables, sobre todo en las improvisaciones de los cantantes.

Congueros o tumbadores famosos por su habilidad y conocimientos del instrumento los hay ya en todas latitudes, por eso - entre otras cosas - es que la rumba y la utilización de sus instrumentos característicos se considera universal, hasta el grado de patrimonio.

No hay que nacer en un solar para admirar y disfrutar la rumba, como despedida, me remito al ilustre periodista y poeta José Zacarías Tallet, que dice en su antológico poema “La Rumba”:

“… Frenético el negro se lanza al asalto

y, el pañuelo de seda en sus manos,

se dispone a marcar a la negra Tomasa,

que lo reta, insolente, con un buen vacunao.

“¡Ahora!”, lanzando con rabia el fuetazo,

aúlla el moreno. (Los ojos son ascuas, le falta la voz

y hay un diablo en el cuerpo de Ché Encarnación).

La negra Tomasa esquiva el castigo

y en tono de burla lanza un insultante

y estridente “¡No!”

y, valiente se vuelve y menea la grupa

ante el derrotado José Encarnación…”

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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