Pero algo en 2026 ha cambiado. La captura de Nicolás Maduro por las Fuerzas Especiales estadounidenses en enero de este año alteró no solo el equilibrio geopolítico regional. Alteró también la psicología del poder en América Latina. Por primera vez en décadas, la dictadura de La Habana y sus aliados entendieron que Washington podría estar dispuesto a ir más allá de las sanciones simbólicas, las condenas diplomáticas y la paciencia con propósitos estratégicos.
Las declaraciones y el comportamiento de Donald Trump nos impulsan a pensar que el presidente intentó, inicialmente, evitar cualquier escenario militar directo. Eso corresponde a su naturaleza política. Trump cree profundamente en la negociación después de la presión. Amenaza, escalada, fuerza y luego acuerdo. Lo ha demostrado durante toda su carrera empresarial y política. Aunque tal vez no haya nada nuevo bajo el sol, los contextos políticos son diferentes y cambiantes. Pero lo más importante es comprender que una negociación solo funciona cuando ambas partes están dispuestas a ceder algo esencial.
Y es ahí, en ese axioma, donde aparece el problema o el dilema cubano. El castrismo, incluso en su espectro neocastrista con los privilegiados nietos de la Revolución, es consciente de que no puede abrir verdaderamente el sistema sin poner en riesgo su propia supervivencia jurídica, política y económica (que mucho le preocupa a los herederos de las fortunas del desastre totalitario). Aunque a no pocos les parezca imposible, dado el alto nivel de demagogia acumulada, hoy la estructura a través de la cual gobierna la dictadura cubana funciona menos como una ideología impositiva y más como un sistema de autoprotección histórica. Saben lo que han hecho y saben lo que deben intentar hacer con el fin de sobrevivir.
Marco Rubio, quizá quien mejor conoce al castrismo en el gobierno estadounidense, lo ha comprendido desde hace tiempo. Por eso declaró que la posibilidad de una negociación real con el régimen cubano “no es alta”, aunque Washington seguiría prefiriendo todavía una salida pacífica. La frase parece diplomática, pero en realidad contiene una conclusión devastadora: Estados Unidos ya no cree seriamente que el castrismo quiera abandonar el poder voluntariamente. Y claro, mientras Rubio, como secretario de Estado, habla de negociaciones en primera instancia y no deja de catalogarlas como improbables, el tablero militar no deja de moverse mirando hacia la isla. Axios reveló recientemente que la administración Trump describe internamente su estrategia hacia Cuba como “aceleracionismo”: precipitar progresivamente el agotamiento estructural del régimen mediante presión económica extrema, aislamiento energético, sanciones escalonadas y preparación militar disuasiva. Pero sin negar la intervención.
La palabra a algunos le parece brutal, pero es estratégicamente coherente. No se trataría necesariamente de iniciar una invasión inmediata, sino de llevar al sistema cubano hacia un punto de colapso irreversible. No podemos pasar por alto que, desde enero de 2026, Washington habría impuesto más de 240 sanciones contra el régimen cubano e interceptado al menos siete tanqueros vinculados al suministro energético de la isla. Según Axios, eso habría reducido entre un 80% y un 90% las importaciones de combustible, agravando apagones de más de veinte horas diarias en amplias zonas del país.
Por primera vez, desde el Período Especial, el régimen enfrenta simultáneamente colapso energético, agotamiento social, pérdida del miedo y presión militar externa. El medio Politico reveló además que el Pentágono mantiene tropas y armamento listos en el Caribe pendientes únicamente de autorización presidencial. El USS Kearsarge, con aproximadamente 2,500 infantes de marina, se preparaba para un nuevo despliegue mientras el grupo de ataque del USS Nimitz opera ya en la región. Oficialmente, Washington insiste en que no existe una invasión inminente. Pero un funcionario citado por Axios añadió una frase mucho más significativa que cualquier desmentido diplomático: “Cuando el presidente diga que hay que actuar, estaremos listos para cualquier cosa”. La reacción del régimen cubano ha sido todavía más reveladora.
En Cuba, ante el aumento de las presiones, no pueden detener su verborrea. El viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, preguntó retóricamente: “¿No falta un motivo que justifique matar, mutilar, provocar destrucción y miseria?”. Poco antes, su jefe, el canciller castrista Bruno Rodríguez Parrilla, había acudido al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para denunciar una posible “agresión militar” que podría provocar un “baño de sangre”. Ese lenguaje no parece el de un régimen, como en décadas atrás, que intentaba a toda costa mostrarse seguro de sí mismo. Pero el fenómeno verdaderamente profundo no está ocurriendo en Washington ni en Naciones Unidas, sino que está ocurriendo dentro de Cuba.
El principal instrumento de poder de la Revolución cubana no fue el ejército. Fue el miedo. Un miedo hereditario, silencioso, transmitido de padres a hijos. El miedo a hablar. El miedo a disentir. El miedo a quedarse solo. El miedo a la Seguridad del Estado. Sin embargo, ese muro psicológico, quebrado por la grave situación socioeconómica, por esa mezcla infalible de miseria y desesperanza, se está resquebrajando cada vez más. Ya no es una opinión. Es un hecho palpable.
En videos y publicaciones difundidos en redes sociales, carteles como “Dios salva a Cuba, SOS Trump” parecen reproducirse dentro de la isla sin el terror que antes hubiera acompañado su exhibición pública, a cara descubierta. Bajo la peligrosa bota totalitaria, un sector creciente y visible de la ciudadanía parece ver la intervención como una salida posible e incluso como su última esperanza. En redes sociales se observa cada vez más a cubanos de distintas generaciones expresarse con una franqueza antes impensable dentro de una sociedad totalitaria. Y ya no hablan solamente los clásicos opositores y los artistas disidentes. Hablan madres agotadas, jubilados, empleados gubernamentales, jóvenes sin futuro, ex combatientes revolucionarios, personas comunes destruidas por el ácido deterioro diario.
José Martí, el gran poeta y apasionado político cubano, apóstol de la libertad de la isla, siempre supo que “un principio justo, desde el fondo de una cueva, puede más que un ejército”. Quizás por eso estas voces casi anónimas importan tanto: porque no hablan desde el poder, sino desde la intemperie moral de un pueblo que ya no encuentra salvación dentro del sistema que lo oprime.
En un reportaje reciente del periodista independiente Iván García en Diario Las Américas, medio para el que reporta desde La Habana, una maestra jubilada llamada Dunia resumía el sentimiento de millones de cubanos con una frase estremecedora: “Ojalá Trump y Marco Rubio nos tiren un cabo. No tengo miedo si un cohete me puede matar. Ya este régimen me está matando en vida”. Otra entrevistada, Mayté, empleada bancaria y madre de tres hijos en Cienfuegos, describía la situación como “un genocidio psicológico”: apagones de veinte y treinta horas, ausencia de medicamentos, colapso hospitalario, hambre cotidiana y destrucción del transporte nacional. Su frase final parece resumir el estado emocional de una parte creciente del país: “Cuba tiene que cambiar, por las buenas o por las malas. La gente no aguanta más”.
Ese detalle es decisivo. Tajante. Innegable. Pues el hambre produce desesperación, pero la desesperación prolongada termina erosionando el miedo. Sabemos que cuando un régimen totalitario comienza a perder el monopolio psicológico del miedo, entra en una fase históricamente peligrosa. Incluso antiguos militares cubanos empiezan a hablar en esos términos. El ex piloto de combate Orestes Lorenzo Pérez, quien dos veces se le escapó e hizo quedar en ridículo a los criminales hermanos Castro, ha pedido públicamente a miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que jamás disparen contra el pueblo cubano. “La patria no es el gobierno, la patria es el pueblo”, les ha dicho.
Lorenzo sostiene además un concepto que el régimen ha distorsionado, para mal de los militares y para mal de los civiles: las fuerzas armadas cubanas pertenecen históricamente a la nación y no al castrismo. En otra declaración afirmó que “el único ejército real que tiene Cuba hoy es el de las ciberclarias”, sugiriendo que el régimen depende cada vez más de propaganda digital y miedo psicológico que de verdadera cohesión moral.
El historiador cubano-americano Jaime Suchlicki —fundador del Cuban Studies Institute, profesor emérito de University of Miami y autor de los libros más estudiados sobre historia contemporánea cubana, entre ellos Cuba: From Columbus to Castro and Beyond y Breve historia de Cuba— ha insistido durante muchos años en un punto esencial: el verdadero núcleo del poder en Cuba no es ya estrictamente ideológico, sino militar y económico. Suchlicki advirtió, incluso ante el Congreso de Estados Unidos, que Fidel Castro había transferido progresivamente enormes cuotas de poder al aparato militar, hasta el punto de que las Fuerzas Armadas terminaron controlando buena parte de las empresas estratégicas del país.
Con los años, ese proceso no disminuyó, sino todo lo contrario: se consolidó bajo el Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), el gigantesco conglomerado militar controlado históricamente por el entorno de Raúl Castro y dirigido durante años por el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, el fallecido yerno de Castro. Ahora GAESA es presidido por la general de brigada Ania Guillermina Lastres Morera, cuya hermana, Adys Lastres Morera, fue arrestada este mes en Florida por agentes de Homeland Security Investigations, HSI, y enfrenta un proceso de deportación a Cuba. Diversos investigadores y centros especializados han develado los activos que GAESA controla en sectores fundamentales de la economía cubana como el turismo, los puertos, las telecomunicaciones, las remesas, el comercio exterior, toda la infraestructura financiera, las zonas francas, hoteles y buena parte de la captación de moneda dura en la isla, cuyas leyes impone el mismo aparato militar a través del Partido Comunista y una caricatura legislativa. Trump y Rubio han sabido atacar donde les duele.
De ahí que la observación de Suchlicki no solo trasciende, sino que resulta decisiva porque ayuda a comprender por qué tantos intentos de apertura, diálogo o negociación terminaron chocando contra el mismo muro estructural. Mientras el régimen conserve la hegemonía militar, económica y represiva del país, la libertad de Cuba seguirá siendo, en gran medida, un anhelo moral más que una posibilidad política inmediata.
Sun Tzu escribió en el capítulo III de The Art of War, tradicionalmente traducido como “Attack by Stratagem”, que la excelencia suprema consiste en quebrar la resistencia del enemigo sin combatir. Esa parece ser, precisamente, la lógica del aceleracionismo de Trump. No iniciar necesariamente una guerra, sino llevar al régimen a un punto donde su voluntad de resistencia se fracture antes de que el conflicto abierto sea inevitable.
El presidente 45-47 sigue jugando a la presión negociadora de la que tanto se vanagloria, no porque nunca haya perdido con esa carta, sino porque es una de las constantes de su método: llevar al adversario al límite, aumentarle el costo de resistir y obligarlo a escoger entre una salida negociada o una derrota mayor. Es una lógica que viene tanto del mundo inmobiliario neoyorquino como de la escuela dura de Roy Cohn, su antiguo abogado y mentor político, quien le enseñó a no retroceder, a contraatacar siempre y a convertir cada disputa en una batalla psicológica por la percepción de fuerza.
¿Qué ocurrirá en Cuba en los próximos días? ¿Qué será de la isla en el futuro inmediato? Ninguna transición histórica profunda ocurre sin riesgos humanos, fracturas sociales ni costos imprevisibles. Y toda estrategia de presión extrema, incluso cuando pretende evitar una guerra abierta, puede terminar acercando precisamente el escenario que intenta impedir.
Un funcionario estadounidense citado recientemente por Axios afirmó que "la situación política es complicada a ambos lados del estrecho de Florida. Pero nosotros tenemos tiempo. El régimen no”. La frase es fascinante, pues contradice precisamente lo que muchos analistas sostuvieron durante años: que era el régimen quien compraba tiempo mientras las administraciones estadounidenses cambiaban, se desgastaban o perdían interés. Sin embargo, la lógica de Washington parece haber cambiado.
La apuesta ahora parece ser otra: confiar en que el castrismo ya no posee capacidad material, energética, psicológica ni generacional suficiente para resistir indefinidamente una presión sostenida. De lo cual emerge otro cuestionamiento: ¿se arriesgarán Trump y Rubio a llevar esta estrategia hasta sus últimas consecuencias? Una cosa es presionar y otra, muy distinta, es administrar el colapso de una dictadura a apenas 145 kilómetros de las costas estadounidenses. Tal como existe la capacidad, debe existir el claro propósito. Y en esa encrucijada, en la que confluyen la acusación contra Raúl Castro y la necesidad de una victoria militar para conseguir una victoria electoral en las elecciones de segundo término, vuelve a aparecer el mecanismo de la intervención humanitaria.
La dictadura de La Habana va a intentar arrastrar a los cubanos hasta las últimas consecuencias y seguirá acusando a Estados Unidos de ser el culpable de la miseria que produce el socialismo. ¿Cuánto más resistirá el sistema antes de implosionar? ¿Cuánto más aguantará el cubano de a pie en medio del pantano? ¿Qué hacer, en estas circunstancias, ante un régimen sin ápice de ética que ha visto llegar el ocaso? La ética es el reconocimiento de que existen límites morales que ningún poder debería cruzar. Albert Camus creía que “un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada sobre este mundo”. El problema de las dictaduras no es solamente político. De hecho, la política se vuelve casi secundaria cuando el poder hace del crimen cotidiano un método y un artefacto de control social. El daño cardinal es sistémico, ético, moral, jurídico e institucional: destruye los poderes independientes, fabrica códigos penales contra quienes disienten, legaliza la persecución y convierte la violación de los derechos humanos en una vergonzosa rutina administrativa.
Llega un momento, ya en el pasado de Cuba, en que estos regímenes se sostienen mediante el agotamiento humano. Pero luego ese agotamiento se transforma en hastío, el hastío en rabia contenida, y esa vieja rabia, tarde o temprano, en pérdida del miedo. El comienzo del final de cualquier tiranía. El régimen lo sabe. También lo saben Rubio y Trump. Ahí puede estar la brasa que prenda el fuego inevitable. Impostergable.
Cuba, al parecer, se está acercando peligrosamente a ese punto. La gran pregunta, desde hace tiempo, no es si el sistema cubano atraviesa una crisis, pues tanto los cubanos como el mundo saben que el signo revolucionario es el eterno retorno a la crisis, la crisis como arma, la inevitable crisis del sistema. La verdadera pregunta es: ¿cuánto tiempo más puede sobrevivir una dictadura cuando la gente comienza a perderle el miedo mientras su poder simbólico y real empieza, silenciosamente, a perder confianza en el terror que una vez le funcionó como coraza y ahora gira para cambiar de bando?
La Revolución cubana se ha agotado. Su mito es insostenible. Sus verdaderas reservas no fueron económicas. Tampoco dependieron exclusivamente de las subvenciones soviéticas primero o venezolanas después. Esas ayudas resultaron decisivas para prolongar la vida del sistema, pero no explican por sí solas su supervivencia. Las mayores reservas del régimen fueron de otro orden: miedo acumulado durante generaciones, monopolio de la información, control absoluto de la fuerza, fragmentación deliberada de la sociedad civil, todo esto sumado al capital simbólico construido alrededor de Fidel Castro, aún visto como líder histórico, quien, como hábil constructor de relatos políticos, convirtió derrotas en victorias morales, escasez en resistencia heroica y sacrificio en destino histórico. Como un cínico encantador de serpientes de la demagogia contemporánea, mantuvo a millones de personas cautivas de una narrativa donde cada fracaso encontraba una justificación externa y cada promesa incumplida era desplazada hacia un futuro siempre aplazado.
Pero esas reservas históricas también se extinguen. La generación que vivió la épica revolucionaria envejece y desaparece. Los subsidios extranjeros no alcanzan y la crisis material devora los últimos restos del naufragio de la sostenibilidad simbólica. Lo que ha expirado no es solamente el combustible, la electricidad o la capacidad de importar alimentos: asistimos al último adiós a la capacidad de una vulgar dictadura para convencer, intimidar o movilizar a su ejército de condenados. Desde la isla, las señales advierten que el cambio no es únicamente necesario: es impostergable. Una revolución sin futuro es un circo sin trucos que vender. Y el castrismo parece haber llegado, por fin, a esa fase en que la bodega de las mentiras se ha vaciado.
Publicado originalmente en El Nuevo Conservador.