LO QUE ME HA ENSEÑADO LA PANDEMIA DEL COVID-19

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Padre José Conrado Rodríguez Alegre

Trinidad. 20 de mayo del 2020.

Cuando se declaró la pandemia del COVID-19 en Cuba, fue precisamente en la ciudad de Trinidad, donde vivo y trabajo como sacerdote católico desde hace poco más de siete años, donde comenzó la epidemia: tres turistas italianos y un norteamericano fueron los primeros afectados. Ya sabíamos por las noticias, de la grave situación que afectaba a Italia y España y a otros países europeos. La alarma hizo presa de la ciudad. Quizá los primeros en reaccionar fueron los dueños de hostales y restaurantes, especialmente amenazados por su cercanía a los turistas. Antes que el gobierno tomara las primeras medidas, ellos cerraron sus establecimientos. Algunos incluso, escribieron al presidente Díaz-Canel, advirtiendo el peligro y exigiendo medidas radicales y urgentes.

Por eso, cuando dos funcionarias del partido y del ministerio de justicia municipal me visitaron para explicarme las medidas que se tomarían les dije que estábamos de acuerdo y las apoyaríamos sin reticencias pues incluso ya habíamos recibido las recomendaciones que al respecto habían elaborado en la comisión vaticana para el culto divino. A las funcionarias les expresé mi extrañeza por la demora oficial en tomar las medidas, vista la rápida propagación de la grave pandemia. Incluso las invite a ver como ya nosotros habíamos tomado medidas en el templo, separando los bancos, colocando alfombras empapadas en cloro y orientando que se lavaran las manos con agua de hipoclorito, al entrar y salir del templo. Después me enteraría que en Europa salieron en revistas y periódicos anuncios para visitar Cuba, como destino turístico libre de corona virus y con buen sistema de salud. A un amigo que me llamó desde el extranjero preocupado por la respuesta cubana para enfrentar el COVID, respondí: "sabrán hacerlo. Ellos son buenos administrando el desastre. Llevan más de 60 años haciéndolo. Lo que no saben es administrar la prosperidad".

Cuando llegó la orden de alejamiento radical, a finales de marzo, esto suponía cero vistas a las comunidades del campo, y a las familias de la ciudad, que ocupaban buena parte de mi tiempo y la celebración en solitario de la Misa. Uno de los matrimonios de la parroquia se apareció con una enorme jaba llena de arroz, frijoles y carne de ovejo… fue el inicio de una continua arribazón de las más variadas cosas: pomos de leche, carne y pescado frescos y enlatados, sobres de sopa, papa deshidratada, y todo tipo de viandas, verduras y frutas, etc… Mi refrigerador nunca ha estado más lleno, ni mi mesa tan bien servida como en estos días del coronavirus. Gracias a la generosidad de mis feligreses e incluso de personas que no pertenecen a la comunidad.

Enseguida mi di cuenta que se requería crear una nueva rutina que pautara la vida cotidiana. En mi caso, con marcada tendencia familiar a la obesidad, ya que no tendría la posibilidad de "andar Trinidad", como solía hacer, visitando a los enfermos y a mi feligresía, se requería "hacer ejercicio en casa". Pero mi casa es un cucurucho de maní. La habitación de huéspedes: con dos camas, un armario y un ropero abierto es el receptáculo de cuanto se pierde, maletas, ropa de donación, equipos eléctricos, herramientas… ¡Una verdadera caja de Pandora!

Del mismo tamaño es mi habitación-oficina-sala de recreación: en un espacio de 3x3.30 (metros), están la cama, el escritorio, un gavetero, un clóset abierto y un balance. Las paredes están tapizadas de libros, cuadros y pinturas que me han regalado mis amigos pintores: tres Broches, (excelente pintor trinitario y querido feligrés), un paisaje cubano de Calzada, unos girasoles de mi hijo y antiguo feligrés, José Miguel Martínez y un paisaje del camagüeyano Montes de Oca. Aquí decidí poner mi gimnasio diario… sacando cada vez el balance y el ventilador… Muy temprano en la mañana comienza mi día bailando por una hora al ritmo de Celia Cruz, seguido del baño y el rato de oración mañanero: laudes y el oficio de lecturas, que culminan con la celebración de la Misa a las 8:30 de la mañana.

Después del desayuno comienza "la pastoral del teléfono" desde mi habitación "multi-oficio". He estado hasta ocho horas ininterrumpidas "colgado, literalmente, del teléfono", ¡y con ganas de ahorcarme con él… si voy a ser sincero! Un punto de inflexión para mí fue saber, en la misma semana, la muerte de mi amiga Miguelina Rodríguez, en New Jersey, extraordinaria madre de familia y una católica militante y consecuente, que hizo de su vida un don de amor para los demás. Y de Víctor Batista Falla ¡en la Habana! Gran promotor cultural y mecenas, fundador y dueño de la Editorial Colibrí. Víctor era el tío de María Teresa Mestre Batista, la Archiduquesa de Luxemburgo. Por sesenta años permaneció fuera de Cuba, la mayor parte del tiempo en España. Me había dicho que nunca regresaría a Cuba. Pero al igual que Heredia el poeta del siglo XIX, al final la nostalgia lo venció. A los pocos días de llegar se le declaró la enfermedad. Y murió. La muerte de estos dos grandes amigos me supuso un duro golpe y una manera diferente de percibir el COVID-19.

Por otra parte, al ir llegando las noticias de lo que sucedía en Italia y España, mi angustia iba creciendo. En ambos países tengo un multitud de amigos, de los que nada sabía. Aunque la consigna de ETECSA, la telefónica de Cuba, es "en la guerra y en la paz mantendremos las comunicaciones"… para los que lo han intentado comunicarse con Cuba, o desde Cuba, es una aventura azarosa y no siempre exitosa. Cuando intenté poner el "nauta hogar", me fue negado porque soy institución, no una casa de familia… Por otra parte, mi pastoral con el Exilio, se concentraba en mis viajes fuera de Cuba. Pero al llegar acá yo no insistía en la comunicación telefónica o electrónica, para no interferir con mi trabajo pastoral de acá, más que abundante con una parroquia tan extensa, en la ciudad y en el campo. Al fin descubrí una cosa que se llama datos móviles, que me da acceso a internet y me permite comunicarme por WhatsApp, una manera barata y bastante expedita. Así me enteré de la enfermedad de mis primos de New Orleans y mi querida amiga Miguelina Rodríguez de New Jersey. Así supe de mi párroco madrileño Jesús García Camón, de mis padres adoptivos de Madrid, Papo y Nena Robles, el Padre José Manuel Sánchez Caro, mi rector en la Universidad de Salamanca, todos sanos y salvos, y de mis antiguos profesores y compañeros de la universidad de Comillas, en Madrid. Y tantos otros.

En la Misa diaria, rezaba por todos. Estas misas en solitario, me permitieron redescubrir la Eucaristía. Sin público, ya no tenía que preocuparme por el tiempo de duración. Éramos el Señor y yo. Mis feligreses y amigos estaban físicamente ausentes… pero mis misas eran "pro vobis et pro multis": Por ellos y por muchos. Mis misas, sin homilía, podían durar una hora y hasta más.

En la acción de gracias tomaba mi avioneta imaginaria y recorría mi extensa parroquia, luego, toda Cuba, diócesis por diócesis, sus obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos. Después subía hasta Miami, y desde allí, Tampa, Orlando, Jacksonville, San Agustín, Atlanta, Filadelfia, Washington, New Jersey, New York, Boston y desde Boston a Canadá. Allí rezaba por el nuncio Luigi Bonazzi, Sara Olga, Rogelio, Evelin, y tantos otros amigos. Retornaba a Estados Unidos por Wisconsin, Chicago, Kentucky y el Centro-sur de Estados Unidos: Luisiana, Nuevo Méjico. Phenix, etc. Luego volvía al Oeste, desde Portland, San Francisco, Sacramento y los Ángeles… entraba en Méjico, para luego sobrevolar Centro y Suramérica… hasta el Caribe, las Antillas Mayores y Menores: Puerto Rico, dominicana, Haití y Jamaica, las Bahamas… Pasaba a España, Italia, Francia… mis amigos de Polonia, Suecia, Alemania, Chequia, antiguos diplomáticos en Cuba y los que me acogieron en esos países, cuando fui a recibir el premio Geremeck… Medio Oriente y Africa donde tantos compañeros de Comillas y Salamanca, africanos, trabajan hoy. Rusia, China, Japón, Filipinas, la India, Viet Nam… Hasta terminar en Nueva Zelandia y Australia. Es decir, el ancho mundo, sin excluir a nadie.

En estos días he descubierto la verdad que encierra el título de aquel libro de Congar: "Ancho mundo, mi parroquia". Países e Iglesias; cubanos, que los llevo siempre en mi corazón, donde quiera que están, católicos y no, creyentes o ateos… Mi Cuba con mayúscula, aun de los que me consideran su enemigo. Aun aquellos que yo pienso que están equivocados, porque excluyeron y desterraron a los que piensan diferente: cómo olvidar lo que dijo el Maestro, cuando se retrató a sí mismo en aquellos versos que aprendimos desde niños: "Yo quiero cuando me muera, sin patria pero sin amo…" Pero sin chovinismo, sin excluir a los que no tuvieron la dicha de nacer sobre esta tierra y bajo este cielo. Porque ellos también, los que no son cubanos, son mis hermanos.

¿Qué nos quiere decir Dios con todo esto?

Me ha llamado la atención que aquí en Cuba, y por lo que veo en otras partes del mundo, la gente ha entendido, casi naturalmente, el COVID-19 como una advertencia merecida por lo que le estamos haciendo a la creación de Dios. No tanto en clave de castigo, sino más positivamente, en clave de advertencia. Yo lo he llamado "el aldabonazo divino". No podemos seguir como íbamos. Quizá el Papa Francisco se adelantó con su preciosa carta encíclica "Laudato si". El Papa, retomando una inspiración y perspectiva franciscana, tan en consonancia con su nombre y su programa como Pontífice… con el valor añadido de ser un jesuita, convencido y convincente. El Papa nos ha ayudado a entender la responsabilidad que tenemos con el mundo, este regalo magnífico y hermoso, que no excluye, sino incluye al que es la cumbre y corona de este regalo divino, el ser humano, la humanidad. Somos cantores y beneficiarios máximos de la creación, los mayordomos y custodios de este Don que es la vida misma, como misterio y como tarea.

Por eso dedico estas reflexiones a nuestro querido Pastor supremo, a veces tan criticado como mal comprendido, hasta desde dentro mismo de la Iglesia. Por eso publico con estas reflexiones, una carta que le envié al Papa Francisco hace dos años. Entonces no la hice pública porque en aquellos días, que coincidieron con su visita a Chile, el Papa fue objeto de tanta crítica y rechazo por diferentes sectores en ese país, que me abstuve de hacerla pública, aunque esa era mi intención, pues era una "carta abierta". Nada más lejos de mí que colaborar con ese ambiente negativo y gratuito, dando pie a que me pusieran en el mismo saco que a esos críticos del momento. El Papa es un profeta, así lo percibo, y por esto quiero darle las gracias, desde este mi rincón perdido entre las lomas del Escambray.

Cristo vino para establecer la koinonia, la comunión, que tiene una expresión concreta y directa en el ósculo de la paz, el abrazo fraterno en la liturgia de la Santa Misa. Normalmente, no me canso de abrazar a mis feligreses antes y después de la Misa dominical: jóvenes, niños, adultos o ancianos.

He recordado en estos días la anécdota que me hizo mi querido amigo, el poeta Eliseo Diego, que debió haber sido el primer cubano en recibir el Premio Nobel. ¡Tan buen poeta era! Recuerdo ahora las palabras de su poema "Testamento", su despedida literaria y espiritual"… "y perdida ya toda esperanza de algún merecido ascenso…", le pago humildemente sus palabras de entonces, respuesta a un pequeño poema que le dediqué, "Padre, es Ud. un verdadero poeta", que dicho por él era para mí más que un premio… Eliseo, prudente chofer, de quien Lezama tan amigo de la velocidad, decía que Eliseo, al llegar a una bocacalle se bajaba del auto para mirar a derecha e izquierda, por si venían carros que le pudieran chocar su Mercedes Benz ronrroneante que tanto cuidaba… El caso fue que el párroco de Arrollo Naranjo, que debía llevar los santos sacramentos a un feligrés agonizante, le solicitó su ayuda samaritana.

El poeta, a regañadientes, se puso al volante (poco volador en sus manos) pero en el camino, se le ponchó una rueda. Poco práctico, como buen poeta, Eliseo tuvo que cambiar la goma y embarrarse todo en el intento. Cuando al fin llegó, sudoroso, cansado sucio y retrasado a la parroquia, ya el buen sacerdote, cansado de esperar y con el apuro de la urgencia, se había ido en otro carro.

Eliseo entendió el recado del Señor. El favor era de Dios para El. El Altísimo lo honraba montándose en su carro y utilizándolo de chofer. Pero para hacerle ver que cuando Dios te pide algo (o más bien te da la oportunidad de que lo ayudes) has de hacerlo de buena gana, con alegría y prontitud, sencillamente, a última hora, prescindió de él, sin siquiera comunicárselo (no existían los móviles en esa época).

Yo creo que para la mayoría de mis feligreses venir a Misa el domingo es un favor que le hacen a Dios. Pero, ¡con qué facilidad dejan plantado al Altísimo! !Nada se diga cuando están de por medio los negocios! Trinidad, ciudad eminentemente turística, con cerca de 2000 familias que alquilan para el turismo, está llena de estos esclavos voluntarios del "turista-Dios". "Tuve que ponerle el desayuno a mis turistas" es una excusa que oigo más de lo que yo quisiera cuando las personas han faltado el domingo a la Misa.

Hace dos meses que se fueron los turistas… pero mis feligreses se han quedado sin la Misa del Domingo… ¡y cuánto la añoran! En la ciudad se hace sentir el nerviosismo por la falta de alimento… las colas interminables y la creciente falta de dinero tienen a todo el mundo clamando por Dios… "¡Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándonos…Hasta cuando, Señor, esconderás tu rostro!".

¡Y yo mismo cuántas veces me callé cobardemente sin decirles lo que claramente percibía como fallo de mis ovejas! Hace muchos años, en una Misa que celebró en Santa Teresita, mi parroquia de entonces, mi querido Arzobispo Pedro Meurice arremetió contra la tibieza de nuestros fieles. Tan fuerte fue la reprimenda que me sentí impulsado a defender al pueblo recordándole, en plena Misa, a mi arzobispo la difícil vida que llevaban. Mi sabio padre-obispo, cuando yo terminé de hablar, me dijo: -"José Conrado, no los defiendas. Ellos, tú y yo, le estamos faltándole a Dios. Somos responsables de la blandenguería con que servimos al Señor, que lo dio todo por nosotros en la cruz. No les tengas lástima, porque llegará el día en que ellos, y nosotros dos, seremos juzgados de tibieza, si es que antes no nos arroja el Señor de su boca: "porque no eres ni frio ni caliente: porque eres tibio, yo te vomitaré de mi boca". (Ap. 3,16).

Me callé y me senté. Avergonzado, porque me di cuenta que Maurice tenía toda la razón. Nosotros éramos los centinelas, los guardianes del rebaño… pero cuantas veces habíamos olvidado la primera lectura de su ordenación de obispo y de mi ordenación de cura: "No digas que eres un muchacho: que a donde yo te envíe, iras; lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo, porque yo estoy contigo… No les tengas miedo; que si no, yo te meteré miedo de ellos". (Jer 1,7-8, 17).

Pastores cobardes de un pueblo cobarde… ¿A dónde vamos a parar? Cuenta la historia que Séneca el filósofo estoico romano, le dijo a su antiguo discípulo, el emperador Nerón: "Todo tu poder sobre mí se asienta en el miedo que te he tenido. Ese poder se desvanecerá cuando deje de temerte. Y, en verdad, ya no te temo más". Nerón lo condenó a muerte, pero Séneca era al fin libre. Libre del miedo y de la vida abyecta de los que venden su primogenitura por un plato de lentejas.

"Sin patria, pero sin amo". La misión de la Iglesia es ayudar a la gente a perder el miedo. Cristo lo dijo tantas veces a los apóstoles: "No tengan miedo… La verdad les hará libres". La "indefensión aprendida" o desesperanza inducida, como expuse en mi tesis para la licenciatura de periodismo, es el arma que permite a los poderosos de este mundo arrebatarnos la responsabilidad, la conciencia de nuestra dignidad, es decir, nuestra capacidad de decir la verdad y hacer el bien. Porque, "libertad es el derecho que tiene todo hombre a ser honrado, a pensar y hablar sin hipocresía" como enseñó Martí a los niños en "La Edad de Oro".

Lichi, el hijo de Eliseo, lo expresó en esta disyuntiva, que tomó del personaje de un cuento de Horacio Quiroga. "…El peón, muerto de miedo pero dispuesto a morir con dignidad, le grita al capataz de la hacienda: Que no te obedezca no quiere decir que te traicione". Lichi continua diciendo… "Podría voltearse la moneda: que te obedezca no quiere decir que te sea leal. Hoy me escudo en el pecho de Quiroga, concluye Lichi, para decir que el miedo puede explicar buena parte de lo sucedido en mi país".

Esta extraña introducción sirve de exordio a mis reflexiones finales, o más bien a mis experiencias finales. Como ya dije antes de tomar las decisiones más drásticas frente a la pandemia del coronavirus, recibí la visita de dos funcionarias, una del partido y la otra, del ministerio de justicia. Y me comprometí a apoyar las medidas que ya contemplaban las directrices emanadas de la Santa Sede y de otros países. Y así lo hice. Pero en las semanas siguientes recibí varias visitas averiguando si estábamos ateniéndonos a las medidas. Al parecer, las puertas abiertas del templo (aunque permanecían cerradas las rejas) que impedían entrar en la Iglesia, y mis largas misas diarias cantadas, hacían sospechar incumplimiento mío al respecto. Yo había explicado a la feligresía que se unieran espiritualmente a las celebraciones desde sus casas. Así fue por más de un mes, incluía la Semana Santa, es decir, marzo y abril.

El 26 de abril, (llevábamos más de 45 días sin casos de COVID-19 en la ciudad) cuatro personas pidieron de favor participar en Misa dominical y se les permitió. El domingo 3 de mayo vinieron 11 personas. Tomadas todas las medidas de alejamiento (cinco metros, con nasobuco y previo lavado de manos y zapatos, al entrar y salir del templo). Esa semana recibí la visita de ambas funcionarias para reclamarme por la presencia de esos pocos fieles. Yo les dije que el próximo domingo no dejaríamos entrar fieles. Pero no me había dado cuenta que era domingo de las Madres, muy importante para nosotros, los cubanos. El Día de las Madres, dejamos pasar doce personas y dos técnicos que llegaron temprano para hacer un arreglo urgente de un problema eléctrico en la casa parroquial. Pero a las 9 en punto se cerró la reja para que nadie pasara. Cuando se abrió la reja, al finalizar la Misa, "entró la caballería blandiendo la cimitarra".

Salí a saludar a los "compañeros", que bastante descompuestos comenzaron a discutir con los fieles. La respuesta de los fieles fue contundente: antes de venir al templo habían visto a las gentes arracimadas en las colas, sin medidas de protección y sin policías que las organizaran, a diferencia de lo que ocurría en el templo. Marta, conocida por sus compromisos revolucionarios desde la resistencia ciudadana a la dictadura de Batista, fue la primera en tomar la palabra: "Cuidadito con tocar al padre. El no invitó a nadie a venir. Estamos aquí porque nos dio la gana y las medidas de protección que hemos tenido aquí no las he visto en ninguna parte". "Váyanse a cuidar las colas donde no se guarde distancia, ni se está protegiendo a la gente. Ahí sí los necesitan". Cuando pidieron el carnet, sólo un fiel lo tenía. Pero Martica dijo: "Yo no traigo carnet, pero me sé el número de memoria. Si le ponen multa al hermano, que me la pongan a mí también". Al final, solo a Albertico le pusieron la multa: cien pesos de los 350 de su jubilación mensual. (Pensamos hacer una colecta a un peso por persona, para pagar la multa de Albertico).

Cuando en el pico de la discusión la compañera del Ministerio de Justicia dijo que ella cumplía órdenes, y que las había recibido de Caridad Diego que la haba llamado del Comité Central", fui yo el que salté. "Un momento, esta discusión no tiene como causa la pandemia. Esto lo quieren convertir en un asunto político. Por favor dígale, a Doña Caridad que yo no le tengo miedo. Si ella está detrás de esto, es por una cuestión personal. Desde hace 25 años, cuando le escribí a Fidel una carta sobre la desesperada situación del pueblo, esa señora la tiene cogida conmigo. Ella debería obedecer al comandante difunto, que en aquel entonces, cuando ella le pidió instrucciones sobre las medidas que tomarían contra "ese cura ingrato que se atrevió a enfrentar a nuestro comandante", Fidel le dijo "Dejen al cura tranquilo".

Al final, quedamos en tener una reunión al día siguiente, con la responsable municipal de higiene y epidemiología. En un clima de respeto y comprensión tuvimos esa reunión. Yo expliqué que si no rechacé ese domingo a las 12 personas que vinieron fue porque me percaté que estaban estresados, pues la prensa hablaba de los fallos que tenía la atención a la pandemia en EEUU y que ellos tenían sus hijos y nietos y otros familiares en ese país. Y venían a rezar por ellos. En base a las medidas que habíamos tomado en la parroquia yo sabía que aquí estarían fuera de peligro. (En algún momento del día anterior una de las funcionarias dio a entender que no me interesaba la seguridad de mis feligreses… sin tomar en cuenta que la gente también puede morir de estrés, de angustia, no solo del coronavirus). Un guía, político o religioso, debe tener en cuenta todos los factores, (digo yo), porque "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la Boca de Dios".

Me fijé en la Misa televisada los domingos: hasta 15, o más personas en un espacio cuatro veces menor que mi templo parroquial. Por otra parte yo había conocido de otras parroquias que habían tenido misas con algunos fieles, incluso más que los venidos a Paula estos cuatro domingos, sin ser requeridos ni amenazados por las autoridades… ¡incluso en Semana Santa! Todo eso me indujo a pensar que podría abrir un poco la mano, para ayudar a personas que lo necesitaban, sin crear mayores problemas ni significar una amenaza para las personas. Pero la verdad es que yo siempre he sido un hombre bastante ingenuo… Lo que yo hiciera, fuera lo que fuese, siempre sería mal interpretado por las autoridades…

Al domingo siguiente, 17 de mayo, sólo había 4 personas en Misa. Yo me había quedado dormido y ya estaban en el templo cuando bajé. Es muy duro expulsar a gente que viene desesperada. A la quinta, la siguió, desde su casa hasta la Iglesia, un carro que manejaba un militar con uniforme. A esta señora, la única que preguntó se debía quedarse, le dije, -"váyase a casa. No quiero que piensen que los estamos provocando. Esa no es nuestra intención". Esta vez el piquete, oficial u oficioso fue mayor. Se sentaron en el parque a esperar el final de la Misa. Pero esta fue tan larga y con tantos cantos, que al final se fueron. Cuando al salir de Misa los pocos fieles que habían participado en ella me comentaron que el parque estaba vacío, les dije, muerto de risa: "No cabe dudas que la Misa tiene la virtud de espantar a los demonios".

A pesar de esta frase jocosa quiero dejar bien en claro que detesto la demonización del diferente, del que piensa distinto o pertenece a "otra iglesia". La postura acrítica que le perdona todo al que piensa como yo, y que ataca a destajo al enemigo, me parece una de las mayores miserias del tiempo en que vivimos. Cuando le comenté a mi hijo español, Felipe Ronda (a quien yo le digo "Felipe I de España", pues el Rey es Felipe VI, ¡y que me perdone la Corona si con eso la ofendo!) me dijo: "Viejo, los políticos manipulan y quieren sacar ventaja hasta de las pandemias. Todo lo vuelven propaganda y manejo del poder. Aquí en España están haciendo lo mismo".

Por eso admiro profundamente a mi amigo el periodista judío-argentino Andrés Oppenheimer, que tanto ha escrito sobre la corrupción, lo mismo en EEUU, que en América Latina, lo mismo a la izquierda que a la derecha. Su primer Pulitzer lo ganó por su investigación sobre el Irán-Contras. Me siento muy honrado por las palabras que estampó en su libro "Crónicas de Héroes y Bandidos" sobre la corrupción lo mismo de políticos y militares, que de empresarios e intelectuales… aunque en su libro habla no sólo de la corrupción, sino de las virtudes y buenos ejemplos de hombres y mujeres, que, a pie o desde el estrado del poder, son ejemplos buenos a seguir: "Para José Conrado, a quien admiro profundamente, entre otras cosas, por su coraje para denunciar bandidos. Tu amigo", Andrés Oppenheimer.

Me gusta siempre hablar "de lo bueno de lo malo". Me parece que el más divino atributo de Dios es que puede sacar bien hasta del mal. Como se las arregla, no me preguntes: mi teología no llega tan lejos. En estos meses se hizo viral una caricatura que mostraba a Dios hablando con el diablo: éste, frotándose las manos le decía a Dios "¿te fijaste cómo de un plumazo te cerré todos los templos…? Mientras Dios, sonriendo apaciblemente, le respondía: ¿Te fijaste como he convertido cada hogar en un templo? El coronavirus se ha convertido en una lección dura, pero quizá necesaria. Hay que volver a lo esencial. Dejar a un lado el orgullo tonto, la ambición ciega, la vanidad vacía y descubrir que Dios nos ha dejado dos grandes sacramentos de su presencia: la Eucaristía y los seres humanos: en especial el más necesitado de nuestra solidaridad y de nuestro amor. Hay que apreciar a ambos sacramentos en todo su valor. No olvidemos que el sacramento es no sólo signo, sino instrumento: realiza lo que significa. Cuando no podemos ni abrazar a quienes amamos, ni celebrar la presencia viva de Dios en su Eucaristía, es cuando mejor comprendemos su valor… porque "nadie aprecia lo que tiene hasta que lo pierde", como dice el refrán. Amén.

Nuestros médicos y enfermeros, en Cuba y fuera de nuestras fronteras, nos dan ejemplo de esa entrega que se hace sacrificio, en favor de los demás. Como cada noche a las nueve en punto, mi aplauso para ellos y mi gratitud por lo que hacen. ¡Que Dios los bendiga y dé frutos de sanación a su labor!

Carta abierta al papa Francisco

Querido Santo Padre:

Soy un cura cubano. Un cura de a pie, simple obrero en la viña del Señor. Un cura que lleva en su corazón las marcas de los sufrimientos y esperanzas de su pueblo. No tengo otro título para escribirle que esos desvelos que me llevaron un día a decir "sí" al llamado del Señor Jesús. Por mi doble condición de discípulo de Jesús y de servidor de mis hermanos, me atrevo a dirigirme al que es "Siervo de los siervos del Señor" y compartir con Ud. mis preocupaciones y desvelos.

Recientemente visité a nuestros hermanos del exilio. Y en la capital del Exilio cubano, en la Ciudad de Miami, me enteré del nombramiento de un nuevo obispo auxiliar de origen peruano. No tengo objeciones respecto de las virtudes e idoneidad del nuevo auxiliar. Pero me llama la atención que en la Diócesis en que viven más de un millón de compatriotas y es servida por varias docenas de sacerdotes de origen cubano, que han demostrado su amor a la Iglesia y su entrega al servicio del pueblo de Dios en esa ciudad, no haya desde hace años un obispo cubano que acompañe más cercanamente a nuestra grey allá. Las reacciones de muchos amigos, su extrañeza ante esta situación, me han hecho pensar al respecto. Cuando la desgraciada situación que aqueja a nuestro país afectó a tantos compatriotas, y a lo largo de casi sesenta años, los cubanos encontraron refugio en el país vecino y de manera especial en esa Ciudad, (segunda ciudad con más cubanos, sólo superada por La Habana, nuestra capital). Al llegar nuestros compatriotas, Miami no era "más que un potrero sembrado de gasolineras", (al decir de un amigo sacerdote cubano de allá); hoy es una gran metrópoli, quizá la más pujante de Estados Unidos. Y nadie puede dudar que esto ha sido, en parte muy esencial, obra de los cubanos.

Las particulares características de la inmigración cubana, salida en su inmensa mayoría sin un centavo de Cuba y las páginas escritas por esa inmigración, verdadera epopeya civil y religiosa, que hizo en especial de Miami, la metrópoli que es hoy, reviste tales caracteres que no debieran pasar inadvertidos por parte de la Iglesia que peregrina en Norteamérica, ni por la Sede Apostólica. El empuje de mis compatriotas, los profundos vínculos con sus orígenes históricos y religiosos, son de tal calibre que ignorarlos sería cometer una gran injusticia. Los cubanos se han convertido en la minoría más exitosa de cuantas se han asentado en ese país multiétnico y pluricultural. La cantidad de senadores y representantes, estatales y federales, el calibre y cantidad de los que se han distinguido en el ámbito cultural y académico, la pujanza en el mundo empresarial y financiero, incluso en el aspecto espiritual y religioso, constituye un legítimo orgullo de la Patria cubana. Pero sobre todo la fidelidad a nuestros orígenes y a nuestra identidad y raíces, y a la fe de nuestros mayores, hacen de nuestra comunidad en el exterior un fenómeno sociológico e histórico muy peculiar.

Hace más de 30 años, cuando yo estudiaba en la Universidad de Comillas, la familia de un hermano sacerdote francés, misionero en Cuba, me pagó el pasaje y la estancia en París, donde su congregación religiosa y su familia le celebraban a mi amigo sus bodas de plata sacerdotales. Con mi amigo visitaba el palacio de Versalles cuando nos abordaron tres jóvenes, dos muchachas y un varón, de menos de 20 años. En perfecto castellano nos preguntaron cómo se conseguían las entradas para visitar el famoso Palacio. Me llamó la atención su buen comportamiento y el excelente manejo de nuestro idioma, y les pregunté de donde eran. Ellos me contestaron: "somos cubanos". ¿Cubanos de Cuba, de que parte de la Isla? -"Bueno, nacimos en Boston, pero somos cubanos", me dijeron. Me sentí conmovido hasta las lágrimas. Con qué orgullo me dijeron ¡"somos cubanos"! Santidad, esa cubanía ha sido asediada y herida de tantas maneras, dentro y fuera de Cuba, para los que se fueron y para los que nos quedamos, pero allí estaban esos tres jóvenes para los que el lugar de nacimiento era un mero accidente fruto de las circunstancias, !pero lo esencial estaba en la Patria que se lleva en el Corazón!

Ud. nos acompañó en la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba, y quizá escuchó, en vivo, las valientes y certeras palabras de nuestro primado, Mons. Pedro Meurice Estiu, al Romano Pontífice en Santiago de Cuba: "Le presento además a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un Partido; la Nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas, y la cultura con una ideología…, se sienten desarraigados… Algunos consideran éstas como una de las causas del exilio interno y externo…" Yo solía llamar a mi querido Arzobispo "el León del Oriente". Éramos del mismo pueblo, San Luis, y nuestras familias eran muy amigas, en especial mi abuelo y su padre. Desde niño él fue una inspiración para mí, y con su visto bueno (era el encargado diocesano de vocaciones ) entré al Seminario. Yo le había pedido a Monseñor Meurice unos meses antes de la visita papal, que le hablara claro al Santo Padre sobre la verdad de lo que estaba pasando nuestro pueblo. "Yo espero que el León del Oriente ruja", le dije. Quince días antes de llegar el Papa a Cuba, recién llegado yo de España, después de almorzar juntos en el arzobispado de Santiago de Cuba, él me dijo: -"Muchacho, el León es un ratón, pero va a rugir de todas maneras". Meurice habló al Papa "del pueblo que sufre aquí y que sufre allá", fuera de la Isla: ambos constituyen al único pueblo de Cuba. Y la suerte de todos los cubanos está, para mí, irrenunciablemente e inexplicablemente, vinculada.

Verdad es que los cubanos somos petulantes, a veces hasta la arrogancia, e irremediablemente parlanchines… Somos bastante parecidos a los argentinos. Aunque sinceramente, y sin ánimo de ofender, Santidad, yo creo que en esa carrera ustedes nos llevan un trecho por delante. Sin embargo yo vivo orgulloso de mi pueblo, que en Cuba y fuera de ella, "lucha, sufre, ama y espera". Si hasta ahora le he hablado de la Cuba que vive fuera de la Isla, ahora debo hacerlo de la que vive en la Isla. Los cubanos de la Isla también sufrimos un destierro de casi 60 años. Lo llamamos "incilio". Somos un país donde los jóvenes no quieren vivir y los viejos no pueden hacerlo. La miseria económica asfixia a mi gente. La violencia interna, y su máximo exponente, el miedo, los atenaza y acorrala. Como dijera al obispo Sarmiento en 1537, Miguel de Velázquez, el primer sacerdote y maestro cubano: Cuba es "una tierra triste, como tierra tiranizada y de señorío". Quinientos años después lo sigue siendo.

Santidad, la pobreza económica, fruto del control absoluto por parte del estado de la esfera productiva y comercial, no solo asfixia la vida cotidiana en ese aspecto, sino que interfiere en todas las esfera de la vida. Estamos a merced de los precios inflados en los que adquirimos artículos de la peor calidad, comprados al por mayor en China y vendidos a precio de millonarios al pueblo. Nos explota nuestro propio gobierno, pagándonos sueldos de miseria y en moneda desinflada, cuando las tiendas, propiedad del estado, venden en moneda convertible. Leemos una prensa que solo refleja una opinión, la oficial, y que calla o tergiversa la realidad y la verdad. Pagamos de nuestro bolsillo los policías que nos reprimen (y que ganan mucho más que nuestros médicos y maestros) y tenemos que aguantar, en nuestra propia tierra, que un turista tenga más derechos que nosotros. Me duele la respuesta de aquel niño al que se le pregunto qué quería ser cuando fuera mayor, y respondió: "quiero ser extranjero".

El destacado intelectual católico José Lezama Lima, fundador con el Padre Angel Gaztelu de la revista "Orígenes" dijo a finales de los años cincuenta, que "el cubano construía sus grandes catedrales en la tierra del futuro". La futuridad era la característica fundamental de nuestra idiosincrasia. A Finales de los 90, un joven filósofo, Emilio Ichikawa, sentenció que "Cuba era el país del no-futuro". En 50 años la esperanza se nos fue a bolina. "La desesperanza inducida" o "indefensión aprendida" constituyen el concepto clave para comprender la realidad cubana, como he explicado en mi tesis para la licenciatura de periodismo (Salamanca, 1999). Un apotegma de carácter popular, expresa esta realidad: "a este gobierno no hay quien lo tumbe, pero tampoco quien lo arregle". Nos sentimos inertes e indefensos frente a una realidad que nos asfixia y nos aplasta, pero que no podemos cambiar. Y sin embargo, desde los años noventa del siglo pasado, vengo diciendo: "En Cuba hay un acuerdo silencioso y unánime: la necesidad del cambio". Aunque también es verdad que siempre le añado a lo anterior… "en Cuba todo el mundo quiere que haya velorio, pero nadie quiere poner el muerto". Hemos perdido ese sentido de civilidad y compromiso que nos lleva no solo al esfuerzo, sino al sacrificio por ayudar a los demás. "Nos han casado con la mentira y nos obligan a vivir con ella", al decir martiano. Como me dijo susurrando, aquella viejecita del asilo estatal de Candonga: "padre, nos matan de hambre…" y hablando más bajo aún, añadió: "pero no se puede decir…" Ya no podemos hacer como la viejita de Candonga… ya no podemos callar más, ya no podemos aceptar vivir en la mentira, "en el silencio de los corderos". Recuerdo aquella canción chilena de los años 70, bajo el gobierno de Pinochet: "Díganle al Papa que vive en Roma, cómo le matan a sus palomas".

Por eso, Santo Padre, su viaje a Cuba en el 2015, resultó para mí bastante frustrante. En varias ocasiones, y respondiendo a la prensa del exterior (en Cuba no existo: ni me preguntan, ni se atreven…), dije que Ud. como Papa, en sus palabras y acciones, "me había sorprendido muchas veces, pero nunca me había defraudado". Seguí con atención sus intervenciones en otros países, en los que no se cansó de proclamar la verdad y de defender al pueblo y sus derechos. Pero en Cuba su lenguaje cambió. Y qué tristeza sentí cuando su santidad guardó silencio ante el atropello cometido contra personas de la disidencia interna, invitadas por Ud. a saludarlo en la nunciatura y en la catedral de la Habana, que fueron impedidas de llegar a Ud. porque fueron detenidas por las fuerzas de la Seguridad del Estado. Ese silencio, Santidad, me dolió. Me avergonzó. Quizá Ud. protestó en privado, pero las detenciones fueron públicas y notorias, injustificadas e indignantes. "¡Díganle al Papa que vive en Roma…!"

Conozco lo suficiente el funcionamiento de la Iglesia como para saber que cuando un Papa visita un país sus palabras y actos, las acciones y reacciones, son pautadas según el criterio del episcopado del lugar y por la nunciatura en ese país. Bien sé que la Santa Sede suele ser muy cuidadosa, y respetuosa, del principio de subsidiaridad. Por eso, lo que he dicho no es un juicio de condenación, es una confesión de cómo me sentí, y conmigo, puedo asegurarle, gran parte de los agentes pastorales: curas, religiosos, religiosas y laicos comprometidos… ¡Y hasta obispos!

Santidad, pienso que es legítimo que cada cual mire la realidad desde su propia experiencia. "Yo soy yo y mis circunstancias", que decía Don José Ortega y Gasset. Esto explica la dureza un poco unilateral de San Juan Pablo II con dos hombres que venero al igual que al formidable campeón de la fe que fue el Papa Woytila: Oscar Arnulfo Romero y el Padre Pedro Arrupe. ¡Y los tres eran santos! Pero desde su experiencia del totalitarismo marxista, el Papa temía que aquellos dos hijos fieles de la Iglesia pudieran ser manipulados y convertidos en "tontos útiles", sin quererlo, al servicio de oscuros intereses. Los dos hijos fieles de la Iglesia sufrieron la incomprensión y se mantuvieron fieles a las mociones e inspiraciones del Espíritu. Y los tres dieron gloria a Dios y ejemplo a los hermanos. Ud. en Argentina sufrió la persecución de los generales golpistas, que se proclamaban católicos pero encarcelaban, y llegaron a asesinar, a obispos como Angeleli, sacerdotes y laicos solidarios con los más pobres. Usted, con razón, es sensible a esa realidad, que compromete la credibilidad de la Iglesia y la mancha con la ambigua situación que genera. Pero "lo cortés no quita lo valiente". Hay que comprender bien la realidad que no hemos vivido, pero que puede ser tan mala, y a veces peor y con mucho, de la que hemos vivido y conocemos en carne propia. Por eso nosotros tenemos que hablar, y con toda claridad. Y Ud. debe escucharnos.

Perdone Ud. si esta carta suena al "discípulo que se atreve a dar lecciones al maestro". En el Libro de los Hechos se nos relata cómo Pablo reconvino a Pedro en la cuestión de los judaizantes… salvando las enormes distancias: era Pablo advirtiendo a Pedro, los dos colosos de la fe. Ahora es un simple cura de pueblo el que se dirige a Pedro, el Pastor Supremo… Sabemos que en este mundo los de arriba dicen y deciden y los de abajo callan y obedecen. En la Iglesia, por el principio de colegialidad y fraternidad, ante las situaciones, podemos y debemos "levantar la voz y advertir el peligro". En esto no hacemos más que cumplir el mandato del Señor Jesús, que después de hablarnos de los grandes según este mundo (los que se presentan como benefactores de la humanidad, pero explotan y aplastan a los pueblos) nos dice: "pero entre Uds. que no sea así… el menor es el más grande y el que entre ustedes quiera ser primero, que primero se disponga a servir". Y yo añadiría… y a escuchar.

Querido Padre, perdone Ud. mi desenfado en decirle lo que pienso. En dos ocasiones anteriores he escrito a los presidentes de mi país: a Fidel Castro en 1993 y a Raúl Castro en el 2009. Fueron cartas fuertes, pero respetuosas. Mas fuertes las he escrito a un cardenal, a un arzobispo, a un nuncio de su Santidad y al Rector de la Universidad Pontificia donde estudié cuando tuve que salir de Cuba, a raíz de mi carta a Fidel. Algunas fueron tan fuertes que desistí de enviarlas, por temor a hacer, con mis palabras, más mal que bien. Porque no otra cosa me impulsa a hablar sino el servicio que le debo a la verdad: en bien de su alma y de la mía, y de servir al pueblo de Dios.

Perdóneme Ud. el atrevimiento y no me aleje de su corazón, ya que me siento su hijo en el Señor. Rece por mí, como yo lo hago, cada día, por Ud. y la difícil misión que le ha sido confiada. Que la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre lo bendiga a Ud. y nos bendiga a todos los cubanos.

José Conrado Rodríguez Alegre, Pbro.

Párroco de Paula. Trinidad. Cuba.

Enero del 2018

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