MIAMI.- Cincuenta días después de las protestas que se registraron desde el 11-J en más de 60 localidades de Cuba, suman casi 900 los nombres de personas que han sido detenidas o han estado en paradero desconocido por sus familiares. De esos 900 casos, más de la mitad ya han podido ser verificados como parte de una iniciativa de transparencia ciudadana en pos de la justicia. Algunos han sido excarcelados con multa o fianza, otros continúan en prisión "preventiva".

Cada uno de los nombres que aparece en el listado ha sido proporcionado por familiares, amigos o conocidos, tanto en el espacio físico como en el virtual, donde desde el día 11 de julio fue creado el grupo Desaparecidos #SOSCuba. Al principio, en medio del caos que desencadenó la respuesta represiva a las protestas, el grupo permitió a familiares de detenidos —o en ese momento desaparecidos—, canalizar sus denuncias. Poco a poco, la lista empezó a crecer y a cada nombre se le fue poniendo el rostro que le correspondía.

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Los números, si de algo dan cuenta, es de familias sin sosiego desde la hora en que el grito ciudadano de libertad, comida y medicamentos fue ahogado con un llamado al combate porque, según el gobernante Diaz-Canel, las calles de la isla son (solo) para los “revolucionarios”.

La zozobra empezó para Jennifer Reyes varios días después de las protestas. El 22 de julio los policías fueron a su casa, en La Lisa, por su hermano Alejandro Reyes, y por su esposo Marlon David Batista Martínez. Les dijeron que planeaban trasladarlos para la unidad policial, que era algo “voluntario” solo para investigar su presencia en la manifestación. Jennifer insiste en que ambos participaron pacíficamente, no realizaron actos vandálicos ni agresiones, y deja claro que son “padres de familia” a pesar de ser jóvenes.

No obstante, a Alejandro y a Marlon se los llevaron como parte de un operativo que incluyó 6 o 7 carros patrulleros y varias motocicletas. Desde entonces no han regresado a casa: “están acusados de atentado”, dice Jennifer. Precisa que no ha podido verlos y que las llamadas son de solo tres minutos que ni siquiera alcanzan para hablar del proceso penal porque aun cuando ellos quieren saber qué les dicen a los familiares, y viceversa, en preguntar “como están” se acaba el tiempo.

De llamadas breves que dejan mal sabor, cuenta también Lisandra Ferrer, quien tiene a su hija Liliana Oropesa en la prisión del Guatao [cárcel de mujeres en el occidente del país]. “Les habían quitado las llamadas, no sé por qué. Pero da igual, ya me llamó y supe de ella. Estoy más tranquila por saber de ella y que me hablara. Esto para mí ya es mucho. No sé ni qué voy a pensar. Tengo ganas de que la suelten ya pero no veo el día ni la hora en que eso ocurra”, dijo el 24 de agosto la madre.

No ha sido tan distinto para Emilio Román, un padre con sus tres hijos presos en cárceles distintas. No ha pasado uno solo de estos 50 días sin que él haya subido a sus historias imágenes de los tres: Emiyoslán, Mackyanis y Yosney. En las fotos se les puede ver en su cotidianidad, disfrutando las horas en familia, y hasta con los rostros embarrados de cake en celebraciones de cumpleaños. Eso ya no es posible desde que el 14 de julio se los llevaran. Emiyoslán, menor de edad que cumplió los 18 en prisión este 8 de agosto, no tuvo fiesta de cumpleaños y tampoco pudo ver a sus padres y hermanos.

En los últimos 50 días, padres e hijos solo se han comunicado por teléfono en muy pocas ocasiones y por cartas. El martes 31 de agosto Emilio recibió una carta de su hija Mackyanis cuando fue a llevarle aseo a la prisión. Sin acceso a telefonía fija, Emilio depende estrictamente de su móvil, en un país donde mantener un móvil cuesta tanto como alimentarse.

El padre continúa preocupado. A estas alturas, se siente más quebrado que nunca. El último día de agosto, también dijo que el anterior fue un día muy malo para él: “porque no sabemos qué va a pasar con nuestros hijos”, comentó. “El desespero nos está cogiendo”.

El 30 de agosto Emilio fue con su sobrino (excarcelado con fianza) a 100 y Aldabó [centro de detención de la Seguridad del estado, localizado en la capital cubana]: “y había muchos allí, haciendo los cuentos de lo que vivieron y tengo miedo porque dicen que como dos muchachos se tiraron la soga… Mis hijos quieren saber la sanción que les van a poner, están como locos”.

La preocupación alcanza, con una distancia aún mayor, a Reinier Leme, quien fue por muchos años vecino de la familia Román Rodríguez. La angustia de Reinier no es solo por sus amigos y vecinos de La Güinera, el barrio humilde donde creció, sino especialmente por su madre, Yaquelin Castillo, detenida también en la prisión del Guatao. “Ha sido súper duro. Sabes que la madre es lo más grande que uno tiene. Yo desde octubre de 2019 no la veo a ella ni a mis hermanos. Y estoy sin saber si puedo entrar a Cuba ya que he denunciado al gobierno en mis redes sociales”, dijo el joven residente en Dinamarca.

A miles de kilómetros de su madre —y con la distancia que impone ahora la cárcel—, Reinier padece una de las facetas más demoledoras del exilio. “Para lograr mis sueños e intentar ayudar a mi mamá, tuve que irme del país”, reconoce el Licenciado en Cultura Física y Deporte y también ex bailarín del Folklórico Nacional de Cuba. Para lograr graduarse, dice, tuvo que alejarse de su barrio. “Que no es fácil, hay muchos jóvenes con muchos problemas en mi barrio cada día. Y yo culpo al sistema que nunca ha hecho un programa educativo para ese barrio, no ha creado puestos de trabajo, y solo se encargan de joderle la vida a los jóvenes castigándolos por cada error de 5, 10, 20 años de prisión de libertad”, cuestiona, con el dolor adicional de que su hermano es uno de esos jóvenes presos, lo que revela capas más profundas de la “marginalidad” que nunca abolió la revolución cubana: “mi hermano Yanquier bárbaro fue consumido por el barrio y los malos hábitos que existen en él. El entró a prisión con 17 años y ahora tiene 22”.

Sobre su madre, Reinier destaca que nunca había estado presa: “siempre hemos sido muy pobres y el gobierno nunca la ha ayudado en nada. Si ves cómo viven ahora en pésimas condiciones y hacen todo lo posible por ayudar a mi hermano que está en prisión y a mi hermano menor, de 12, que está ahora viviendo con su tía. Mi mamá nunca había tenido problema con la justicia en Cuba, pero tampoco participa en los CDR [Comité de Defensa de la Revolución], y eso también lo pueden estar usando en su contra, ya que hay muchos vecinos ‘informantes’ [delatores] en su cuadra. Mi mamá siempre ha vivido en la Güinera, me parió a los 15 años tuvo que dejar su escuela y dedicarse a mi crianza. Por las malas condiciones de vida tuve que mudarme a la Universidad Manuel Fajardo en el Cerro. Así ella no tenía que preocuparse por comida para mí. Siempre ha sido muy luchadora por la comida de sus hijos y hacía hasta cosas que no digo para tratar de alimentarnos. Siempre hemos acudido al gobierno por ayuda, ya la casa se moja, o tiene techo los ciclones las has desbaratado mucho”.

Reinier lo resume así: “mira, yo tengo 34 años y el gobierno nunca nos ha apoyado, aún así yo pude graduarme de licenciado. Nunca a nadie le había interesado La Güinera. Y ahora después del 11 de julio es que ha salido hasta por la TV”. El maquillaje que les pongan en el Noticiero a este y otros barrios, sin embargo, no va a cubrir los baches históricos que padecen sus habitantes y que, el 11-J, no ha hecho sino revelarlos, aunque el gobierno se apresure en tapar con asfalto. El barrio que se debe rehacer se llama Cuba, y sus apellidos son los de cientos de personas detenidas y familias fracturadas.

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