domingo 22  de  marzo 2026
MEMORIAS

Confesiones a los 83 años

Ya mi padre no era escolta de Blas Roca, pero como medía 6 pies, pesaba 200 libras y era hábil manejando su Colt 45, lo situaron de recepcionista-custodio

Diario las Américas | TANIA QUINTERO
Por TANIA QUINTERO

Cuando se pasa la frontera de los 80 con la cabeza en su lugar, a falta de dinero y bienes, dejaré escritos en internet.

Toda mi vida he sido pobre, pero afortunada. Tuve la dicha de estudiar gratuitamente en aquellas escuelas públicas tan buenas como las privadas que había en Cuba antes de 1959. Solo dos veces mi padre pagó por aprendizajes para su única hija.

El primero, en el verano de 1957, cuando con dolor en su alma desembolsó 30 pesos por tres meses de preparación para aspirar al primer año de la carrera de contador en la Escuela Profesional de Comercio de La Habana. Los hice en la Academia de la Nuez, en los altos de una panadería-dulcería en Monte entre Romay y Fernandina. Si no conseguías plaza para el primer año, podías presentarte para el Pre Comercial. Obtuve la plaza no. 47 del primer año.

Fui una hija única atípica: desde muy pequeña, mi padre me preparó para que fuera una mujer independiente y pudiera enfrentarme sola a la vida. También me enseñó a pensar con mi propia cabeza y a no tener miedo a decir lo que pensaba. Nunca tuvo que exigirme que fuera estudiosa.

También era muy participativa en mi escuela. En 6to. grado, hicimos un periódico, mimeografiado. Se titulaba "Mi Escuela" y yo era la directora. Una de las principales colaboradoras era Rosa Daisy, que atendía la Cruz Roja. Y de quien volvería a saber cuatro décadas después.

Les cuento:

Una noche lluviosa de 1997 salí de casa de Raúl Rivero, director de la agencia de prensa independiente Cuba Press, y me fui a esperar la ruta 37 o la 68 en la parada de Infanta y Peñalver. De pronto, un hombre con una capa verde olivo me llama por mi nombre. Pensé que era de la Seguridad del Estado. Era el esposo de Rosa Daisy, sociólogo militar. Por él supe que mi compañera de la infancia estudió medicina y trabajaba como pediatra en un hospital infantil.

La segunda vez que mi padre desembolsó dinero fue en 1959, cuando quise empezar a trabajar. Y lo convencí para que me pagara clases de taquigrafía y mecanografía en inglés y español, en la Havana Business Academy, al doblar de mi casa, en Monte, entre Romay y San Joaquín. Tres clases a la semana, de dos horas cada una, costaban 8 pesos al mes. Aceptó, pero me dijo que tratara de aprender en un mes, porque 8 pesos era mucho dinero. Y en un mes aprendí a mecanografiar en español e inglés (como la taquigrafía no me gustaba, pronto la olvidé).

Ya mi padre no era escolta de Blas Roca, pero como medía 6 pies, pesaba 200 libras y era hábil manejando su Colt 45, lo situaron de recepcionista-custodio, sentado detrás de una pequeña mesa con un teléfono, a la entrada de las oficinas del Comité Nacional del Partido Socialista Popular, en Carlos III y Marqués González. En julio de 1959 mi padre se enteró de que Aleida, la mecanógrafa, iba a salir de licencia de maternidad.

Y le dijo al administrador, Guerrero (Secundino Guerra), que yo sabía mecanografiar en inglés y español. Guerrero me pidió que fuera antes de que Aleida saliera de licencia. Me pusieron a prueba un mes. En agosto de 1959 fui oficialmente contratada, la carta la firmó Blas Roca, ex jefe de mi padre durante más de veinte años, y quien, además de ser mi jefe, era mi tío político: era el esposo de mi tía Dulce, hermana de mi madre.

Pero el parentesco y el hecho de que la plana mayor del comunismo conociera a la hija del 'gordo Quintero' desde que nació no me favorecieron; todo lo contrario. Me exigieron más que si hubiera sido una desconocida. Y se los agradezco, porque me enseñaron a trabajar, de lunes a domingo y sin horario. El tesorero, Manolo Luzardo, me dijo que mi salario sería de 47 pesos al mes, que ese dinero era suficiente para una muchacha de 17 años.

Tenía buena ortografía y buena letra. Pero fue con esos viejos comunistas, sobre todo con Juan Marinello, con quien aprendí a redactar y mecanografiar impecablemente, sin chapucerías ni borrones (sí, ya existían esos papelitos de borrar; yo no los tenía, si me equivocaba, tenía que volver a empezar).

Aprendí a ser multioficio: no solo mecanografiaba toda clase de textos -incluidas tablas con números-, también 'picaba' dittos y stencils, atendía la biblioteca, tomaba notas en las reuniones, mantenía arreglada la oficina, ayudaba a La Mora a hacer café y servirlo a los visitantes.

Una vez por semana compraba sellos en el correo, que quedaba frente al Parque Estrella. También una vez a la semana, iba con La Mora a encargar raciones de arroz frito, chop-suey de puerco o pollo y maripositas, en el restaurante chino que había en la esquina de Belascoaín y Maloja, frente a la antigua Escuela de Artes y Oficios. Las cajitas las recogíamos a la hora del almuerzo del día en que había reunión del Comité Nacional.

Almorzaban en el mismo salón, les poníamos cubiertos, servilletas de papel y vasos de cristal con agua fría y café al final. Nada de cervezas o postres.

Los comunistas que conocí desde que nací y con los cuales, de agosto de 1959 a febrero de 1961, trabajé como mecanógrafa, eran austeros y ahorrativos, como mi padre, a quien pueden ver en esta foto almorzando en un acto del PSP en La Polar en la década de 1940. La mujer es Zoila 'Tania' Castellanos, que no sé si ya era esposa de Lázaro Peña y era conocida como compositora. Mi padre es el primero a la izquierda.

padre de Tania Quintero Cortesía/Tania Quintero
A la izquierda del todo, el padre de Tania Quintero.

A la izquierda del todo, el padre de Tania Quintero.

En los 61 años que viví en Cuba (1942-2003) trabajé en una docena de lugares, a veces con jefes mediocres o con menos experiencia y preparación, pero siempre impuse mi estilo de trabajo serio y disciplinado. Mi vida laboral fue de 37 años y nunca cogí un 'diez' ni vacilé en la 'pincha'.

Si en 2003, en vez de con 61 años, a la Suiza alemana hubiera llegado con veinte o treinta años menos, habría sido una excelente trabajadora. Porque precisamente aprendí a trabajar como trabajan los suizos.

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