Quisiera contar una experiencia personal. Nací en 1942. Procedo de una familia pobre, mis padres sabían leer y escribir, pero ninguno de los dos terminó el 6to. grado. Sin embargo, en mi casa nunca faltaron periódicos ni revistas. Como estudié inglés en una escuela nocturna gratuita, me interesaban las publicaciones en ese idioma.
Pero mi padre no me podía dar dinero para comprar Life, Selecciones, Time y National Geographic Magazine, entre otras revistas de Estados Unidos vendidas en los estanquillos habaneros. Mi madre habló con Fermín, el carbonero de la esquina, y cuando los vecinos le llevaban periódicos y revistas para envolver el carbón (entonces no se recogía papel como materia prima, como ahora se hace en casi todos los países), me guardaba las revistas.
No teníamos televisor, pero escuchar las noticias en el viejo radio RCA Victor era tan importante en mi casa como oír la transmisión de los juegos de béisbol del Habana, Almendares, Cienfuegos y Marianao, los cuatro clubes nacionales en mi época. Además, desde pequeña desarrollé el hábito de lectura.
Cuando en febrero de 1979 nos mudamos del Cerro a La Víbora, hacía trece años que mi padre había fallecido, pero el hábito de leer la prensa y escuchar noticieros por radio y televisión permanecía en mi casa. Eran informaciones manipuladas, tergiversadas, y busqué la manera de saber, con objetividad, lo que pasaba en Cuba y en el mundo.
Con el radio VEF, soviético, no podíamos escuchar la onda corta, pero a través de amigos extranjeros, sobre todo brasileños, conseguíamos revistas y libros. Eran en portugués, pero mis hijos y yo lo entendíamos bastante. Sergio, un amigo de Sao Paulo, me suscribió durante un año a la revista Veja.
Desde 1992 hasta mi salida de Cuba, en noviembre de 2003, todas las semanas iba a la Embajada de España, en la calle Cárcel esquina Zulueta, Pilar, secretaria cubana, me daba despachos cablegráficos de EFE que iban a botar y ejemplares atrasados de ABC, El País y Cambio 16.
Cuando en 1993 en el Museo de la Música investigué sobre el director austríaco Erich Kleiber, me resultó fácil, pues ese museo quedaba muy cerca de la embajada española. En pleno 'período especial', el rutero 4, que entonces hacía el largo recorrido entre Mantilla y la Habana Vieja, a veces demoraba hasta tres horas en pasar. Peor aún era la ruta 15, que nacía en el Paradero de la Víbora y terminaba casi al final de la Avenida del Puerto. No pocas veces me fui a pie desde Prado y Cárcel hasta mi casa, en la esquina de la Plaza Roja, en La Víbora.
Como el papel para escribir escaseaba, a partir de 1995 esos telex de EFE no los botaba: por detrás mi hijo y yo escribíamos a mano nuestros trabajos para Cuba Press, porque hubo un tiempo que no tuvimos máquina de escribir. Ya teníamos un Sony de 13 bandas, regalo de un amigo europeo. Fue una bendición del cielo: no sólo podíamos escuchar Radio Martí, sino también la BBC, Radio Exterior de España, Voz de América, Radio Francia Internacional y Radio Nederland.
Después, de la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba comenzaron a mandarnos (a nosotros y a otros periodistas independientes) la revista Newsweek en Español, que nos resultó muy útil y nos confirmó lo que ya en la revista brasileña Veja habíamos aprendido leyendo en portugués: una forma amena, sencilla y directa de hacer periodismo. Un estilo que definitivamente marcaría a mi hijo Iván García.
Si a un opositor o periodista independiente lo encarcelaban, su nivel de información dependía de tres factores: que le interesara seguir manteniéndose informado en la prisión; que los familiares que iban a las visitas consideraran importante que se mantuviera informado, llevándole libros, revistas y periódicos; y que el reeducador o carcelero permitiera que le dejaran pasar las publicaciones nacionales o foráneas.
Podría mencionar varios ejemplos, pero el mejor es el de Arnaldo Ramos Lauzurique, economista excarcelado en noviembre de 2010. Para Arnaldo, más importante que los alimentos, era que su esposa, la doctora Lydia Lima, le llevara periódicos y revistas, cubanos, que eran los que les dejaban pasar sin problemas a los presos políticos.
Basándose en informaciones y cifras gubernamentales, en los siete años y medio que Arnaldo estuvo preso, hizo una serie de análisis socioeconómicos y políticos. Hasta su fallecimiento, el 3 de noviembre de 2016, siguió utilizando la prensa estatal en la redacción de sus artículos. Cuando no hay pan, se come casabe.