LA HABANA, CUBA— Cuando el destartalado camión ZIL-130 de la era soviética parqueó a un costado de una pequeña tienda en la barriada de La Víbora, al sur de La Habana, y dos operarios comenzaron a descargar cajas de salchichas importadas de Brasil, más de un centenar de personas esperaban desde hacía varios días para adquirirlas.

Algunos, como Esnay, chofer estatal, estuvo cinco noches en la cola'. “Se corrió el run-run de que iban a traer pollo, aceite o perritos (salchichas). Como no se sabía el día, desde el lunes se organizó la cola. Yo era el número catorce. Cuando el sábado llegaron las salchichas pasé a ser el número 121, pues un montón de gente comenzó a colarse”, cuenta Esnay.

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Antes de comenzar a vender dos paquetes de salchichas por la libreta de racionamiento, un desaliñado policía, acompañado por tres miembros de las brigadas LCC (lucha contra coleros, según la jerga del burocrático partido comunista), intentan organizar la cola. Un tipo con facha de presidiario, fumando un cigarrillo en la comisura de los labios, reparte un trozo de cartón numerado a las primeras 50 personas de la cola.

“Na’ más llegaron perritos pa’ vender a cincuenta libretas. El resto llegará próximamente. Si no se organizan bien no podemos abrir la tienda. Depende de ustedes, señores”, dice con lenguaje barriotero. En la cola se arma un barullo que va subiendo en intensidad.

“Ni pinga, hasta cuándo tenemos que soportar la mariconá de ustedes. Los estibadores del camión nos dijeron que descargaron 300 paquetes de perritos, que a dos por libretas tiene que alcanzar pa’ 150 libretas. Déjense de más descaros, partía de sinvergüenzas”, grita una señora con las venas del cuello a punto de estallar.

El altercado amenaza convertirse en un disturbio. El policía saca la tonfa, intentando intimidar a la gente. Y lo que consigue es alterar más los ánimos. “También le van a dar al pueblo que reclama sus derechos. Tú eres más singao que Díaz-Canel”, le dice al policía un joven en short y chancletas, mientras la madre trata calmarlo.

Al grito de “delincuentes, bandoleros, rateros”, el policía y los tres miembros de la brigada LCC retroceden y se refugian dentro de la tienda. Las personas de la cola explican que siempre es lo mismo. “La mitad de lo que llega lo venden por la izquierda y se embolsillan el dinero. He tirado fotos con el móvil y las he subido a Facebook”, afirma una mujer.

Una vecina confiesa que hace más de tres meses que no puede comprar nada. “Entre los coleros, los abusadores, la mafia de las brigadas LCC, los empleados de la tienda y la policía corrupta, no he podido comprar ni pollo, ni picadillo ni perritos”.

Escenas como esa, con mayor o menor grado de desorden y gritería, son habituales en cualquier rincón de la Isla. Con el recrudecimiento de la crisis económica estacionaria que padece el país hace 63 años, a finales de 2018, gradualmente, se fue ampliando el desabastecimiento de alimentos y medicamentos, entre otros productos de primera necesidad.

En octubre de 2019, el impopular mandatario Miguel Díaz-Canel, al nuevo déficit de alimentos y combustibles lo catalogó como una “situación coyuntural” y alertó que sería breve, pues decenas de barcos anclados en otros puertos con toneladas de diésel, pollo congelado y otros artículos estaban prestos para zarpar rumbo a Cuba.

Mientras llegaba el maná, aconsejó a la población que compraran masas de pizzas de elaboración casera y comieran acompañada de una limonada bien fría. “El limón es la base de todo”, dijo Díaz-Canel, una frase que retrata la mediocridad institucional y el desconocimiento de la realidad por parte de la casta dirigente.

La pandemia, la apertura de tiendas en divisas y la implementación de la Tarea Ordenamiento, intentando frenar la inflación y valorizar el peso, se convirtió en una tormenta perfecta. La incompetencia de los gobernantes cubanos da miedo. Las fallas estructurales del improductivo modelo local frenan cualquier reforma económica. El régimen lo sabe. Es como querer que un viejo Ford de 1930 compita en una final de Fórmula Uno en 2022.

Para enderezar el disparate económico y político hay que derribar el edificio. Y probablemente los cimientos. Y comenzar de cero. No hay otra. Las reglas económicas que se aplican en Cuba fueron copiadas de manuales soviéticos con una alta dosis de expoliación feudal añadida.

Producir una cerveza o pollo congelado en la Isla es mucho más caro que importarlo. Esas deficiencias de génesis, que las detecta cualquier estudiante de bachillerato, unido al voluntarismo, letal burocracia y corrupción rampante, convirtieron en inoperante a la economía cubana. Raúl Castro intentó actualizarla con parches liberales, pero siempre con el freno de mano.

La agricultura cubana se encuentra en un estado ruinoso. Desde hace tres años, las cosechas de cítricos, frutales, hortalizas, vegetales y caña de azúcar han caído en más de un cincuenta por ciento. Las producciones ganaderas, avícolas y porcinas por el estilo o peor. Hay adolescentes en Cuba que jamás han probado una naranja, un bistec de res o un arroz con camarones.

Diario Las Américas le preguntó a 18 personas (seis jubilados, seis amas de casa y seis trabajadores (tres particulares y tres estatales), sobre sus hábitos alimentarios.

Doce confesaron que no desayunan nada, nunca. Tres toman un poco de café, porque el pan que les toca por la libreta lo guardan para la merienda escolar de sus hijos. Dos a veces desayunan pan con mayonesa o con aceite y toman café. Y solo uno puede comer pan con queso o tortilla y tomar un vaso de jugo o de yogurt por las mañanas.

De los 18, seis pueden hacer dos comidas calientes diarias y el menú habitual es arroz blanco o congrí, potaje (frijoles negros, colorados, chícharos, lentejas o garbanzos), ensalada o vianda. El plato fuerte, si hay, es un muslo de pollo, un pedacito de cerdo, salchicha o huevo. Quienes pueden comer caliente dos veces al día suelen ser personas en cuyos centros laborales tienen una ' búsqueda' (le roban al Estado). O que regularmente reciben remesas del exterior o que sus parientes les hacen llegar algunos de los combos de alimentos que a precios de usura ofertan en sitios online creados por el régimen para ordeñar a los emigrados cubanos.

Daniel, un cubano residente en Fort Lauderdale, Florida gasta unos 400 dólares mensuales en enviarle paquetes de alimentos a su familia en la Isla. “Con esa cantidad de dinero en Estados Unidos compro casi tres veces más de alimentos, más variados y de mayor calidad. Es un atraco del gobierno cubano, pero no me tengo otra opción para alimentar a mi madre enferma en La Habana”.

De los 18 encuestados, doce no reciben remesas; cinco de 100 a 200 dólares mensuales, y uno recibe 300 dólares al mes. A Letty, abogada que vive con su madre y un hijo en las afueras de la ciudad, mensualmente su padre le gira 150 dólares. Todo el dinero se le va en comida. "En 2012, con los 150 cuc de entonces, en el mercado informal podías comprar carne de res, pescado y mariscos. Ahora, o no hay y si aparece es demasiado cara. La inflación y el desabastecimiento ha escalado a tal punto que si no recibes una buena cantidad de dólares también te alimentas mal”.

Los precios de los alimentos en Cuba son un escándalo. En los últimos tres años, los precios se han multiplicado por cinco y diez veces. Todos los encuestados coinciden que para comer decentemente, los gastos representan cinco o seis veces el salario promedio de 3,300 pesos.

Los trabajadores cubanos han visto cómo la inflación devora sus salarios y ahorros. Ana, enfermera, aclara que “en enero de 2021 mi salario de 4,400 pesos equivalía a 110 dólares, ahora que el dólar vale 175 pesos en el mercado informal, me alcanza para comprar solo 25 dólares. En dos años mi salario ha perdido un 85% de poder adquisitivo”.

Gerónimo, pensionado, en 2019 "tenía en el banco 12 mil pesos, luego de la Tarea Ordenamiento, ese dinero es una calderilla que se gasta en una noche en un bar de copas. Cuarenta años de sacrificios y ahorros tirados a la borda por culpa de los disparates del gobierno”.

Tras el paso del huracán Ian y los desatinados operativos policiales ‘para frenar las ilegalidades’, todos los alimentos aumentado de precio.

La carne cerdo aumentó de 350 a 450 o 500 pesos la libra. Si es deshuesada, puede llegar a 700 u 800 pesos. Un cartón de huevo subió de 900 pesos a dos mil. Y una libra de cebolla de 130 a 200 pesos. Las tiendas estatales que venden alimentos en divisas, además de desabastecidas, aumentaron sus precios entre un 20 y un 50 por ciento. El queso gouda costaba 8.10 el kilogramo y ahora se vende a más de 14 dólares.

Todas las propuestas implementadas por el régimen han fracasado. Y, lo peor, no se ve la luz al final del túnel.

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¿La emigración interna en EEUU ha impulsado el aumento de precios? 30.8%
¿Los gobiernos locales deben ofrecer alternativas asequibles ante el alza de precios de alquileres? 35.67%
¿Las personas jubiladas deben recibir algún tipo de asistencia para poder enfrentar esos precios? 33.53%
31823 votos

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