MIAMI — “¿Hasta cuándo el descaro?”, pregunta una señora en La Habana. “Esto se acabó”, gritan en Cuba y el mundo. Recordaremos esta fecha: 11 de julio de 2021. Después de 62 años de dictadura, los cubanos salen a las calles a decir lo que callaron por tanto tiempo. La olla de presión se trancó, los chícharos salieron disparados, “aquello no aguantaba más”.

Los cubanos graban las imágenes con celulares para documentar las jornadas de protestas. Muchos lloran y gritan hasta perder la voz. Sienten, por primera vez, la caída de la mordaza. Enfrentan a un régimen que los reprime. Lo hacen como pueden, entre la euforia y la necesidad. Total, ya les quitaron todo, también el miedo.

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“Guillermo Tell no comprendió a su hijo, que un día se aburrió de la manzana en la cabeza”. Este fragmento de la canción Guillermo Tell, en el disco Jalisco Park (1989) del cantautor Carlos Varela, refleja esa inquietud de las nuevas generaciones por tomar las riendas de sus vidas. Los hijos de Guillermo Tell agarran la ballesta y mandan todo “pa’ la pinga” [sic], porque se tenía que decir y se dijo, porque no es vulgar la palabra que se usa para liberarse, porque “estamos hasta la coronilla de la muela revolucionaria”, que promete y nunca cumple.

Han sido 62 años con la manzana en la cabeza, bajo el filoso asedio de la punta de una flecha, diciendo lo que pensaban en silencio, forrando libros prohibidos con revistas Bohemia, poniendo el árbol de Navidad en el baño o en un clóset, cantando sin quererlo tonadas revolucionarias y marchando a regañadientes en una plaza para aparentar, por miedo, que se apoya al régimen.

Escala histórica

Hay una profunda sensación de esclavitud arraigada en el cubano, en su temor a decir lo que piensa, y eso se ha fracturado, a una escala histórica, este 11 de julio. La mujer abusada por su esposo comenzó a gritar, agarró una cazuela y la golpeó con toda su fuerza. El ‘esclavo’ le levantó la mano al que abusa de su nobleza. Ese esclavo salió con su hambre y con lo poco que tenía para defenderse frente a un ejército que controla hasta los desayunos con langosta que sirven en los mejores hoteles de la isla.

Para los sorprendidos, los que se llevan la mano a la boca en un “oh, no me esperaba esto”, los que dicen que Cuba es un paraíso, para ellos también cae esa pantalla idílica de Caribe y maracas, de son y mulatas. Y si usted quiere saber qué es aquello, tiene que vivirlo.

Detrás está la realidad: un pueblo condenado en una isla que pesa demasiado; abuelos que creyeron en la revolución; padres que entregaron todo por el sueño que vendía el relato castrista; profesionales cuyos salarios les hacían llorar a escondidas, por la impotencia, por la rabia, porque “esto no es vida, tanto quemarse las pestañas pa’ qué”.

¿Quiere usted más realidad? Mire el cansancio en los rostros, el hastío por tantos años de mentiras, de esfuerzo decisivo, de sobrecumplir hasta el último aliento, de escasez, pérdida de valores, empujón y repello en la guagua, maltrato en la oficina estatal, desidia, pizza de queso de condón, pollo por pescado, colas infinitas, pan de la cuota y humor negro machacado hasta el absurdo.

Pero hay más realidad, disculpe mi insistencia. Hay madres a las puertas de las estaciones policiales buscando a sus hijos. ¿Qué consuelo tienen? Hay familias llorando a sus enfermos en las casas porque en el hospital “no hay más ná”. Los cubanos siguen cayendo como moscas en las salas de la llamada “potencia médica”: por COVID, por hambre, porque la aguja de la jeringuilla está vieja de tanto reutilizarla, porque no hay analgésico para una niña, porque el oxígeno está en la clínica para turistas.

Y de todo ello culpan al embargo comercial de Estados Unidos, no la ineficiencia del sistema económico que profesan.

La relación del régimen y el pueblo cubano es la de un matrimonio que nunca confió en sus votos, sino en espejismos, y ahora se impone un divorcio por rebeldía. La persona a la que prometiste amor te ofende, te golpea, te amenaza, te censura, te impide salir y encima te exige lealtad. Si te tacha de traidor, es capaz de maltratar a tus hijos, a tu familia, de usar todas las herramientas posibles para impedirte crecer.

Demasiados años

Son demasiados años de violencia doméstica en este matrimonio mal llevado y mucho tiempo de espera a que la comunidad internacional despierte. Pero ya va siendo hora de que se destape esa opresión que por décadas ocurría entre cuatro paredes. Ahora se nota más que antes y no hay tecnología china que bloquee los videos, las denuncias. Esto es una verdad como una catedral, aunque el Granma diga que los pajarillos cantan, los árboles están en flor y tararí tarará.

Los cubanos en el exilio también sufren. Ambas orillas se mueren de dolor, porque desde afuera sigue doliendo la patria. Y no es poesía. Es este un dolor que viene desde los años 1960 con las familias rotas, los desaparecidos, los balseros que no llegaron. Este dolor deja cosas muertas y asesta machetazos a la fe, no cree en nadie.

Mientras unos esperan el momento más diplomático para poner en su agenda acciones contundentes, el golpe está que da al pecho en la islita del Caribe. El régimen lanza a los jóvenes a abusar de su pueblo. Al final de la jornada, ambos, represor y manifestante, se sientan a la mesa a comer, y es la misma mesa. Le dan las buenas noches a su madre, y es como si besara a todas las madres.

Los dos son el mismo cuerpo cubano, uno desde el súbito grito de libertad, otro desde la violencia ciega. La policía política va dando palos, tonfazos y balazos como si no hubiera un mañana, sin corazón, sin empatía, sin gandinga, como diría una vecina que tuve. Ahora no sé dónde estará.

Aquel que se sube a una patrulla volcada entiende, ahora, qué es la libertad. Cuba se llenó de cimarrones. Los cubanos alzaron la voz en una consigna que no ha sido dictada por el oficialismo, una frase que salió de la calle, de las entrañas, que se grita con convicción en un coro nacional: “Díaz-Canel, singao” [sic]. Perdone usted, se tenía que decir y se dijo.

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