Por Carlos L. Martínez
Como miembro de esa Generación Z, no puedo sentirme más orgulloso de lo que los jóvenes cubanos hemos logrado esta década
Por Carlos L. Martínez
Nadie se sorprende al decir que en Cuba alzar la voz sigue costando. Cuesta miedo y fuerzas; cuesta cargar el silencio de tantos que ya no pueden hablar. Cuando se alza, se alza para señalar al régimen que gobierna la isla y sacudir lo estancado mientras se asume el deber de no callar ante lo que sucede.
Por eso cada vez que veo a jóvenes de mi edad comprometidos con la libertad del país, me alegro de un modo especial. En Cuba ese compromiso se paga con vigilancia constante y citaciones arbitrarias; se paga con amenazas veladas y el decomiso de lo poco que se tiene. Vivimos tiempos donde a muchos jóvenes hablar de política les suena a ruido ajeno o pelea vieja que no les corresponde. Tanto dentro como fuera de la Isla, se siente como pérdida de tiempo o batalla perdida de antemano. Por eso impresiona ver a alguien escoger por voluntad propia el camino menos cómodo; por eso da esperanza.
Hace dos semanas nos llegó la noticia del arresto de Ernesto Ricardo Medina y Kamil Zayas Pérez, mejor conocidos como "El 4tico". Estos muchachos pertenecen a esa generación que hizo de la pólvora de lo inamovible el fuego que gestó las protestas del 11 de julio. Con una cámara y un ventilador roto lograron producir videos que informan la cruda realidad del país mientras desmontan las mentiras del régimen. No hacen política de espectáculo ni insulto fácil; hablan desde lo real y nombran lo que se intenta ocultar con una claridad que duele porque es exacta.
Organizaciones independientes han documentado que los muchachos del "4tico" permanecen detenidos en Holguín, bajo medida de prisión provisional. También se ha denunciado la confiscación de sus equipos y la apertura de un proceso penal por "propaganda contra el orden constitucional" e "instigación a delinquir". Estas acusaciones recaen sobre jóvenes cuyo "delito" ha sido mostrar la realidad que viven e invitar a su audiencia a imaginar un futuro distinto: uno donde se puedan debatir ideas libremente y construir un país en el que el esfuerzo individual esté protegido por la ley.
Pero este caso refleja algo más profundo que el destino de dos jóvenes. Refleja esa normalidad aprendida, esa forma de mirar el abuso como si fuera parte del paisaje, como si el atropello fuera inevitable. Un país se asfixia cuando lo intolerable deja de sorprender; cuando el abuso se vuelve tan cotidiano que ya ni lo notamos. Y es contra esa resignación que estos muchachos alzaron la voz. Por eso su arresto importa. Por eso su silencio forzado debe preocuparnos.
Su masa de seguidores, muchos jóvenes cubanos dentro y fuera de la isla entre 18 y 29 años, salieron a denunciar el atropello. A través de redes sociales y empujando a las organizaciones internacionales a reconocer este caso, se hizo escuchar el grito de una juventud que rompió hace tiempo con el paradigma de lo determinado y lo rígido. Una juventud que se niega a vivir en un país donde le dicen lo que tiene que hacer, y que exige un país que sirva y responda a la generación que demanda cambio.
Como miembro de esa Generación Z, no puedo sentirme más orgulloso de lo que los jóvenes cubanos hemos logrado esta década. Hemos continuado el legado de aquellos que vinieron antes con el reclamo que ha perseguido a la isla desde los orígenes de nuestra nacionalidad: el de una Cuba Libre. No es un adorno verbal ni un eslogan para dividir cubanos en bandos cómodos. Es un llamado viejo y persistente, hecho de trabajo, de dolor, de separación y de destierro; un llamado que pide algo simple y serio, que la vida de los nuestros pueda ser vivida con dignidad.
Martí advirtió que "cuando se cae un pino en el bosque, sale del tronco muerto un pino nuevo". Esa levadura heroica de la que habló no siempre se ve, pero obra. A veces empieza en lo pequeño: dos muchachos con una cámara y una idea; una verdad dicha con voz firme; una audiencia que despierta y deja de fingir que no entiende. Y cuando el poder cree cortar de raíz, muchas veces solo consigue mover la tierra; y en tierra removida, lo nuevo encuentra por dónde salir.
Si mañana nuestros hijos preguntan qué hicimos cuando se llevaban a jóvenes por pensar, no podemos responder con silencio. El silencio repetido se vuelve costumbre, y la costumbre termina educando a la próxima generación en la resignación. Por eso escribo. Por eso hablo. Porque el deber de hoy no es solo recordar a estos jóvenes, sino sostener la tierra removida donde los nuevos pinos puedan crecer—compartiendo sus nombres, exigiendo su liberación, y negándonos a que su voz sea borrada.
Carlos L. Martínez es un estudiante doctoral cubanoamericano de Economía en la George Mason University. Es Social Mobility Fellow del Archbridge Institute. Actualmente se está especializando en teoría de elección pública e historia económica.
