Hace dos o tres años, creo que dos. Ese día fui testigo de la canasta de un gay en una cancha de baloncesto llena de “machotes-machangones”. El muchacho, travestido, cruzó una cerca perle de casi dos metros de alto mientras la multitud lo seguía con la mirada y con aplausos. Una vez dentro de la cancha, los jugadores de ese campo heteronormativo se hicieron a un lado para que el protagonista del momento, habiéndose “robado” el balón, lanzara al arco. Resultó un tiro cien por ciento efectivo. Luego todo fue fiesta, alboroto, fotos, ron, pero en ese instante me ericé.

Fue lo más parecido a una república martiana con todes. Acompañé a mis amigos y vi a tantas personas hacer lo mismo que me quedo con toda la emoción de esa primera y única conga contra la homofobia y transfobia organizada por Cenesex [Centro Nacional para la Educación Sexual]en que estuve.

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Al año siguiente, 2019, castraron esa idea de república con que yo había fantaseado un día de un año antes, aunque no podría decir lo mismo de la pretendida inclusión en Cuba cada día de la vida. El intento de marcha que terminó con sangre en 2019 dice más que cualquier palabra que escriba.

Falta demasiado para esa república en la que bajo un mismo paraguas quepan no solo las libertades sexuales y de género, sino también las asociadas a las religiones que cada quien abrace y sin sujeción a un departamento del Consejo de Estado; así como la no discriminación racial, el bienestar animal, en un espacio donde se respeten todos y cada uno de los derechos humanos.

Este es un particular mayo de cuarentena para el mundo y Cuba no es excepción. Las jornadas habituales en torno al 17 de mayo han transcurrido desde lo virtual. Nadie sabe qué habría ocurrido si este año activistas LGBTI+ hubieran podido salir a las calles como hicieron el año pasado, sin autorización pública, pero acompañados por quienes aspiran a un país inclusivo. Esta vez conmemoraron en redes sociales la (no) marcha que tuvo lugar el año pasado en La Habana. Una marcha trunca en la que se habían abanderado luego de que el estatal Cenesex suspendiera la conga habitual. Desde los márgenes de la institución se gestó un movimiento independiente que derivó en la primera marcha de la comunidad LGBTI+ en la isla. Sin embargo aquella tarde todo acabó casi antes de empezar. La policía no uniformada sacó a golpes, a rastras, a unos cuantos de los que consideró cabecillas. Mucha gente grabó lo sucedido y las imágenes se divulgaron en redes sociales, se expandieron por el mundo. El cuadro infeliz no parecía salido de la época de las democracias, no de un país proclamado República hace 118 años, justamente el 20 de mayo de 1902.

En Cuba, esta suele ser una fecha que transcurre en silencio y no debido a la cuarentena. Nadie acostumbra mencionarla y, salvo algunas incursiones de las Damas de Blanco en el espacio público, no suelen efectuarse movilizaciones ciudadanas. Pocas son menos soslayadas en una prensa de efemérides, en la que la noticia suele ser el aniversario equis o ye de cuanto hecho dignifique, a ojos del Partido Comunista, la historia de la nación, en especial si se trata de hechos ocurridos después de 1959.

La épica discursiva no ahorra recursos retóricos para una desgastada alabanza a los hechos que terminaron en Revolución Cubana. Sesenta y un años han transcurrido desde entonces y la Revolución como concepto sustituyó a la República, la biensoñada con todos y para el bien de todos en las palabras de José Martí. La República, así, quedaba implícita en ese idea vaga y hasta imprecisa de Generación del Centenario, la llamada a dignificar al más universal de los cubanos cien años después de su nacimiento. El pretendido renacimiento veló la República para deslumbrar con Revolución. La República no sobrevivió más que cincuenta y siete años, aun cuando en constitución Cuba sea tratada como tal. ¿Pero ha sido Cuba una República alguna vez? ¿Ha tenido la isla la suerte de cumplir el “con todos y para el bien de todos”?

Mi generación y otras tantas que han pasado por las escuelas socialistas cubanas han sido instruidas para interpretar el 20 de mayo de 1902 como un fracaso: se le llama República mediatizada en los planes de estudio, se califica de frustrada, la libertad se le coloca dentro, en un ataúd, impedida por una nueva forma de colonialismo. Muy poco que yo pueda recordar en términos hechológicos; un aprendizaje basado en memorizar, repetir el mismo análisis. Enseñan que el 20 de mayo no hay nada que celebrar por haber quedado interrumpido el machete mambí bajo el dominio estadounidense, más allá de la ausencia definitiva de la bandera española enseñoreándose en el horizonte cubano.

Casi tres décadas después habla la bibliografía escolar con la que crecemos de un despertar de la conciencia nacional ahogado por las bridas del poder. Ese primer intento de Revolución —ni socialista ni comunista ni de barbudos— inició, sin embargo, la retórica que aplastaría el concepto republicano de Martí. Era, según los textos escolares, la de 1902 una República demasiado blanca, de primera clase y excluyente, sin correspondencia alguna con aquello por lo que se había peleado en la manigua y para lo que se había dialogado con la emigración. No daba sentido a los clubes de Tampa y Cayo Hueso en los que Martí se había dejado la palabra.

Escribo desde un punto abisagrado entre Miami y La Habana para dirimir conmigo misma qué es la Patria cubana, qué es lo que una joven como yo querría que fuese, más allá de esos versos siempre razonables en que se densifica su significado emotivo al ponerla a la altura de la madre.

Ciento dieciocho años después de la proclamación de la República, estamos en un punto tan angosto como país en el que precisamente se nos llama a pensar como país. ¿Es eso posible? Se le pide a un pueblo con economías familiares deprimidas que dé un paso para llenar una alcancía nacional que ayude a salir de la crisis alimentaria en primer lugar. Faltan productos básicos, las personas se agolpan en colas infinitas para comprar pollo o cualquier cosa que “saquen” a pesar de una cuarentena que la pandemia de COVID-19 impone a todos. La prensa oficial, entretanto, juega a denunciar escasez de carne en Estados Unidos o España, como para dejar claro que el país no estaría mejor si en vez de independencia priorizara prosperidad. Pero es que nunca estuvieron reñidas ambas en el discurso martiano de República. En el contrato nupcial del pueblo cubano con el gobierno revolucionario parece haberse estampado mal la línea: “en la pobreza y en la pobreza”. ¿Es ese el modelo de República martiana que se despertó en 1953? No lo sé. ¿Dónde se torció? ¿O nació torcido? Por estas fechas en que escribo, repito, desde un punto abisagrado entre La Habana y Miami, cierta novela familiar que protagoniza mi bisabuelo, pienso en el jeep Willy que jamás volverá a tener mi familia, en las cabezas de ganado perdidas y en la carne que no comen desde hace tiempo. Libertad. También a Fermín Batista le habían privado de su libertad. Lo único intacto era su convicción. Cuando decía que no al comunismo no era por un capricho sino porque no había sido formado para derretirse por utopías. Sentido común: no debe arrebatársele a nadie lo que ha construido.

Pienso también en mi educación y en la de mis padres; pienso en la atención a nuestra salud, en mis hermanas doctoras, pero mientras lo hago recuerdo un chiste, tragicómico, de un amigo: “esos servicios son gratuitos pero ni todo el tiempo estamos estudiando ni todo el tiempo estamos enfermos”. Hay una franja de vida insatisfecha fuera de esos dos espacios: la escuela y el hospital. Por si fuera poco, el único lugar para decirlo libre de miedo es la cocina. Se arrecia el control de los espacios, sobre lo que no se rige por la opinión del Partido único. Y si me hice periodista no fue para ver avasallados a mis colegas ni mucho menos para ser testigo de la criminalización de una profesión que debe ser tan soberana como cualquier país. ¿Vale la soberanía de un país más que la soberanía de su prensa? ¿Vale más un Partido que los derechos constitucionales de cada ciudadano?

Hace dos años, cuando fui testigo de aquella canasta en terreno machista, antes de que las discusiones sobre el anteproyecto de Constitución se centraran en la pertinencia de un artículo en el que se alude implícitamente al matrimonio igualitario, respiré algún aire de República con todes y para el bien de todes. No pasó mucho tiempo para que se disipara y tuviera que encontrarme, en la propia casa donde pasé mis seis primeros años, en Santiago de Cuba, una propaganda religiosa sobre “la familia como Dios la creó: el matrimonio entre un hombre y una mujer”; “en esta casa estamos a favor del diseño original”. Uno de mis tíos pertenece a un “Ministerio evangélico” y además de orar por los miembros de la familia, lo único que le interesa es sermonearnos. No se le puede cuestionar el cartel en la puerta porque lo toma como insulto.

Por la presión de muchos como él quedó el matrimonio igualitario fuera de la Constitución. Sería llevado a plebiscito. Hasta ahora no ha ocurrido. Muchos ciudadanos insisten el que los derechos no se plebiscitan. No en una República. No en una democracia. No este o aquel derecho sino ninguno. Ni el de besar, casarse, vivir con la persona que se desea independientemente de su sexo ni el de la libertad de reunión y de expresión. Tampoco el de acceder a una alimentación digna.

Inquieta que, si bien todos los derechos deben garantizarse, la población cubana se haya ocupado de rencillas en torno a lo que hace cada cual con su pene o vagina y no en igual medida de la sumisión de la letra constitucional a un Partido o la declaración de irreversibilidad del socialismo en Cuba dentro de la Ley de leyes.

La represión de la primera marcha LGBTI+ no fue la represión, sin embargo, de esta causa en sí. Fue la represión del acto mínimo de insubordinación, de confrontación al poder, de disidencia aunque fuera pacífica. Como matar en el acto cualquier intento de república con todes y para el bien de todos. Para mí fue ver cómo se libran pequeñas pero necesarias batallas al interior de la sociedad cubana. Y ver a la vez cómo las ahogan. Los cubanos han aprendido, como estrategia frente a la intolerancia totalitaria, a unirse más para defender pequeñas causas que para cumplir cualquier sueño de república. Hoy día no hay líderes más significativos que los activistas: LGBTI+, los protectores de animales, los activistas contra el racismo y por el cabello afro natural, los artistas y periodistas independientes. El resto, es triste decirlo, pervive bajo instintos gregarios y espirales de silencio. Mi madre y mis tías cuando me piden que no escriba cosas “feas”. Mi abuela cuando me pide que trabaje con el Estado o, como suele decir, con la Revolución. A fin de cuentas, escribir a pesar de la madre y la madre de la madre es una batalla dura contra una misma. La libro cada vez que cubro una historia sobre una minoría vulnerada: mujeres injuriadas en el trasporte público por su condición de mujer y por su color de piel; mujeres maltratadas por sus parejas o exparejas, saneamiento social y aislamiento de ambulantes; trans a las que casi nadie quiere alquilar; escritores marginados durante largos periodos por “contrarrevolucionarios” o gais; refugiados que antes de partir al exilio fueron llamados escoria. Cada uno libra por separado sus batallas. Algo dice la suma sensata de esas batallas: las minorías, juntas, son mayoría. ¿Cómo se juntan todos esos fragmentos en una sola república que dignifique el martiano “con todos y para el bien de todos” y lo traiga a esta época “con todes y para el bien de todes”? ¿Es necesario hacerlo? Mientras el país sea como un campo macho de basquet, a gran escala, ninguna canasta sola será suficiente. Será, si no un chiste, solo un símbolo.

@cabezamestiza
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