El día antes de parir, la esposa de Yoslen tuvo un antojo. Quería que le prepararan un batido bien frío de mamey y maripositas chinas con salsa agridulce. Yoslen, ingeniero de 36 años, tragó en seco. El desabastecimiento de alimentos dificulta comer el menú típico del cubano: arroz blanco, frijoles negros, bistec de cerdo, una vianda o aguacate.

El precio de una libra de carne de cerdo deshuesada, entre 75 y 100 pesos, representa el salario de cuatro días de un profesional. En el mercado negro el arroz cuesta de 25 a 35 pesos la libra, igual que los frijoles negros. Y un aguacate maduro no baja de 20 pesos.

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Las tiendas recaudadoras de divisas, los mercados agropecuarios y las carnicerías y bodegas que venden los productos distribuidos por la libreta de racionamiento están vacías. “Cuando llega cualquier cosa se arman tremendas colas. Imagínate conseguir un mamey, leche en polvo, que está desaparecida, y maripositas chinas”, cuenta Yoslen.

Pero en Cuba hay una puerta giratoria, llamado mercado negro, que incluso en los peores momentos de crisis nacional, que han sido muchos en seis décadas, con dinero suficiente y buenos contactos usted puede comprar lo que busca.

Yoslen habló con el bodeguero de su barrio. “¿Leche en polvo? Mi´jo pa' conseguir eso tienes que brincar pa’l barrio de enfrente” (Miami), respondió el bodeguero. Pero tras cerciorarse que nadie le escuchaba en voz baja le dijo: “Un socio de un amigo mío está vendiendo varias bolsas de leche en polvo a 60 pesos la libra”. Mentalmente sacó la cuenta. “Encárgame cinco libras”, le pidió Yoslen y le dejó 300 pesos al bodeguero. “Más tarde te la llevo a tu casa”, contestó el bodeguero. Fin del negocio.

Como cualquier ciudadano -que levante la mano el cubano que nunca haya adquirido productos en el mercado negro- Yoslen sabe que cuando se buscan productos deficitarios, a los primeros que se les encargan es a bodegueros, carniceros y empleados de almacenes estatales de alimentos. "Si no encuentras por esa vía, entonces contacta con la gente que trae alimentos del campo para revender en La Habana. La otra vía, gracias a la tecnología moderna, es contactar por WhatsApp con quienes se dedican a vender cualquier cosa, sea un jeep Willy o salmón importado de Europa”.

Desde hace 61 años, el mercado subterráneo en Cuba funciona a todo gas. La población se abastece de lo que se cae del camión, de robos, malversaciones e importaciones de personas que viajan al extranjero.

Con la leche en polvo en la mano, el otro paso que debía dar Yoslen era conseguir un mamey. Ningún agromercado de los alrededores lo tenía. La solución, comprarlo por WhatsApp a un emprendimiento privado que hasta tu casa te lleva las viandas, hortalizas y frutas que encargues. “Compré tres jabas que contenían aguacate, cebolla, ajo, ají pimiento, malanga, yuca, berenjena, plátanos de freír y de fruta, mangos, guayabas y dos mameyes. En total me costó 512 pesos, incluido el transporte”. También por WhatsApp compró las maripositas chinas y la salsa agridulce.

En un país donde la única ideología que funciona es la de socializar la pobreza, Yoslen y su esposa pueden tener un mejor gracias a los dólares que reciben de Miami. “Mi padre me envía 200 dólares mensuales y cuándo se entera que viene alguien a Cuba me hace llegar paquetes con ropita y culeros para el bebé. Una tía de mi mujer, todos los meses le gira 100 o 200 dólares todos los meses y regularmente les envía cosas que en la isla escasean. Por eso pudimos preparar una canastilla de calidad y crearle condiciones de vida decente a nuestro primer hijo”.

Después que ella cumplió su antojo, al filo de las once de la noche, fuertes dolores abdominales avisaban que el parto era inminente. De nuevo abrir la billetera. Hasta Maternidad de Línea, en El Vedado, un taxista particular les cobró 7 cuc. A la noche del día siguiente, Yoslen celebró su paternidad bebiendo ron añejo con su suegro, un cuñado y dos amigos. Sabe que en este verano no habrá playa ni restaurantes. El recién nacido ocupará todo el tiempo de sus padres.

Mientras en algunos hogares no falta el dinero para comprar comida y no tienen necesidad de estar cinco o seis horas en extensas colas para comprar alimentos, artículos de aseo o medicinas, una familia que reside en una barriada al sur de La Habana la está pasando mal. Dayana, madre soltera, tiene que criar a dos hijos adolescentes. El padre de sus hijos no le da ni un centavo y no recibe dólares por concepto de remesas familiares.

“El dinero que consigo se me va en comida". Dayana trabaja de dependiente en una farmacia. Su salario de mil pesos apenas alcanza para pagar la factura de la luz eléctrica y comprar viandas. Para sobrevivir en las duras condiciones impuestas por el castrismo, lo mismo vende medicinas en el mercado negro que se prostituye discretamente.

“Mi vida es un drama, un despropósito. Siempre quiero hacer todo bien y al final todo me sale mal. Me casé con el tipo que yo pensaba iba ser el hombre de mi vida. A los tres años, con un hijo y embarazada de la niña me dejó. La cárcel es su segundo domicilio. A eso súmale el virus chino, la crisis económica y lo caro que cuesta alimentarse". Por si no bastara, sus hijos le están dando dolores de cabeza. Al no tener la educación requerida ni la supervisión de sus padres, están más tiempo en la calle que en la casa. Luego de tres meses de cuarentena, con el comienzo de las vacaciones escolares y el inicio del desconfinamiento, Dayana considera que la crianza de sus hijos se le ha ido de las manos.

“Sé que andan en malos pasos. El varón metido en burles (casa ilegales de juegos) y la hembra puteando”. Hace dos días murió su padre. Para conseguir los 300 pesos de la cremación, se acostó con un tipo que puede ser su abuelo. Su mayor deseo es que sus hijos estudien, se encaminen y sean personas decentes. También quisiera poder poner cada noche un plato decente de comida en la mesa de su casa. Y encontrar un buen hombre. Dayana cree que no pide mucho.

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