jueves 22  de  enero 2026
TESTIMONIO

Joven cubano habla de la violencia en el Servicio Militar: "Te enseñan lo cruel que pueden ser"

"Si protestabas, no comías; ibas al calabozo o te encerraban. Los golpes eran seguros... estábamos débiles, casi no dormíamos”, afirma Daniel Pérez Urrutia

Por REDACCIÓN/Diario Las Américas

“Más de dos años, casi tres, estuve ahí, mucho más tiempo del que me correspondía. La tortura emocional y psicológica no se la deseo a nadie. Eso no es una unidad, es una prisión de jóvenes disfrazada de verde”.

El sol apenas comenzaba a asomarse en el horizonte cuando el sonido de los insectos, el frío del sereno filtrándose por ventanas en mal estado, el olor a sudor y un silbato acompañado de golpes secos en las paredes anunciaban otro día más para Daniel. Una jornada larga, marcada por trabajo forzado, castigos sin sentido y humillaciones constantes, asumida como parte de un cumplimiento obligatorio que supuestamente buscaba formar “patriotas de bien”, o lo que quedara de ellos tras semejante desgaste, reseña el portal web CubaNet.

El servicio militar obligatorio, presentado como parte esencial de la formación defensiva de los jóvenes, ha estado siempre rodeado de polémicas que rara vez salen a la luz. La experiencia varía según la unidad a la que son destinados los muchachos, pero el desenlace suele ser el mismo: maltrato, engaños, falsas apariencias, amenazas, imposiciones y, en algunos casos, muertes que apenas se investigan.

Daniel Pérez Urrutia, de 21 años, relata su experiencia durante el Servicio Militar a. Su testimonio resume la vivencia de muchos jóvenes y el dolor de miles de familias, una cara oculta de una formación que poco tiene de educativa y mucho de represiva.

El inicio del Servicio Militar

Junto a su familia, Daniel intentó por todos los medios evitar su incorporación, pero la ilusión duró poco. El 3 de enero de 2023, tras concluir la etapa previa, un camión los trasladó a su nuevo destino. En el trayecto no faltaron los discursos sobre el honor militar y la defensa de la patria, repetidos hasta el cansancio.

Managua fue el destino final, una unidad conocida por su dureza. El ambiente dentro del ómnibus era de miedo, ansiedad y resignación. “Un capitán y un sargento no paraban de hablar, prometiendo cosas que todos sabíamos que eran mentiras. Yo ya había escuchado historias de esa unidad. Era de las más temidas, pero no había opción: seguir adelante y ver qué pasaba”.

Durante las primeras semanas, todo pareció ajustarse al discurso oficial. El entrenamiento era agotador, pero había cierto respeto y espacios de descanso. Sin embargo, al llegar el tercer mes, el panorama cambió por completo.

“Al inicio todo era insoportable, pero al menos aprendíamos cosas y teníamos algo de tiempo libre. Después empezaron los trabajos constantes: chapear, cargar, pintar, todo para embellecer la unidad. El problema no era el trabajo en sí, sino los tiempos, el trato, los castigos y una rigidez absurda. Literalmente, hasta respirar fuerte podía ser motivo de sanción. Aquello se volvió una pesadilla”.

La humillación

Con el paso del tiempo, las tareas se degradaron aún más: limpieza de baños en condiciones insalubres, lavado de uniformes y botas de los superiores, mala alimentación, casi ningún descanso y maniobras militares peligrosas. El calabozo y los castigos físicos eran respuestas habituales ante cualquier protesta o comentario incómodo.

“Limpiar los inodoros, muy sucios, a toda prisa, con un guardia encima amenazando o golpeándote si te demorabas. Se burlaban de nosotros mientras trabajábamos. Si protestabas, no comías; ibas al calabozo o te encerraban. Los golpes eran seguros. Cinco o seis contra uno. Estábamos débiles, casi no dormíamos”.

Las amenazas eran constantes. Cuando Daniel intentó contar lo que ocurría durante los escasos permisos, el sistema se cerró en su contra. “Es una red. Al final eres tú el mentiroso que quiere salir del servicio. Mi familia fue dos veces a verme y, después de la primera visita, todo empeoró. Me advirtieron que no me complicara o saldría de allí en cuatro años. Uno de los momentos más duros fue cuando un sargento me apuntó a la cabeza con un arma cargada. Eso es terror”.

Los intentos por denunciar o resistirse solo incrementaron el maltrato. Incluso después de cumplir el tiempo reglamentario, su salida fue retrasada. Con excusas administrativas y amenazas veladas, él y otros jóvenes permanecieron seis meses más en la unidad.

“El cinismo es lo peor. Saben que no los van a descubrir. En mi unidad, que yo sepa, no hubo muertos, pero amigos míos sí me contaron de casos en otras donde hubo fallecidos por supuestas negligencias. Yo no dudo nada. Seis meses más ahí me atrasaron la universidad y perdí un año completo. No puedo explicar la felicidad del día que salí”.

Daniel no conserva fotos ni recuerdos de ese período. “No quiero volver a tocar el tema, pero sentí que contar mi historia podía ayudarme a soltarlo y, tal vez, animar a otros a hablar. Eso no es formación ni disciplina. Solo te enseña cuán crueles pueden ser las personas en ese infierno”.

FUENTE: Con información de CubaNet

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