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@DesdeLaHabana

LA HABANA.- Es la ley del más fuerte. Solo los más pendencieros, oportunistas y ciudadanos sin valores pueden salir adelante. De arriba abajo, la actual sociedad cubana es una jungla. El Estado fallido que vive de la propaganda ideológica, promesas que nunca cumple y una caótica economía de subsistencia.

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Si le pregunta a Magda, una habanera de 40 años, que se dedica a revender las mercancías que compra en tiendas exclusivas por dólares y ha convertido las extensas colas en un negocio, le dará escueta respuesta: "El sistema te obliga".

Se queda callada unos segundos y luego argumenta: “El sistema cubano funciona por castas. A los mayimbes (altos funcionarios) no les falta nada, tampoco a altos oficiales de las fuerzas armada. Les dan casas, bolsas de comida y pueden ir de vacaciones a villas de recreo a precios módicos. Los funcionarios de nivel medio del partido también tienen sus pequeños privilegios. Nosotros, los de abajo, los marginales, casi todos negros que vivimos en la pobreza, tenemos que ripiarnos por las migajas. Donde se pueda hacer dinero allí estaré”.

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Como Magda, en la capital y en otras provincias, muchas mujeres y hombres se ganan la vida organizando colas en las tiendas por dólares, adquiriendo alimentos para revender y sobornando a policías y funcionarios que supuestamente deben velar por la disciplina social. “También tienes que soltarle un billete a los gerentes y empleados de las tiendas. Hay gente que se pasa una semana haciendo cola y nunca alcanza lo que necesita. Si no le paga a un colero 500 o mil pesos no consigue nada. Si es un freezer tiene que pagar 70 o 100 dólares. Es duro, pero ahora mismo en Cuba impera la ley de la selva”, explica Magda.

Quienes en las colas no alcanzan turnos, tienen una alternativa: comprar a mayor precio alimentos y artículos de aseo guardados en domicilios cercanos al mercado o tienda.

Llamémosle Hiram, que se dedica a recorrer las colas y en voz baja vende turnos a mil pesos. “En este país hay tres tipos de cubanos. Los que mandan, que hacen los que les da la gana y no rinden cuenta a nadie. Los que no tienen más remedio que aguantar callados el pie que les mete el gobierno. Y los opositores, que son guapos, pero sin armas, no van tumbar al régimen. La mayoría de la población tiene pánico meterse en la disidencia, porque te pueden condenar a una pila de años. Los delincuentes tampoco quieren saber nada de la oposición. Sin embargo, existe un pacto no escrito entre el gobierno y el bajo mundo: te dejan hacer mientras no te metas en política", opina Hiram.

Después añade: “Por eso, tú ves en los peores barrios habaneros a un montón de gente vendiendo cosas que son robadas y la policía ni se aparece por allí. Los vendedores de drogas, por lo general, trabajan para la policía, igual que las jineteras de más nivel. A mí no me gusta el comunismo. En 1980, con 23 años, me metí en la embajada de Perú. Éramos 10.000 personas y Fidel nada más que enviaba mil cajitas de comida y pomos de agua. Lo hacían para ponernos a fajar entre nosotros. Ahora es lo mismo. La estrategia de Díaz-Canel, lo ha dicho, es arrancar un pedacito a los problemas, no solucionarlos. Estuve en Estados Unidos y caí preso, me devolvieron como indeseable. Tengo que vivir de algo. Y lo mejor que sé hacer es estar en el gorileo, las broncas y las ilegalidades. Cuando ves a dos viejos fajados por un paquete de salchichas te das cuenta de que las cosas en este país no funcionan”.

Ineficiencia

Para un alto porcentaje de los cubanos es un drama alimentarse, comprar jabones o medicinas. La atroz ineficiencia del modelo económico verde olivo obliga a los ciudadanos a recorrer grandes distancias y hacer colas kilométricas para tratar de conseguir un rollo de papel sanitario o un pomo de refresco.

En medio de la escasez, la eterna crisis económica y el sostenido rebrote de la pandemia de coronavirus, que prácticamente ha colapsado el sistema sanitario de La Habana, las autoridades, en vez de enviar de regreso a los miles de especialistas y médicos que laboran en el extranjero para ingresar dólares al Estado, apuesta por traer galenos de otras provincias.

Una doctora dijo a DIARIO LAS AMÉRICAS que “los médicos y enfermeras que trabajan en primera línea, atendiendo el COVID-19, están agotados. Son muchos meses trabajando en precarias condiciones. Sin la seguridad requerida y con muy mala alimentación. La propaganda del gobierno asegura que la salud pública funciona de maravillas, pero es mentira. Escasea desde el agua hasta la gasa y el algodón, sin contar los equipos médicos rotos”.

Por estos días, una libra de pollo de 20 pesos se revende en 50 o 55 pesos. La libra de frijoles negros que hace un año costaba 10 pesos ahora cuesdta 60. El kilogramo de leche polvo que costaba 40 pesos se oferta en 300 o 350 pesos. Dos paquetes galletes con crema y tres de galletas saladas, cuyo precio era 70 pesos no se consigue por menos de 700 pesos. Y lo peor, con dinero en el bolsillo no siempre lo encuentras.

La Cuba actual es un despropósito. Una mezcla salvaje de un disfuncional socialismo estilo soviético con un capitalismo rudimentario de corte feudal sostenido por una infraestructura pública semejante a la de Zimbawe y precios comparables a los de Suiza. El castrismo sigue alardeando de que su imperecedera revolución se hizo por los humildes y para los humildes.

Pero la realidad es que en la isla los más pobres comen caliente una vez al día y viven en precarias chozas de trozos de aluminio y cartón. El modelo cubano es una foto fija de burocratismo rampante, corrupción a todo gas y funcionarios mediocres. Y en esa jungla, la gente se las tiene que agenciar como puede para sobrevivir.

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