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@DesdeLaHabana

LA HABANA.- El llamado gobierno de la continuidad, presidido por el designado Miguel Díaz-Canel, aceptaría hasta una "invasión" como la ocurrida por Bahía de Cochinos en 1961, pero la condición es que trajeran dólares. Negociarían con los hermanos Fanjul para administrar un par de centrales azucareros en Cuba y también serían capaces de hacer un pacto con la empresa Bacardí.

Podrían volver los descendientes de Julio Lobo o los Gómez-Mena, pero con una única condición, bajo las reglas de juegos del Partido Comunista.

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Y ya se saben cuáles son esas reglas. El estado cobra el 80 por ciento de los salarios de los empleados por esas empresas extranjeras en moneda dura y los trabajadores reciben un 20 por ciento en el devaluado peso cubano convertible. Todo ello sin tener derecho a huelga ni a hacer reclamos sindicales. Como en los tiempos de Lenin: los burgueses son tan tontos que aceptarían la soga que después los ahorcaría.

En la Cuba de hoy son bienvenidos los otrora "gusanos" y la "escoria" infame que abandonó su patria. Eso, sin que medie una disculpa pública, ni se negocie el pago por sus propiedades confiscadas y con tribunales administrados por la autocracia.

Pregúntele a Jorge Luis Piloto, músico y compositor nacido en Cárdenas, a 140 kilómetros al este de La Habana, si podrá olvidar los actos de repudio, con la gente tirando huevos y coreando: "gusano, lechuza, te vendes por un pitusa".

En el otoño de 2014, mientras conducía su auto Mercedes Benz por el apacible barrio de Kendall en el condado de Miami-Dade del sur de la Florida, Piloto me contaba que cuando en 1980 decidió marcharse de Cuba tuvo que firmar una planilla que decía que era homosexual para que un severo oficial del MININT pudiera autorizarlo a abandonar la Isla.

Pregúntele a Orlando "Duque’"Hernández, espectacular lanzador derecho del equipo Industriales de La Habana y en la MLB cuatro veces campeón mundial con los Yankees de Nueva York y los Medias Blancas de Chicago, si invertiría tiempo y dinero en el país que en 1996 publicó un feroz editorial expulsándolo de por vida del béisbol nacional.

En octubre del 96, una de las primeras entrevistas que hice como periodista independiente de Cuba Press, fue al "Duque" Hernández. Conversé con él en su casa del reparto Calixto Sánchez, en el municipio Boyeros, muy cerca del Aeropuerto Internacional José Martí. El "Duque" fue profético entonces: “La única puerta que el gobierno me dejó abierta es la del destierro”. Ya se sabe de su fuga en una lancha precaria y de sus éxitos al otro lado del charco.

Pregúntele a los miles de cubanos a quienes les fueron incautados sus negocios y propiedades en la década de 1960, si regresarían a invertir dólares con el mismo régimen que los conminó a marcharse de su patria.

Según un funcionario municipal del Partido Comunista, van en serio las intenciones del gobierno de permitir que cubanos radicados en el extranjero inviertan en la Isla. “Con la que está cayendo, en momentos que arrecia el bloqueo y con la aplicación de la Ley Helms-Burton, restricciones que frenarán el flujo de turistas, además de la imperiosa necesidad de captar divisas para desarrollar el país, la nueva estrategia de permitir que los cubanos que viven afuera inviertan en Cuba, pudiera ser un imán que atraiga capitales significativos”, afirma el funcionario y añade:

“Se sabe que entre el 60 y 70 por ciento de los pequeños negocios privados cuentan con dinero procedente del exterior. Lo que se quiere es capitalizar inversiones en pequeñas y medianas empresas. Es cierto que los cubanos que más dinero tienen son acérrimos enemigos del sistema. Pero se está apostando al dinero de un segmento de cubanos más apolíticos, ingenieros, médicos, peloteros y músicos, entre otros profesionales que se han marchado en las últimos 20 o 30 años y han triunfado en Estados Unidos. Puede que en un futuro cambien algunas normas y empresarios cubanos radicados en el extranjero tengan mayor autonomía y el Estado les permita contratar y pagarle libremente a sus empleados. Habrá cambios importantes. Pero el poder político se mantendrá incólume”.

Eduardo, economista, considera que “si se crea un marco legislativo adecuado y mayor autonomía empresarial, el capital de los cubanos residentes en el exterior pudiera superar los 2.500 millones de dólares anuales en inversiones extranjeras, que es la meta del gobierno. Si se ampliara ese concepto y se autorizara a invertir también a cubanos radicados en el país, el monto se acercaría a los 4.000 millones de dólares”.

El economista hace un cálculo simple: “Las mulas que importan pacotillas están invirtiendo entre 1.000 y 1.500 millones de dólares anuales comprando cosas en Panamá, México, Rusia. Es el doble o el triple de las inversiones extranjeras. Al gobierno no le resultaría complejo crear un espacio para recaudar ese capital. Estoy convencido de que si se quieren construir cimientos poderosos en la economía cubana, se tendrá que involucrar a todos los cubanos, vivan donde vivan, como han hecho Vietnam y China”.

El directivo de una empresa de gastronomía en La Habana, asegura que “hay planes de volver a activar la cooperatización dentro del sector gastronómico a nivel nacional. También se arrendarían y privatizarían espacios, pues está demostrado que la gastronomía estatal no funciona. Solo quedaría un segmento de establecimientos que vendería a bajos precios a las capas más vulnerables de la población”.

Si en 2012 un arrogante canciller Bruno Rodríguez minimizaba las inversiones de la pequeña y mediana empresa privada y apostaba por los grandes capitales, ahora las cosas han cambiado. Aunque la mira siempre estará enfocada en inversiones multimillonarias que pudieran desembolsar magnates como los provenientes de las Fanjul o Bacardí.

“Pero primero habrá que crear un precedente de inversiones menores que funcionen de manera correcta y amparadas por un marco jurídico neutral y transparente”, aclara el funcionario municipal del partido.

Eso sí, no se aceptarán exigencias políticas. El régimen optaría por un segmento de "gusanos" a los cuales solo les importen sus negocios. La democracia y los derechos humanos deberán permanecer en un segundo plano.

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