martes 31  de  marzo 2026
PERIODISTA VENEZOLANA

La historia de una inmigrante recién llegada a Chile: "¡Es un terremoto!"

¡Es un terremoto!, solté de nuevo en voz alta. Tomé el teléfono móvil y envié una nota de voz a mi mamá -que luego se me hizo escalofriante- y le pedí que me informara si realmente estaba en medio de una catástrofe

CARACAS.- REDACCIÓN

Bearneily Toro, una periodista venezolana que decidió emigrar a Chile el pasado 25 de agosto, tenía conocimiento de la frecuente actividad sísmica que registra el país sureño, pero no imaginó que experimentaría tan pronto la fuerza de un terremoto.

Toro quiso compartir su experiencia con una crónica que difundió por correo eléctrónico. Esta es su historia:

"Tú elegiste venirte para acá, así que aguanta y cálmate", decía mientras me sostenía del marco de la puerta de la cocina, tratando de encontrar estabilidad.

Este miércoles se cumplían 20 días desde mi llegada a Santiago de Chile. Como más de un millón y medio de venezolanos, salí del país a forjar futuro en otras tierras.

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Lo sopesé cuando tomé la decisión: Chile es un país sísmico; pero vivir un terremoto y tan pronto, desde mi llegada, era una posibilidad remota cuando se piensa en emigrar.

Vivo en el piso 18 de un edificio ubicado en Santiago Centro. La tarde transcurría aburrida, tomando en cuenta que estamos en vísperas de las Fechas Patrias. El locutor de una radio local me hacía un poco de compañía, cuando a las 7: 54 de la tarde perdí la estabilidad, me sentí mareada, los platos en la cocina se movían y casi voy a dar al piso.

No había duda, estaba temblando. Traté de calmarme con un pensamiento en voz alta, cuando mi compañero en la radio confirmó mis sospechas.

Pasaron varios segundos y el movimiento no cesaba; al contrario, se hacía más intenso. Levanté la mirada y lo que vi por la ventana me espantó. El edificio de al lado se agitaba como una serpiente, mientras que las cortinas se bamboleaban sin razón aparente.@

"¡Es un terremoto!", solté de nuevo en voz alta. Tomé el teléfono móvil y envié una nota de voz a mi mamá -que luego se me hizo escalofriante- y le pedí que me informara si realmente estaba en medio de una catástrofe.

AUDIO: El mensaje que la periodista envió a su madre desde Chile

Por primera vez en 20 días escuché a mis vecinos. Abrí la puerta, temí quedarme encerrada, mientras que el piso no paraba su vaivén.

Ambos me llamaron a la calma; sin embargo, en segundos el crujir de la estructura borró la expresión serena de sus rostros. "Esto se va a venir abajo", exclamó uno de ellos. Mi corazón saltó.

Aún bajo el marco de la puerta casi no podía pronunciar palabra, debía sostenerme con las manos para no caerme, hasta que poco a poco la Tierra mermó la furia que mantuvo durante casi dos minutos.

La idea de bajar las escaleras de emergencia me aterraba. Intercambié otros mensajes de voz con mi mamá -quien seguía la información desde Venezuela- me puse zapatos, tomé el pasaporte, las llaves y me dispuse a bajar. Intuía que era lo correcto en ese momento.

Sintonicé la radio de nuevo en mi móvil. Ya habían confirmado el terremoto de magnitud 8.4 en la zona norte del país, Canela Baja. En la capital se habría sentido de 7.2 grados de magnitud y no se registraban daños significativos, informaron.

Mi travesía hasta la planta baja fue acompañada por un par de réplicas. "Alerta de tsunami, comienzan a sonar las alarmas para la evacuación de la costa del país", dijo la locutora.

Una vez abajo pude apreciar lo preparada que está la población en estos casos. Familias con sus mascotas bajaban en calma con un pequeño bolso en mano. Muchos se fueron caminando, quizás a pernoctar en lugares más cerca del suelo.

Pocos eran los comentarios, solo agunos subestimaban el estado de alerta de quienes como yo la incertidumbre y el nerviosismo se les veía en la cara. ¡Y cómo ocultarlo si en mi vida había sentido la tierra moverse!

En la radio seguían los reportes, así como en la calle las réplicas -fueron más de 30 en la hora posterior-. La espera de un tsunami en la costa y la pronta evacuación eran prioridad ahora, decían.

El servicio eléctrico y de telefonía no falló durante el sismo, lo que para mí se tradujo en tranquilidad y compañía, teniendo a los míos tan lejos.

Pasada una hora, un amigo -también venezolano- logró atravesar la ciudad. Su historia era diferente. En el centro comercial donde trabaja vio vitrinas destrozadas, mercancía en el piso, miedo y gente huyendo despavorida.

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Caminando de prisa, preferimos dormir en un piso 4 que en un 18. Entre venezolanos pasamos las últimas réplicas más fuertes que siguieron la madrugada, mientras pasmados esperamos los reportes del tren de olas de al menos 4.2 metros que azotó la cuarta y quinta región.

Ya este jueves la lamentable cifra de 10 fallecidos entristeció la mañana y que a estas horas aumentó a 11. Las imágenes de los destrozos del terremoto-tsunami de este 16 de septiembre no paraban de ser transmitidas en los canales nacionales.

Embarcaciones encalladas en los muelles, vehículos destrozados, así como comercios, tiendas y viviendas convertidas en escombros es el panorama.

Unas 20 horas ya han transcurrido desde el sismo. El crujir del edificio me anuncia en el piso 18 una nueva réplica. "Acostúmbrate", me dicen.

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