LA HABANA.- A veces los eventos políticos masivos, los llorones que sufren la muerte de un ‘venerado líder’ o enarbolan consignas como ventrílocuos, resultan un juego de espejo. Una trampa engañosa.

El 7 de abril de 1957, un mes después del asalto al Palacio Presidencial, a cargo del Directorio Estudiantil Universitario que encabezaba José Antonio Echeverría, amigos del dictador Fulgencio Batista le organizaron un acto de desagravio en la explanada frente al Palacio.

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Fue un día lluvioso, cuenta la prensa de la época, y se dice que participaron 250.000 ciudadanos, una gran cantidad si tenemos en cuenta que según el Censo de 1953, La Habana tenía 785,455 habitantes (la población de Cuba entonces era de 5 millones 829.000 habitantes). Un año y nueve meses después, ese mismo pueblo de la capital, probablemente en mayor cantidad, inundó las calles habaneras para reverenciar al nuevo mesías verde olivo.

Un vecino de Santos Suárez, ya fallecido, me contaba que el 8 de noviembre de 1958, el día que sicarios batistianos durante más de cinco horas sostuvieron un combate con cuatro jóvenes del Movimiento 26 de Julio atrincherados en un edificio situado en Goicuría y O'Farrill, en el actual municipio 10 de Octubre, nadie del vecindario salió en defensa de Pedro Gutiérrez, Rogelio Perea, Ángel 'Machaco' Ameijeiras y Norma Porras, que tenía 19 años y estaba embarazada de 'Machaco', el jefe del grupo.

La gente permaneció escondida, viendo el tiroteo detrás de sus persianas. Luego los vecinos contarían que vieron cómo a los tres hombres se los llevaron vivos. Tras torturarlos, los ejecutaron. Norma fue capturada en una azotea aledaña y conducida a un hospital militar.

Las torturas y los cadáveres tirados en la cuneta por la policía y órganos represivos de Batista no convocaban a la población a manifestarse públicamente. Tampoco las protestas de la disidencia para denunciar las violaciones de los derechos humanos convocan a esa masa de cubanos que en privado crítica duramente a los Castro.

Según los expertos, las sociedades cerradas gobiernan utilizando resortes del miedo humano. En una democracia, cualquier suceso o injusticia es motivo de huelga o protestas públicas.

Pero en una autocracia, ya sea comunismo, fascismo o dictadura bananera, la simulación y el temor secuestran la rebeldía. No es un problema de deficiencia genética de los cubanos. No.

En Italia, Mussolini arrinconó a la mafia. En Alemania, Hitler llenaba las plazas públicas haciendo arengas xenófobas, antisemitas y guerreristas.

Cuba lleva 64 años de dictaduras. Siete de una dictadura capitalista, que respetaba la libre empresa, amnistiaba presos políticos y aunque a ratos impuso censura de prensa, después la levantaba. Y cincuenta y siete años de una dictadura socialista que siempre ha invocado un falso nacionalismo y manipulado a su antojo a los próceres de la independencia cubana.

Fidel Castro fue, sin dudas, un líder importante. Para bien o para mal. Pero solo en el aspecto político. En 1956 organizó en la Sierra Maestra una guerra de guerrillas en contra de los manuales de la guerra convencional, al derrotar a un ejército profesional con artillería, aviones y barcos de la marina.

Fue una figura trascendental en el movimiento descolonizador africano. Apoyó con armas y hombres a 17 naciones de África. Subvirtió casi todo el continente latinoamericana, excepto México (aunque en Cuba entrenaron hombres del Subcomandante Marcos), con estrategias que combinaban la lucha armada y el terror.

Por el campamento militar construido en Guanabo, zona de playa en las afueras de La Habana, pasó la mayoría de los sediciosos del continente, desde el venezolano Carlos el Chacal hasta el colombiano Manuel Marulanda, alias Tiro Fijo. También comandos de ETA, OLP y el IRA irlandés, entre otros.

En el plano económico, de Fidel Castro hay muy poco que aplaudir. Y bastante que abuchear. Investiguemos qué ha sido cada uno de sus delirios, las mentiras que dijo, las promesas que jamás cumplió.

Ya en el Valle de Picadura no hay vaquerías con aire acondicionado ni aquel ganado saludable que batía récords de producción lechera. Tampoco frutas exóticas en Baconao. Y La Habana nunca pudo alcanzar el nivel de vida de Nueva York, como una vez prometió en uno de sus cientos de discursos.

Más bien ha ocurrido lo contrario. Los barrios que construyó son una clase magistral de disparates arquitectónicos y con sus estrategias enterró o devaluó las producciones azucareras, citrícolas y cafetaleras.

Si su hermano Raúl Castro tuvo que recurrir a urgentes reformas económicas, todavía incompletas y tímidas, fue intentando maquillar los desastres creados por Fidel.

Castro I fue un dictador. Un caudillo iluminado. Su fortuna no es de 900 millones de dólares como ha declarado la revista Forbes. Poseía mucho más. Algo que no se puede contabilizar en términos de dinero. Tenía un país completo. Un país que manejaba como su finca personal.

Ahora que ha fallecido, habría que preguntarse qué pasará con las más de veinte casas que poseía a lo largo y ancho del territorio nacional. O su marina privada o su isla en Cayo Piedra, al sur de Bahía de Cochinos.

El hombre que Dios se acaba de llevar, a mi juicio, ha provocado un daño antropológico a Cuba y los cubanos. Polarizó la sociedad y los sentimientos. Nos vendió el relato que Patria era sinónimo de Revolución y Socialismo.

Con la muerte de Fidel Castro no se acabará el castrismo. El régimen tiene gasolina para rato. Pero con su deceso termina una etapa, la revolución pierde un símbolo y el panorama internacional los empujará a diseñar nuevas propuestas de reformas económicas si quieren sobrevivir. El atrincheramiento ideológico y el retroceso en las reformas económicas sería el principio del fin del castrismo.

Cuando las cenizas de Fidel estén bajo tierra, cuando concluya la puesta en escena de sus pompas fúnebres, los cubanos honestos, los de acá y los de allá, debieran sentarse a dialogar si de veras se aspira a vivir en una nación democrática.

Todos somos importantes para el futuro de Cuba. La mejor manera de resarcir el terrible daño sociológico y espiritual de Fidel Castro es el diálogo y dejar atrás los rencores.

Parafraseando al poeta Ángel Cuadras, los dos bandos tenemos al mismo héroe, José Martí. Unos y otros siempre defenderemos nuestras ideas cantando el mismo himno y enarbolando la misma bandera.

Ya la guerra terminó. Construyamos juntos una nueva Cuba.

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