lunes 16  de  febrero 2026
REPORTAJE

La dictadura castrista tiene fecha de caducidad

Cual encantador de serpientes, Castro hipnotizaba a personalidades de la talla de Jean Paul Sartre y también a una brillante generación de escritores latinoamericanos

Diario las Américas | IVÁN GARCÍA
Por IVÁN GARCÍA

Hubo un momento, entre 1960 y 1984, que el caudillo Fidel Castro sedujo por igual a intelectuales progresistas y a políticos de medio mundo. Para cautivarlos combinó el antiamericanismo habitual en la vieja Europa, la nociva envidia a Estados Unidos por parte de corruptos gobiernos latinoamericanos y la propaganda soviética de Guerra Fría, que intentaba vender el relato de la superioridad comunista.

El barbudo estableció alianzas con sistemas marxistas de la antigua URSS y sus satélites en Europa del Este, con sátrapas despóticos en África como Idi Amin Dada, Mengistu Haile Mariam y Muammar al-Gaddafi, o monarquías criminales como la familia Sung en Corea del Norte.

Cual encantador de serpientes, Castro hipnotizaba a personalidades de la talla de Jean-Paul Sartre y también a una brillante generación de escritores latinoamericanos, mientras fumaban tabacos Habanos y bebían Chivas Regal. Fue la época dorada de la revolución fidelista. Cualquier estadista acomplejado o que sentía un odio secreto a Estados Unidos, por venganza, visitaba La Habana y se tiraba una foto con el 'comandante'.

Abrían las billeteras y lo azuzaban en su ‘lucha contra el imperio yanqui’. Demócratas como Olof Palme, Pierre Trudeau o Valéry Giscard d’Estaing, entre otros, miraban hacia otro lado cuando Castro adiestraba en las afueras de la capital a terroristas palestinos, del ELN colombiano o al venezolano Ilich Ramírez, más conocido como El Chacal.

En las sesiones de la ONU votaban en contra del embargo estadounidense y excusaban los intentos de exportar la revolución de Fidel Castro, las intervenciones en el conflicto del Congo o la participación de tropas cubanas durante quince años en las guerras civiles de Etiopía y Angola. Entonces, la socialité mundial avizoraba la llegada del comunismo y Castro, desde una tribuna en la Plaza de la Revolución, prometía al pueblo, en medio de aplausos atronadores, que la Isla produciría más carne que Argentina y más queso que Holanda.

Fidel Castro es un hijo de su tiempo. Fue amamantado y consentido por todos aquellos que consideraban a los americanos unos tipos incultos y prepotentes que, a golpe de dólares, pretendían erigirse como policías del mundo. Se alimentó al monstruo por una simple razón: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. En privado reconocían que Castro era un vulgar dictador caribeño con ínfulas de grandeza. Pero era su perfecto hijo de puta para desafiar a Estados Unidos.

Paralelamente, el orden internacional post Guerra Fría, diseñó instituciones que pretendían juzgar con la misma vara a un país democrático y a una dictadura. En la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra se vieron casos de un cinismo increíble cuando Cuba, Libia o Irán, violadores sistemáticos de libertades esenciales, presidían las sesiones de trabajo. La ONU se convirtió en un circo.

Para Castro, algo era mejor que nada. Y después de la caída del socialismo en Europa del Este, reorientó su estrategia y se alió con el Vaticano, la izquierda latinoamericana antiestadounidense y dictaduras canallas enemigas de Washington. Conquistó a Venezuela sin disparar un tiro.

Una jugada maestra. Colonizó una nación con tres veces más habitantes que Cuba, las reservas de petróleo más grandes del mundo y un PIB que cuadriplicaba el del socialismo verde olivo, que ya se había convertido en un generador de miserias.

El plan ni siquiera era chupar como sanguijuelas los recursos venezolanos e implementar una economía próspera en Cuba. No. El proyecto de Castro era fundar con los petrodólares de Hugo Chávez una entente latinoamericana y otras naciones del Tercer Mundo para ‘combatir al imperialismo’.

Ese siempre fue su propósito. Sostener un enfrentamiento solapado con Estados Unidos usando todas las armas a su alcance. Desde otorgar asilo a fugitivos de la justicia, venderle información recopilada por sus servicios de inteligencia a Teherán o Pyongyang y abrir la talanquera e inundar de emigrantes cubanos a Estados Unidos con el objetivo de saturar los servicios sociales y, de paso, plantar espías y agentes de influencia.

Los astutos operadores políticos de la Isla habían sido expertos en establecer alianzas. Pero ese orden internacional que conocían estalló por los aires. Y no fue Estados Unidos quien dio el primer golpe. Fue Rusia, con sus guerras dirigidas a conquistar territorios vecinos. En 2014 franqueó la línea roja cuando solapadamente se anexó Crimea y después, abiertamente, el 24 de febrero de 2022, invadió Ucrania.

O China, que con inversiones millonarias endeuda a países pobres que luego utiliza de rehenes, mientras prepara la ocupación de Taiwán. En ese contexto, al utilizar a la mayor cantidad de naciones posibles para dividir la vieja Europa y debilitar la supremacía estadounidense, la dictadura castrista envió mercenarios y apoyó con su voto los crímenes de Putin en Ucrania.

Nunca condenó las flagrantes violaciones de derechos humanos en Cambodia, Corea del Norte o Irán, por mencionar tres países. Cuba siempre ha apoyado al Eje del Mal. Han sido sus fracasos económicos y sus endeudamientos, los que le han obligado a pasar a la retaguardia.

Con un modelo a punto de colapsar y sin aliados que financien su disparate ideológico y económico, el único camino que le queda al régimen antes de claudicar, es vivir de la caridad internacional. Pero la limosna no es sostenible.

La añeja autocracia no ha sabido interpretar el actual escenario ni el nuevo orden internacional. Confunden a Rusia con la extinta URSS y creen que China y Vietnam, como en los viejos tiempos, van a rescatar a Cuba en nombre del marxismo-leninismo y el internacionalismo proletario.

Raúl Castro, como el personaje de la novela El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, es un anciano a punto de cumplir 95 años que no recuerda su edad y espera en la cama que Dios se lo lleve.

El castrismo está derrotado. Solo intenta buscar algunas alternativas antes de sentarse en la mesa a negociar. Y usa las herramientas que mejor conoce. Encarcelar disidentes y presentarle a la administración Trump un plan como garante en el combate al narcotráfico y la emigración.

Probablemente ofrezcan sus playas, minas de níquel y otorguen privilegios a hipotéticos inversionistas estadounidenses. Si logran convencer a la Casa Blanca de utilizar la fórmula de un Castrismo 2.0, parecida a Venezuela, lo venderían como una 'victoria'.

Los desgobernantes cubanos no tienen salida. Están atrapados en un laberinto: o aniquilan por hambre a millones de ciudadanos con el riesgo de un estallido social de incalculables consecuencias, o negocian una transición pacífica a la democracia o renuncian y se largan con los millones de dólares robados. El tiempo es su mayor enemigo. La dictadura castrista tiene fecha de caducidad.

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