jueves 25  de  mayo 2023
CUBA

Lecciones de un clásico de beisbol: el triunfo de la 'pelota esclava'

Juego Cuba-Estados Unidos, en Miami, del que los peloteros cubanos deben abonar al gobierno cubano buena parte de sus ingresos

Diario las Américas | IVÁN GARCÍA
Por IVÁN GARCÍA

ESPECIAL
@DesdeLaHabana

LA HABANA.- Ha llovido mucho desde aquel invierno de 1960 cuando un iracundo Fidel Castro impidió a un equipo cubano participar en la Serie del Caribe. Luego, progresivamente, desmanteló todo el entramado de la liga profesional de la isla.

En 1960, el capitán del Ejército Rebelde Felipe Matos organizaba el primer torneo aficionado conformado por seis novenas. Ya para 1962, mediante la resolución 83-A del instituto cubano del deporte (INDER), se abolió la práctica del béisbol profesional en Cuba.

Vestido con su casaca verde olivo y unas toscas gafas negras, el barbudo Castro inauguró la primera Serie Nacional amateur con 4 equipos. Fumando un tabaco torcido de Vueltabajo declaró a los medios: “Hoy es un gran día, es el triunfo de la pelota libre sobre la pelota esclava”.

Fue una larga travesía por el desierto. En esos 63 años se ha borrado una parte importante de la historiografía beisbolera y se intentó mutilar la popularidad y el reconocimiento de la pelota profesional en Cuba.

Los nacidos después de 1959 apenas contábamos con bibliografía que nos relatara que antes del cobrero Manuel Alarcón o el recio toletero Agustín Marquetti, existieron jugadores formidables con el guante como Willy Miranda o Héctor Rodríguez. Bateadores especiales al estilo de Pedro Fomental u Orestes Miñoso. Y lanzadores extraordinarios como Adolfo Luque, Camilo Pascual o Luis Tiant.

Aun no existía internet, la televisión no trasmitía juegos de las Grandes Ligas y la selección cubana campeaba por su respeto en torneos internacionales donde los rivales eran amateurs.

Los peloteros de la Isla jugaban todo el año como auténticos profesionales, pero cobraban salarios de obreros. Estrellas del béisbol aparecían en la nómina de la empresa siderúrgica, fumigador en salud pública o entrenador de categoría infantiles. Su salario, antes y ahora, es el equivalente a veinte o treinta dólares según la cotización del mercado informal.

Los amantes del béisbol en esa época desconocíamos que un tal Atanasio Pérez fue el líder de aquella temida maquinaria roja del Cincinatti. Con varios años de retraso nos enteramos de que Zoilo Versalles ganó el premio MVP en 1965 con los Mellizos de Minnesota o que en 1988 el sensacional José Canseco fue el mejor pelotero de la liga jugando para los Atléticos de Oakland.

El apagón informativo era total. Los peloteros que se marcharon cuando Castro conquistó el poder a punta de carabina fueron considerados gusanos o traidores, según sus opiniones políticas.

Como era típico en los países de corte marxista, el deporte representaba para el régimen una vitrina donde mostrar una supuesta superioridad del comunismo sobre el ‘feroz capitalismo’.

Pero todo cambió cuando una tarde primaveral de 1980, el estelar pelotero habanero Bárbaro Garbey, subió a un bote atestado de personas que emigraban hacia Estados Unidos en el puerto del Mariel.

Así comenzó a fraguarse la conmovedora historia de talentosos jugadores cubanos que huyen de su país con el objetivo de competir en el mejor béisbol del mundo. Muchos años después, pasado de peso y con el pelo canoso, Garbey contaba al diario USA Today que intentó varias veces sumarse a los 125.000 cubanos que escapaba del castrismo por el Mariel.

“Las tres primeras veces me reconocieron y me dijeron que eso no era para mí”, comentó. “La cuarta, un tipo me reconoció también, pero me dijo, ‘¿así que te quieres ir’? Pues vete al diablo’”. Bárbaro Garbey había sido inhabilitado en 1978 de jugar béisbol por las autoridades cubanas acusado de vender juegos de su equipo Industriales. Años después, Rey Vicente Anglada, segunda base con manos de mago y potencial para triunfar en la MLB, reconoció que fue una imputación falsa, acusar a un grupo de jugadores de vender partidos.

En una entrevista a un periódico de la Florida, Garbey reconoció que el precio a pagar por marcharse de Cuba fue grande. “No pude ver a mi familia en doce años. Pero estaba decidido a probarme y a demostrar que tenía manera de Grandes Ligas”. Garbey hizo su debut en la MLB con los Tigres de Detroit y en 1984 ganó un anillo de Serie Mundial.

El goteo de deserciones de peloteros cubano comenzó a dispararse en 1991, cuando el formidable lanzador René Arocha abandonó la selección nacional en el Aeropuerto de Miami. Después de esa fuga, alrededor de 1,200 jugadores de béisbol han escapado de la Isla en cualquier cosa que flote o abandonado sus equipos en el extranjero para probar suerte en la MLB.

Algunos, como el paracorto habanero Rey Ordoñez, en un torneo universitario en Buffalo, Nueva York, saltó la cerca del jardín izquierdo y pidió asilo político. Peloteros como José Abreu, Aroldis Chapman o Yordan Álvarez lograron cumplir sus sueños y hoy ganan salarios de seis ceros en Grandes Ligas. En la pasada temporada, más de 30 peloteros de origen cubano jugaron en la MLB. Y más cien jugadores se esfuerzan en las Ligas Menores para dar el salto. Aunque la prensa del castrismo apenas habla de sus logros deportivos, los fanáticos en la Isla siguen al detalle los éxitos de sus compatriotas.

La televisión estatal no trasmite partidos de las Grandes Ligas. Cuando el formidable bateador José Abreu, nuestro Miguel Cabrera, ganó en 2020 el MVP de la liga americana, los medios oficiales no resaltaron la noticia. A pesar de que Abreu, Chapman, Yuli Gourriel o antes los hermanos Duque y Liván Hernández han ganado Series Mundiales o han tenido un desempeño brillante, jamás las autoridades cubanas los han designado como deportistas del año.

Hasta no hace mucho, los tildaban de desertores, traidores y vendepatrias. Ahora, eufemísticamente, porque el béisbol está de capa caída y necesitan de su ayuda para vender humo, les llaman 'peloteros contratados fuera de la federación nacional de béisbol'.

La buena actuación del TeamAsere, que combina peloteros contratados en Japón y la liga profesional mexicana con anuencia del régimen y otros como Yoan Moncada o Robert Luis Jr que decidieron probar fortuna de manera independiente, no relega la hostilidad y el ninguneo de los operadores políticos del régimen con aquéllos que abandonaron el país.

Se puede entender la posición de los peloteros de la MLB que decidieron participar como integrantes del equipo Cuba en el Clásico Mundial de Béisbol. Pero también se debe entender la postura de Orlando 'el Duque' Hernández.

En 1997 escribía sobre deportes para la agencia de prensa independiente Cuba Press, cuando conseguí que el Duque me diera una entrevista exclusiva en su casa del reparto Calixto Sánchez, en el municipio Boyeros. El soberbio lanzador habanero fue profético: "La única puerta que el gobierno me ha dejado abierta es la del destierro".

Aquel día, no imaginaba que unas semanas después, Orlando Hernández Pedroso (Villa Clara, 1969), pitcher igual que su hermano Liván, lograría huir de Cuba una noche de diciembre de 1997. El Duque no era un beisbolista cualquiera. Poseía el mejor promedi de ganados y perdidos en series nacionales, con un average superior a 700. Pero el 28 de octubre de 1996, el periódico Granma, órgano del partido comunista, anunciaba una drástica e impopular sanción a tres destacados peloteros: El Duque, Germán Mesa (considerado por muchos como el mejor short stop cubano de todos los tiempos) y el receptor Alberto Hernández, sin parentesco con el Duque. Los tres fueron inhabilitados de por vida. Germán decidió quedarse en el país y Alberto acompañó al Duque en la espectacular fuga en una precaria embarcación.

Los daños colaterales de esa política tan soberbia como estúpida del régimen con los deportistas que se marchan, impide que a jugadores como Yuli Gourriel, no se le haya permitido entrar al país y otros peloteros tengan que estar ocho años sin poder visitar a sus familiares y amigos.

El régimen autorizó la contratación de peloteros en ligas foráneas intentando frenar las deserciones. Pero no lo han logrado. Mientras no cambien su intolerante postura de permitir solo lo que ellos quieren, de controlar a los jugadores y de hacer propaganda política con los triunfos deportivos, existen razones fundadas para que un segmento amplio de compatriotas de las dos orillas, se oponga a esa manipulación mezquina.

Por eso en el actual Clásico, en La Habana hay gente de a pie que desea que los peloteros cubanos pierdan. Lo cierto es que la dictadura perdió el juego hace tiempo. En este equipo toda su alineación regular juega, o jugaron, en ligas profesionales. Cinco de ellos, Moncada, Robert Luis, Erisbel Arruebarrena, Yadier Mujica y Yadir Dreke en su momento abandonaron el país y obtuvieron contratos profesionales por su cuenta.

Solo cuatro peloteros de esa novena no tienen contrato profesional. Miami es una tentación poderosa para dar el salto al béisbol rentado. La autocracia verde olivo intenta apropiarse de sus triunfos con una narrativa fingida.

El TeamAsere es todo lo contrario de la profecía que anunció el barbudo Fidel Castro en 1960. Tuvieron que negociar las diferencias deportivas. Debería tomar nota el régimen e iniciar un diálogo entre cubanos, no importa cómo piensen ni dónde residan, para intentar superar la profunda crisis sistémica y refundar la nación. Es la moraleja positiva que nos deja el Clásico Mundial de Béisbol 2023.

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