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Especial

CARACAS.- La cifra es impresionante: se han registrado 5.315 protestas en Venezuela durante el primer semestre de 2018, según el último informe publicado por el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVSC). Ese número equivale a 30 protestas diarias.

La estadística en cuestión supera las 4.930 contabilizadas en el mismo periodo de 2017. Pero la diferencia entre una etapa y otra no se limita a un tema de cantidad. El año pasado las movilizaciones tenían un marcado acento político, eran promovidas por la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y exigían la salida de Nicolás Maduro del poder.

En estos primeros seis meses, el OVCS destaca que 84% de las protestas responde a “derechos sociales”, reflejo de un país sumido en la peor crisis económica de su historia, con una inflación interanual de 40.000%, escasez de alimentos y medicinas, y el colapso de los servicios públicos. Estas manifestaciones carecen de conducción política y tienen como protagonistas a enfermeras, médicos, profesores y estudiantes universitarios, trabajadores, jubilados y comunidades en general.

“A diferencia del año pasado que las protestas tuvieron carácter político, las necesidades que atraviesan las familias venezolanas, debido a la crisis económica y emergencia humanitaria compleja, han sido el epicentro de las protestas de 2018. En enero, repuntaron las exigencias por alimentos y a lo largo del año se han distribuido entre derechos laborales, salud y servicios básicos”, enfatizó el OVCS.

El análisis citado arroja que “en la medida en que el Gobierno no tome acciones, las protestas se agudizan y potencian la conflictividad social”.

Ahora, las preguntas son: ¿alguien está capitalizando políticamente el malestar social que se expresa diariamente en las calles de Venezuela? ¿Basta con la movilización espontánea de la población para convertir la demanda social en el detonante de la transformación política?

A la deriva

“Sin operador que logre crear vasos comunicantes entre las protestas y garantizar coordinación, es difícil que tengan incidencia política. Incluso, puede armarse una sampablera (disputa) espontánea y si no hay una estructura con estrategia clara y liderazgo sólido que la canalice, lo más posible es que termine en una mortandad grande controlada eventualmente por el régimen”, alertó Félix Seijas Rodríguez, director de la firma Delphos.

Seijas Rodríguez señaló que “si los barrios (sectores pobres) bajan, no lo harán para protestar, que es un ‘lujo’ de la clase media, ellos bajarán a saquear y arrasar con todo. Si no se está en capacidad de canalizar esa fuerza, solo habrá destrozos, caos, cansancio y lamentos”. En ese escenario –advirtió-, “la probabilidad de que el resultado sea un régimen fortalecido es alta”.

Maduro está muy mal, pero la oposición no logra recuperar la confianza perdida. La MUD solo es noticia por sus divisiones. Acción Democrática se separó de la misma y hasta la fecha la MUD ha sido incapaz de acordar una estrategia para enfrentar al Gobierno.

Han sido tantos los desencuentros que algunos resaltaron como un “hecho positivo” la reunión que recientemente sostuvieron los dirigentes Henrique Capriles Radonski, Henry Ramos Allup, Henri Falcón, Leopoldo López y Julio Borges -estos dos últimos vía Skype- para tratar de recomponer la coalición. Sin embargo, se desconoce el resultado de esa reunión.

Frente Amplio
El Frente Amplio ha tenido problemas para articular estrategias unitarias y movilizaciones.
El Frente Amplio ha tenido problemas para articular estrategias unitarias y movilizaciones.

El vacío

“Muy difícil tener un cambio político sin una dirección política. En la medida en que las protestas sean espontáneas o sectoriales por demandas puntuales, es muy difícil que podamos ver un movimiento social capaz de cambiar o torcerle el brazo al Gobierno, no necesariamente para que haya un derrumbe del Gobierno, pero sí para sentarlo en una mesa de negociación y que haya una liberalización tanto del proceso político como de los elementos económicos que bloquean cualquier salida”, expuso Juan Manuel Trak, consultor e investigador político de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).

Trak subrayó que frente a este escenario, el régimen despliega dos estrategias: la represión, que busca eliminar a los referentes de las movilizaciones. Ejemplo de ello es el ataque sufrido por el presidente de la Comisión de Desarrollo Social del Parlamento, José Manuel Olivares, quien ha debido resguardarse junto con su familia tras denunciar amenazas del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin).

En paralelo también se aplica la “cooptación” (compra de votos) con la oferta de bolsas de comida y bonos especiales a las enfermeras y personal médico, para tratar de desactivar la huelga que desarrollan desde hace más de 50 días.

“Aquí no hay legitimidad del Gobierno por su falta de eficacia, pero la oposición tampoco recibe la confianza suficiente para liderar las protestas. Los liderazgos están tan desgastados que no hay capacidad para llevar adelante estas protestas con un objetivo político mayor”, apuntó Trak.

En el limbo

Seijas Rodríguez consideró que en la actualidad nadie capitaliza el malestar social. Su conclusión se desprende de estos tres argumentos: “1. No es visible (ese malestar) por la censura de los medios masivos; 2. No existe el operador que pueda conectar las protestas y coordinarlas, es decir, que pueda canalizarlas y 3. Aunque el régimen no paga (aún) un costo relevante por estas protestas, es obvio que no se puede decir que les saque provecho, porque en realidad quisiera que no se produjeran”.

“No hay ningún actor político que esté capitalizando las protestas, ni siquiera aquel sector que tenía la protesta como el centro de su propuesta política para el cambio”, agregó Trak, quien amplió que la “politización de la protesta” solo será factible si la ciudadanía vuelve a confiar en la dirigencia política.

El profesor de la UCAB confesó que no observa en el terreno “cuál es el disparador que permita que la protesta se traduzca en un movimiento político”.

Añadió: “Solo aquel que sea capaz de obtener la confianza de la ciudadanía es el que va a hacer algún tipo de capitalización política. En este momento nadie está allí. De hecho, la competencia en el liderazgo político no es por ver quién gana la confianza, sino por ver quién destruye la reputación del otro”.

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