Nuestro hemisferio parece vivir un retroceso enorme en cuanto a calidad y cantidad de democracia que genera, o debería generar, una profunda preocupación, pero sobre todo, acciones y posturas sólidas y fuertes por partes de los países democráticos y quienes los lideran.

La historia reciente ha demostrado que los totalitarismos, tanto en el hemisferio como en otras latitudes, poco deben ser vistos como problemas aislados o ajenos a la realidad de los países democráticos que comparten cercanía geográfica con estos, pues es característico de regímenes dictatoriales el conflicto, que puede derivar en comprometer la estabilidad y la paz más allá de sus propios límites geográficos, poniendo en riesgo a las de la región.

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Al pensar en totalitarismos en extremo en América Latina, es casi imposible no enfocar los pensamientos en el férreo régimen que domina a Cuba desde 1959, que además de ser el más triste ejemplo de supresión de libertades y represión contra su propio pueblo, es también un caso ampliamente aleccionador del carácter nocivo para los países vecinos y del riesgo que constituye para las democracias que lo rodean. Luego de décadas de darle la espalda a la terrible realidad del problema cubano, de posturas débiles, de normalización e incluso de la amistad conferida por parte de países con democracias estables en la región, el resultado dañino es más que evidente.

Si levantamos la mirada y buscamos más lejos, podemos ver sin mayor esfuerzo como China, que ha crecido tanto en poder económico como en influencia política en las últimas décadas, se levanta como una seria amenaza para las democracias, los derechos humanos y la estabilidad del mundo. Prueba de ello es el constante asedio en términos políticos, económicos y diplomáticos, pero también en serias incursiones bélicas, que ha puesto en marcha de forma sistemática contra Taiwán.

Uno de los actuales actores que encarnan hoy el peligro derivado del totalitarismo para el continente entero, pero sobre todo para la región centroamericana, es el régimen de Nicaragua, encabezado por el dictador Daniel Ortega, reelegido a finales de 2021 tras una arremetida brutal contra los candidatos opositores, hoy encarcelados, en unas elecciones fraudulentas y sin reconocimiento del mundo democrático.

Ya en 2018, el dirigente del Frente Sandinista de Liberación Nacional había mostrado una de sus peores caras al desatar una ola de sangrienta represión que dejó centenares de asesinados y encarcelados, tras las protestas populares en contra de su gobierno.

Hoy, Ortega ha dejado de ser solo un peligro para los propios nicaragüenses y se ha convertido en un riesgo para la región, principalmente para quienes comparten frontera con suelo nica. Costa Rica, una de las democracias más estables de todo el continente, no escapa a esta realidad. Además de la compleja situación migratoria a partir la represión y la crisis política y social producida por el régimen de Managua, y la conflictiva relación entre Ortega y el país tico, es ingenuo no advertir el rol que el sandinista está jugando en la coyuntura geopolítica actual.

Mientras el mundo repudia la invasión Rusa en Ucrania, el congreso nicaragüense, bajo pedido “de urgencia” de Ortega, aprobó hace poco más de un mes el ingreso de tropas en un número indeterminado, naves y aeronaves al país.

Por otro lado, la relación nica con China ha adquirido dimensiones tanto gigantes como sospechosas a partir del inicio del nuevo mandato Ortega-Murillo. Tras la expulsión abrupta del cuerpo diplomático de Taiwán, la dictadura sandinista unió lazos con el régimen de Xi Jinping en una serie de eventos cronológicos que no dejan espacio para sorpresas. Las elecciones fraudulentas que conceden a Ortega su quinto mandato se desarrollaron en noviembre de 2021, un mes después, el país centroamericano rompe relaciones con Taiwán incluyendo la confiscación de sus bienes y, luego de escasos cuatro meses, anuncian una inversión de inmensa envergadura por parte de China, que ronda los 60 mil millones de dólares. Para comprender la magnitud de esta inversión, y por ende, de la influencia del gigante comunista en Nicaragua, solo hay que ver que entre 2015 y 2020, China invirtió alrededor de 74 mil millones de dólares en la totalidad de países latinos.

El régimen de Ortega ha pasado entonces de ser un vecino incómodo a convertirse en uno por demás peligroso, pues ya no se trata de un totalitarismo doméstico y aislado, sino uno auspiciado y acompañado por otros dos, de mayor poderío económico y bélico. Si bien no está sobre la mesa una acción directa contra Costa Rica o algún país vecino, el posicionamiento de Nicaragua como aliado de Rusia y China en el hemisferio detona riesgos que van desde comprometer la región en un conflicto de gran escala, hasta la injerencia y la desestabilización de las democracias vecinas.

Por: Martín Paz. Ingeniero e investigador venezolano, ex concejal de San Cristóbal, Táchira, premio nacional de Derechos Humanos 2018 por la Comisión Mexicana de DDHH, miembro fundador de la Comisión Justicia Cuba y del Frente Hemisférico por la Libertad.

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