El lunes 19 de febrero de 1996 llegó a La Habana la española Begoña Rodríguez. No más dejar su equipaje en la casa de Carmen García, madre de la periodista Lissette Bustamente, donde se iba a hospedar, Begoña me llamó. Al día siguiente nos vimos, y quedamos para reencontrarnos el viernes 23 por la tarde, en el apartamento de Raúl Rivero, en Peñalver entre Franco y Oquendo, Centro Habana.
De ahí seguimos a pie por toda Infanta, San Lázaro y L, hasta la calle 19, por donde doblamos en busca del agromercado situado en 19 entre A y B, Vedado. Estuvimos una media hora viendo precios de frutas, viandas, hortalizas, frijoles y carne de cerdo. Bajamos por Paseo hasta el hotel Meliá Cohíba, desde donde Begoña llamó a su esposo en Madrid.
Había empezado a caer la noche, y de ahí hasta la casa de la madre de Lissette, en La Puntilla, al inicio de Miramar, había poco más de un kilómetro. Le propuse cruzar y caminar por la acera del Malecón. Pero ella prefirió alquilar un viejo auto americano, cuyo chofer nos dejó por dos dólares a la entrada del edificio.
Subimos. Carmen, la madre de Lissette, nos hizo café. Begoña sacó una botella de vino blanco de su maleta. No me gusta el vino, por compromiso tomé un poquito. Conversamos un rato más y pasadas las ocho de la noche me fui. Caminé hasta la esquina, donde estaba el Johnny's Club, pero como ya estaba muy oscuro, decidí no atravesar el bosquecito existente en el lugar. Por la acera di la vuelta y por un trillo bajé y entré al túnel.
A la altura del restaurante 1830, crucé y me dirigí a Línea, donde podía coger dos ómnibus para La Víbora, las rutas 37 y 68. La 68 llegó primero y poco antes de las nueve me bajaba en la parada de la Plaza Roja, al doblar de mi domicilio. Había quedado con Begoña en llamarla cuando llegara. Pero como estaba muerta de hambre, antes de telefonear, me fui a la cocina, donde me habían guardado mi comida: arroz blanco y potaje de chícharos.
Cuando levanté el teléfono me di cuenta que estaba muerto, sin corriente, algo que a cada rato ocurría desde que en 1995 mi hijo y yo habíamos decidido escribir como periodistas independientes en Cuba Press. Entonces me fui hasta casa de Ariel de Castro Tapia, colega de Cuba Press, que vivía a dos cuadras, a un costado del antiguo Instituto de La Víbora. Pero el número de Carmen daba ocupado todo el tiempo. A las doce del día del sábado 24 de febrero, al seguir sin poder comunicarme con Begoña, decidí ir a Miramar.
Toqué y toqué y nadie contestaba. Me senté en las escaleras, a esperar. Casi dos horas después llegó Carmen, la madre de Lissette. Venía de ver a Begoña, que había sido detenida la noche anterior y necesitaba recoger la llave que le había dado de la casa.
—¿Tu no viste a nadie afuera ni notaste nada raro cuando anoche te fuiste?, me pregunta Carmen.
—No, solo había un Lada, pero no me fijé si estaba ocupado o vacío.
—Pues mira, nada más tu salir, tocaron a la puerta dos hombres de verde olivo que se identificaron como oficiales de Inmigración. Le pidieron el pasaporte a Begoña, y dijeron que tenía que acompañarlos, para una aclaración. Con el pretexto de que se había alojado en una casa sin permiso para alquilar, los dos militares la llevaron al centro de detenciones que tiene el Ministerio del Interior en la Calle 20 entre 3ra. y 5ta., Miramar.
Como la madre de Lissette también tenía el teléfono "interrumpido", regresé lo más rápido que pude a La Víbora. La 37 entonces me dejaba en su parada final, en Párraga y Patrocinio, al doblar de donde vivía Ariel. Desde allí llamé a la Embajada de España, para que me localizaran al consejero político, Alejandro Alvargonzález.
El policía de guardia me pidió un número, para que el consejero me llamara en unos diez minutos. Le di el de Marta, vecina del edificio al lado del nuestro, y con quien apenas tenía trato porque además de ser militante del Partido, su esposo, Servilio, pertenecía a las Brigadas de Respuesta Rápida del municipio.
Apresuradamente regresé a mi casa, por la terraza llamé a Marta y le dije que me disculpara por haber dado su número, pero era una situación imprevista y urgente.
No más entrar en su apartamento, sonó el timbre. Era Alvargonzález. Me telefoneaba desde Varadero, a donde había ido a pasar el fin de semana con su familia. No había terminado de contarle lo ocurrido con Begoña, cuando me dice:
—Estoy preparándome para regresar a La Habana. Ha sucedido algo terrible: esta tarde, Migs de la fuerza aérea cubana han disparado y derribado dos avionetas de Hermanos al Rescate. Aún no se saben detalles, pero el incidente es muy grave y no se pueden prever las consecuencias. Por favor, díselo a tu primo [Vladimiro Roca Antúnez] y que él se lo diga a Elizardo[ Sánchez Santacruz] y otros opositores.
Del apartamento de Marta crucé a la casa de Amparo, otra vecina. Los teléfonos de Vladimiro y el de su hermana, mi prima Lydia, también estaban "interrumpidos". La solución fue llamar a Alejandro, un sobrino de mi primo, que residía en el edificio frente al Zoológico de 26, en Nuevo Vedado, a tres cuadras de la casa de Vladimiro. Entre lo que Alejandro fue y mi primo vino, habrían transcurrido unos 15 minutos. Le di la noticia y le pedí que se lo dijera a Martha Beatriz Roque Cabello, René Gómez Manzano y Félix Bonne Carcassés, del Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna, al cual Vladimiro también pertenecía.
Ese día, 24 de febrero, se iba a celebrar una reunión de Concilio Cubano, organización que había logrado nuclear a un centenar de grupos disidentes, liderados por el abogado Leonel Morejón Almagro. Para asistir a ese encuentro había viajado Begoña a La Habana. Pero unas horas antes fue detenida, acusada de "pernoctación ilegal".
La detención de Begoña Rodríguez formaba parte del gran operativo puesto en marcha por el Departamento de Seguridad del Estado, para impedir que los miembros de Concilio Cubano se reunieran el 24 de febrero de 1996.
El Gobierno y su aparato represivo estaban muy preocupados —por no decir temerosos— ante las dimensiones que había ido cogiendo la realización de la primera gran reunión de la disidencia cubana. Y en un alarde de fuerza y poderío, Raúl Castro dio la orden de derribar dos avionetas civiles desarmadas procedentes de la Florida, que rutinariamente sobrevolaban las aguas entre los dos países, para auxiliar compatriotas en embarcaciones y balsas a la deriva.
En el crimen murieron cuatro jóvenes de origen cubano, residentes en Estados Unidos: Mario de la Peña, Carlos Costa, Pablo Morales y Armando Alejandre.
FUENTE: Con información de Diario de Cuba